Autor: Carlos Malamud
Editorial: Alianza Editorial
Fecha: 2021
Páginas: 295
Lugar: Madrid

Bolívar y la elusiva ‘patria grande’

En Venezuela, Chávez se apropió del culto a Bolívar para legitimar su régimen y, como escribe Malamud, creyó que podría exportar a otros países su pasión bolivariana para impulsar la integración continental. Fracasó.
Luis Esteban G. Manrique
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“La historia no es el pasado, es más bien lo que queda preso en su tamiz una vez que los siglos lo han atravesado”.
Hilary Mantel, Giving up the Ghost (2003).

 

Fidel Castro logró injertar el marxismo en la mitología en torno a José Martí y la guerra de la independencia cubana, creando así una religión política que pretendía ser, al mismo tiempo, una doctrina, una guía para la acción y un manual de ética revolucionaria. Posteriormente, esta reescritura castrista de la historia resultó un ejemplo muy útil para Hugo Chávez en Venezuela, en su caso con la figura de Simón Bolívar. El mandatario venezolano cambió la bandera y el escudo nacionales y se apropió del culto a Bolívar para legitimar su régimen, añadiendo el adjetivo “bolivariano” a todas sus instituciones y a su proyecto integracionista, la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA).

Bajo el influjo chavista, la imagen del Libertador se convirtió en la expresión misma del “socialismo del siglo XXI”. En 2010, el régimen llegó a exhumar los restos de Bolívar en una noche de Luna llena, en un acto en el que muchos percibieron una macabra ceremonia de santería afrocubana para apoderarse de los supuestos poderes mágicos de sus huesos. La paradoja es que en un artículo de 1860 en The New York Tribune, Karl Marx describió a Bolívar como un “hipócrita, mujeriego, aristócrata con ínfulas republicanas y ambicioso mendaz cuyos éxitos militares se debieron a mercenarios europeos”.

En el carnaval de Río de Janeiro de 2006, la escola do samba Vila Isabel recibió de la petrolera PDVSA un millón de dólares para que su carroza llevara una figura de 13 metros de Bolívar. Así, el libertador de cartón piedra avanzó a ritmo de batucada por las avenidas cariocas sosteniendo en las manos un gran corazón de neón. Cuando los miembros de la Academia de Historia protestaron por lo que consideraron una falta de respeto, Chávez les replicó que “Bolívar no era blanco. Nació entre los negros. Era un zambo [mestizo de negro e indio] como yo”.

La raza en las Indias españolas era una cuestión muy seria. Los blancos –peninsulares y americanos– dominaban las audiencias, la Iglesia y eran dueños de tierras, minas y comercios. Al final del periodo colonial, los mantuanos, la aristocracia terrateniente venezolana, en su mayor parte criollos como los Bolívar, comprendía 658 familias, un 0,5% de la población.

 

«A principios del siglo XIX, la crítica anticolonial era el aire que respiraban los criollos»

 

A principios del siglo XIX, la crítica anticolonial era el aire que respiraban los criollos. En Terra nostra (1975), Carlos Fuentes escribió que la relación colonial estaba destinada a fracasar porque su base era la piedra angular del antiguo régimen: “Para los poderosos todos los derechos y ninguna obligación; para los débiles, ningún derecho y todas las obligaciones”.

Desde 1760, las reformas borbónicas habían aumentado las gabelas y alcabalas y sustituido a los criollos por peninsulares en los altos cargos públicos. Durante el reinado de Carlos III (1759-1788), los funcionarios de la corte fueron los primeros en referirse a las posesiones americanas como “colonias” en lugar del tradicional “reinos”. Esa actitud se reflejó en el título del monarca. En tiempos de los Austrias, fue “rey de las Españas y las Indias”. Bajo los borbones se convirtió en “rey de España y emperador de América”.

Según el historiador inglés John Lynch, el poder del Estado colonial se volvió absolutista durante el reinado de Carlos III. El historiador alemán Horst Pietschmann anota cuatro tipos predominantes de corrupción colonial: comercio ilícito, cohechos y sobornos, favoritismo, clientelismo y venta de oficios y servicios. Cuando el virrey Amat regresó del Perú en 1777, en España se decía que había amasado una fortuna de cinco millones de pesos en 15 años.

