La crisis de las finanzas públicas griegas, que ha estado a punto de llevar a la quiebra al país mediterráneo, ha sido la primera prueba de fuego para la fortaleza del euro y de la unión monetaria, y ha provocado de paso una ocasión de oro para medir el alcance de la solidaridad y del compromiso de los Estados miembros de la Unión Europea con los problemas graves de uno de ellos.
Las causas de que Grecia haya estado al borde del colapso financiero hay que achacarlas, en primer lugar, a su indisciplina fiscal y presupuestaria, y a un falseamiento premeditado y prolongado de los datos macroeconómicos reales, atribuible al anterior gobierno heleno, ya que el actual -que sólo lleva cuatro meses en el poder- fue el que desveló el fraude. Pero no se ha debido exclusivamente a esa razón, sino también a la crisis económica global -de la cual no se puede hacer evidentemente responsable a Atenas- que ha perjudicado gravemente el equilibrio fiscal de casi todos los países europeos, y además -en este caso particular- a los ataques de los lobos de la especulación financiera internacional, que han olido la presa más débil en la eurozona, quizá como un primer paso para atacar posteriormente otras más jugosas.

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