No pocos observadores interpretaron la cumbre del pasado año de la Organización de Cooperación de Shanghái (celebrada a finales de agosto en Tianjin con la asistencia, además de los Estados miembros, de una amplia representación del Sur Global) como la confirmación de que el equilibrio global se orienta de manera irreversible hacia el mundo no occidental, y como el momento en el que China hizo patente su ambición de sustituir el orden internacional liberal por un modelo alternativo en cuyo centro estaría Pekín.
La sucesión de visitas de jefes de Estado y de gobierno a la capital china desde entonces (más de veinte solo en los cinco primeros meses de 2026) confirmaría esa percepción. Dejando atrás la agresiva «diplomacia del lobo guerrero» y la gestión de la pandemia, que tanto dañaron su imagen, China se presenta hoy como un pilar de estabilidad y de defensa del multilateralismo en un mundo fragmentado, mientras maximiza el interés de terceros por beneficiarse de su poder económico. En realidad, las vulnerabilidades de la República Popular no son menores, pero dos de esas visitas –las realizadas en mayo con pocos días de diferencia por Donald Trump y Vladímir Putin– captaron, en todo caso, la esencia de la redistribución en curso del poder internacional.
Ambas cumbres bilaterales sirvieron para reafirmar el fin del unipolarismo norteamericano y la subordinación rusa a Pekín. Xi Jinping supo cultivar el ego de los dos presidentes, pero también explotar con habilidad sus respectivas debilidades, acrecentadas por la guerra de Ucrania para el ruso, y por la de Irán para el norteamericano. China ya no es una potencia en ascenso que busca adaptarse a un sistema internacional construido por otros: su objetivo consiste en definir las reglas de interacción de la próxima era, situándose como nodo central de un orden multipolar.

China en el centro