Alexander von Humboldt, que recorrió buena aparte del imperio español a finales del siglo XVIII, anotó que lo único que los mantuanos veían en las revoluciones era la pérdida de sus esclavos, por lo que incluso preferirían “un yugo extranjero a la autoridad de americanos de castas inferiores”. Humboldt escribió que los criollos blancos empezaron a autodenominarse “americanos” a partir de la guerra de los Siete Años (1756-1763), reservando el nombre de españoles a los peninsulares, a los que se referían con epítetos despectivos: gachupines, chapetones, godos…

En su informe secreto a la Corona (1749), publicado en 1826 en Londres como Secret Expedition to Peru, Antonio de Ulloa y Jorge Juan escribieron que la distancia permitía a los funcionarios coloniales enriquecerse a expensas de la Corona y sus vasallos recibiendo obsequios a cambio de favores, prebendas y regalías. Ulloa no pudo dejar de notar las animosidades que existían entre los súbditos del imperio: “Es suficiente haber nacido en las Indias para aborrecer a los europeos”.

 

Un hombre de acción

Las contradicciones de los criollos independentistas, desgarrados entre la defensa de sus privilegios y su desprecio al antiguo régimen, condicionaron la vida y obra políticas de Bolívar, que en 1823 escribió que la “igualdad absoluta” conduciría a la “pardocracia”. De raíces vascas, los Bolívar habían acumulado a lo largo de dos siglos en Venezuela tierras, minas, plantaciones, ganado, esclavos y residencias.

Según escribe François-Xavier Guerra en Inventando la nación (2003), desde mediados del siglo XVIII, las elites peninsulares tendían a considerar que las Indias solo existían para el beneficio de la metrópoli. Según la ley, solo los peninsulares podían comerciar con oro, plata, cobre, azúcar, perlas, esmeraldas, algodón, lana, tomates y cuero. Bolívar resumió así el legado colonial: “Somos una región plagada por vicios heredados de España”. Las Indias eran un polvorín a punto de estallar.

En El siglo de las luces (1962), Alejo Carpentier describe cómo las ideas de la Ilustración inflamaron la imaginación de los criollos, que por su riqueza, influencia y conciencia nacional se veían como los legítimos representantes de sus países. Al principio, las fronteras –geográficas y culturales– eran aún ambiguas e indefinidas, por lo que la cuestión nacional no estaba entre las prioridades rebeldes.

Pero tampoco la ideología política, más allá de los principios democráticos básicos planteados por Montesquieu: separación de poderes y libertades civiles. Bolívar, como subraya Carlos Malamud en su último libro, El sueño de Bolívar y la manipulación bolivariana, fue un militar, un hombre de acción y un político, no un pensador o intelectual. En los agradecimientos de El general en su laberinto (1989), Gabriel García Márquez escribió que durante dos años “se hundió en las arenas movedizas de una documentación torrencial, contradictoria y muchas veces incierta”. No es extraño. Bolívar escribió cerca de 10.000 cartas, un centenar de proclamas y promulgó 780 decretos. La palabra escrita, decía, era su infantería. Siempre llevó en sus campañas una imprenta portátil para publicar sus proclamas.

 

bolivar

 

Su fama se debió sobre todo a sus hazañas físicas. Durante semanas cabalgaba 17 horas diarias por parajes accidentados que empequeñecían los campos de batalla napoleónicos. En Bolivar (2013), la biografía que Walter Isaacson considera definitiva, Marie Arana demuestra que la fascinación que ha seguido ejerciendo su figura se debe a su arrolladora personalidad. Según Daniel O’Leary, su ayudante de campo, en las batallas estaba, como un dios de la guerra, en todas partes para dar ánimos a sus llaneros, formidables jinetes armados con machetes y lanzas. Según el colombiano Germán Arciniegas, Bolívar solo se enfermó de muerte el día en que vio cumplida su misión, cumpliendo su promesa de echar de América al último de los españoles.

