La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, aprovechó su discurso sobre el Estado de la Unión –el repaso anual con el que Bruselas abre el curso político– para proponer que la relación con Ottawa alcance “el nivel más alto posible”. Su equipo lo resumió como el salto del CETA, el acuerdo comercial vigente, a una “alianza para el futuro” que abarcaría las industrias de defensa, el Ártico, las materias primas críticas, las baterías y la inteligencia artificial.
La creciente importancia del Ártico ha vuelto a quedar de manifiesto esta semana. Estados Unidos y Dinamarca han alcanzado un acuerdo sobre Groenlandia que rebaja, al menos de momento, la tensión abierta hace año y medio por Trump, cuando reclamó el control estadounidense de la isla alegando razones de seguridad nacional. Aunque todavía no se conocen los términos del pacto, la OTAN y varios gobiernos europeos han celebrado el entendimiento.
Donald Trump, sin embargo, respondió calificando la propuesta europea a Canadá como un posible “acto hostil” y amenazando con nuevos aranceles. El gesto de Bruselas –de momento, solo un gesto– está cargado de simbolismo, pero el reto ahora será convertir la afinidad en algo concreto que relance la relación.
La iniciativa encaja en un movimiento más amplio de Bruselas para estrechar la cooperación con democracias afines que están fuera de la Unión, especialmente en defensa, seguridad económica y tecnologías estratégicas. La presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, ha sugerido que Australia y Nueva Zelanda podrían seguir el camino de Canadá…

Canadá, ¿miembro asociado?