Cerrada la vía de financiación bancaria, muchos proyectos de inversión europeos no se han llevado a cabo, lastrando así la recuperación económica. La UEM tiene pendiente la reforma estructural que supone dinamizar los mercados de capitales y EE UU es el ejemplo a seguir.
El PIB de Estados Unidos ha crecido en 2016 a tasas del orden del 1,5-2 por cien. Se encadenan seis años de avance en una expansión que ha conseguido situar el PIB un 10 por cien por encima de la cota previa a la Gran Recesión. Son numerosos los reflejos de este crecimiento, varios de los cuales refuerzan el proceso: el mercado laboral se sitúa en pleno empleo, el precio de la vivienda está a apenas un cinco por cien de los máximos de 2006, el índice bursátil S&P 500 cotiza en máximos históricos (aupado por unos beneficios empresariales también en cotas nunca antes vistas) y las entidades financieras han incrementado sus ratios de rentabilidad y solvencia. La mejora de la economía de EE UU es clara, pero mucho más cuando se analiza en términos comparativos frente a otras como la la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea (UEM) o la de Japón. Y los contrastes son todavía más intensos si se analiza la posición de las entidades crediticias.
La mayoría de los bancos de las economías desarrolladas sufren problemas cíclicos y estructurales similares, pero ante ellos, los de EE UU han reaccionado de forma más rápida y contundente que los de la UEM y Japón. Los problemas estructurales son conocidos: unas mayores exigencias regulatorias en el control del riesgo y en la dotación de fondos propios, que originan costes y reducen capacidad de negocio. Los requerimientos de capital bajo Basilea III pueden considerarse excesivos, más si tenemos en cuenta la limitación de actividades…

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