Después de haber dejado el conflicto palestino durante siete años completamente en manos de Israel, ¿qué se proponían George W. Bush y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, con la convocatoria de la cumbre árabo-israelí en Annapolis? La desgana con la que se expresó el presidente ante la prensa el 27 de noviembre y su machacona insistencia en que Estados Unidos no puede imponer una paz que sólo compete alcanzar a las partes, vuelve a dejar todo el proceso en manos de Israel, mientras continúa el muro de separación y la expansión de los asentamientos, especialmente el cerco de Jerusalén y la colonización del Golán, que impedirán la viabilidad de un Estado palestino territorialmente continuo.
La reunión de Annapolis fue un gran éxito para Rice. Logró vencer la resistencia del grupo neoconservador dirigido por el vicepresidente, Richard Cheney, convencer al primer ministro israelí, Ehud Olmert, de que nada iba a cambiar y aprovechar el temor que inspira Irán en los países suníes para atraerlos, incluso Siria, a sentarse con los israelíes por primera vez después de la conferencia de Madrid de 1991. Lo curioso es que no asistieran los dos “liberados” por Estados Unidos, Irak y Kuwait, preocupados de no aparecer condescendientes frente al creciente islamismo de sus respectivas políticas internas.
Sin embargo, EE UU ha vuelto a desaprovechar una oportunidad, ciertamente la última de este gobierno, para avanzar hacia la solución del grave conflicto que envenena completamente las relaciones del mundo occidental con el islámico. En su famosa carta a Ariel Sharon, Bush rechazó en 2004 el derecho de retorno de los palestinos y aceptó la incorporación a Israel de las colonias establecidas en Cisjordania. Ahora podía haber sido tan específico como en 2004 para definir, al menos, una negociación territorial basada en las fronteras de 1967. Al contrario,…

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