Durante 20 años, estuvo entrando en dorados salones y grandes palacios entre aclamaciones y homenajes populares a un general joven, ágil de palabra y de gestos, aficionado al baile y al cortejo tanto como a las intrigas políticas. A Francisco de Paula Santander, su némesis colombiano, le escribió que Colombia no se gobernaba “sino con poder absoluto y un ejército de ocupación que mantuviera su libertad”. En la Constitución que otorgó a Bolivia, el antiguo Alto Perú, consagró una presidencia vitalicia en la que el jefe de Estado tenía la potestad de nombrar a su sucesor. En Lima, confesó al cónsul británico que “su corazón siempre latía a favor de la libertad, pero que su cabeza se inclinaba a la aristocracia”. No es extraño, por ello, que el chavismo haga una lectura autoritaria de su legado político.

 

El génesis de las naciones

Las prioridades de los caudillos independentistas eran básicamente políticas: declarar la libertad de comercio, suprimir la Inquisición, abolir la esclavitud y prohibir las torturas judiciales. Según San Martín, lo primero era lograr la independencia: “Luego vendrán los dolores de cabeza”.

El primero de ellos era dar a las nuevas naciones un modelo de Estado y luego delimitar sus territorios. Al principio, todas las opciones parecían posibles. Bolívar incluso diseñó una bandera para una confederación hispanoamericana desde el Misisipi hasta la Tierra de Fuego, que debía llamarse Colombia. En Londres, otro célebre venezolano, Francisco de Miranda (1750-1816), en una de las cuatro versiones conocidas de su Plan de gobierno para la América colombina, propuso restaurar la dinastía de los Incas en una monarquía constitucional de alcance continental cuya capital estaría en el Cusco.

Ante el Congreso de Tucumán, que en 1816 declaró la independencia de las provincias del Río de la Plata, Manuel Belgrano, creador de la bandera argentina, propuso restablecer “en el trono y antigua corte del Cusco” al legítimo sucesor de la corona incaica: Juan Bautista Túpac Amaru, medio hermano de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, que lideró la gran revuelta del sur andino de 1780. Después de 38 años de presidio en Cádiz y Ceuta, Juan Bautista fue amnistiado por las Cortes de Cádiz en 1813, tras lo cual viajó a Buenos Aires. En 1822, Bernardino Rivadavia, como secretario de gobierno, le otorgó una pensión.

 

«La noción de una ‘patria grande’ era algo pomposo, extraño y amenazante que ponía en peligro identidades culturales que comenzaban a despuntar o ya estaban asentadas»

 

Al final, fueron las redes y vínculos sociales y territoriales creadas por las instancias administrativas coloniales (virreinatos, audiencias, provincias, intendencias, cabildos…) las que dieron origen a las futuras naciones. Tras la batalla de Ayacucho (1824), los libertadores no tenían ya propósitos comunes.

La noción de una “patria grande” era algo pomposo, extraño y amenazante que ponía en peligro identidades culturales que, como recuerda Malamud, ya estaban muy avanzadas en Chile y los virreinatos de Nueva España y del Perú y que comenzaban a despuntar en los de Nueva Granada, creado en 1739, y el del Río de la Plata (1776), de los que se desgajaron varias naciones.

La identidad americana, recuerda Guerra, era una utopía política que no se correspondía con ninguna identidad política concreta y solo era funcional en relación a la rivalidad entre patriotas y realistas, extinguida en 1824. “Adiós, zambo”, le gritaron los altoperuanos al general venezolano Sucre cuando abandonó La Paz. Ecuador, la antigua audiencia de Quito, se separó de la Gran Colombia en 1830 después de que lo hiciese Venezuela. Según Lynch, al fin y al cabo, Bolívar era un venezolano y su ejército, un invasor. El propio Libertador admitió que en el Perú siempre sería un “extranjero”. Al final, sentenció Carrera Damas, la Gran Colombia fue una república de un solo ciudadano: Bolívar.

