POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 178

Ciudadanos norcoreanos recrean su bandera y danzan con motivo de unos juegos en Pyongyang. FLICKR

Carta de China: La encrucijada coreana

EUGENIO BREGOLAT
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Confirmadas las conclusiones alcanzadas por sus predecesores, es improbable que Donald Trump se decida a utilizar la opción militar con Pyongyang. La vía diplomática es el único camino sensato.

En 2001 España estableció relaciones diplomáticas con la República Popular Democrática de Corea (RPDC). Fui acreditado como el primer embajador de España en Pyongyang, concurrentemente con mi acreditación ante la República Popular China. Desde Pekín estaba también acreditado en Mongolia. Ahora es el embajador en Seúl quien está acreditado ante la RPDC, algo más lógico. Hice dos viajes a la RPDC; el segundo de ellos incluyó la visita a la frontera entre las dos Coreas, la zona desmilitarizada de Panmunjon, fijada en el paralelo 38 por el armisticio de 1953, que puso fin a la guerra de Corea.

En marzo de 2002, un grupo de 25 refugiados norcoreanos irrumpió en la embajada de España en Pekín. Nuestra embajada fue la elegida porque detentábamos en aquel semestre la presidencia de la Unión Europea, lo que daba al suceso un mayor eco mediático. Gracias a la relación de confianza que mantenía entonces China con España –considerada por Pekín durante años como “el mejor amigo en Europa”– en 24 horas se logró que el grupo saliera hacia Manila y de allí volara a Seúl. Por estas razones, sigo desde hace tiempo la política coreana.

El contraste del mortecino Pyongyang con el trepidante Pekín, producto de la reforma económica, no podía ser mayor. En la capital norcoreana apenas había vehículos, ni siquiera bicicletas (aunque sí unas guardias que, con minifalda y movimientos muy marciales, dirigían el escaso tráfico), muy pocas tiendas y restaurantes, ni publicidad ni luces de neón. Los pocos extranjeros estábamos concentrados en el hotel Koryo. A las seis de la mañana altavoces situados en las calles empezaban a tocar música patriótica y…

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