 

Avatares bolivarianos

En su primera encarnación política, en el siglo XIX, el culto a Bolívar reivindicó su culto al orden, la propiedad, la jerarquía y la disciplina militar. Los admiradores latinoamericanos del fascismo europeo vieron incluso en él a un precursor político de Mussolini y Franco.

En Venezuela, según Germán Carrera Damas, el culto a Bolívar es parte esencial de la identidad nacional porque como soldado, escritor y estadista, combinó los papeles que en otros países jugaron Artigas, O’Higgins o San Martín. En un país sin pasado prehispánico distinguido ni una experiencia colonial destacable y que solo se hizo grande con las guerras de independencia, Bolívar se convirtió en un tótem y un tabú, con lo que su mito fue perdiendo relación con el personaje histórico real.

Dictadores como Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez o Eleazar López Contreras se encargaron de divulgar su versión autorizada para poner la teología bolivariana a su servicio. Chávez inventó su propia herejía: el Bolívar populista y mestizo. Ya en los años treinta, marxistas como el peruano José Carlos Mariátegui y el cubano José Antonio Mella comenzaron a invocar a Bolívar como inspiración. En 1974, la guerrilla colombiana del M-19 robó en Bogotá la espada de el libertador para proclamar que luchaba por el socialismo y “contra los amos nacionales y extranjeros” que deformaron sus ideas.

 

«América Latina está literalmente sembrada de restos de naufragios integradores»

 

Chávez creyó, escribe Malamud, que podría exportar a otros países su pasión bolivariana para impulsar su proyecto continental, aprovechándose del hecho que América Latina y el Caribe no tienen un foro regional efectivo como la Asean en el Sureste asiático o la Unión Africana. La región está literalmente sembrada de restos de naufragios integradores. Chávez no obtuvo mejores resultados. Sus petrodólares viajaban donde fuera necesario para financiar campañas electorales y la Unasur y la Celac, gestadas por Chávez con el apoyo de Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner y Rafael Correa. Pero nada salió bien por la escasez de medios y el exceso de voluntarismo y suspicacias mutuas. Dos años después de pagar la deuda al Fondo Monetario Internacional, los Kirchner se endeudaron con Chávez vendiéndole bonos a tasas del 15%. La inconveniencia para Argentina de endeudarse con la Patria Grande antes que con el “imperialismo” se hizo indisimulable.

La propia Venezuela, el único petroestado de América Latina, ha terminado cubanizada sin disparar un tiro. La vieja iconografía y estética castrista, fosilizadas por el paso del tiempo, han sido adaptada, con leves retoques, a la “revolución bolivariana”. Al fin y al cabo, Castro y Chávez eran de una misma especie: carismáticos, narcisistas, autoritarios y amantes de la confrontación.

En 2010, según cálculos de Carmelo Mesa Lago, Venezuela pagó 5.432 millones de dólares a Cuba por servicios profesionales, unos 11.000 dólares por cada uno, 27 veces el promedio de lo que gana un médico venezolano. Gracias a un convenio militar de 2008, los cubanos comparten la administración de los puertos, tienen su propia plataforma de aterrizaje en el aeropuerto de Caracas y están desplegados en todo el país al frente de los principales programas de salud, educación, cultura, deporte, formación política… Venezuela es el mayor empleador de cubanos en el exterior. Pero es una “integración” asimétrica.

Caracas no tiene influencia política alguna en La Habana pese al petróleo subsidiado, que Cuba recibe casi como un tributo a una economía parasitaria. Caracas es hoy una ciudad desolada, de comercios quebrados y casa vacías en venta permanente, de autopistas sin tráfico y noches en penumbras con burócratas que disfrutan una vida de lujo y niños desnutridos en los hospitales. Las principales ciudades –sometidas a racionamiento de luz, agua, comida…– se han convertido en réplicas de las calles en ruinas de La Habana vieja. Pero ninguno de los cinco millones de venezolanos que han huido de la miseria y la violencia han ido a Cuba. La isla está muy lejos y al mismo tiempo demasiado cerca.