El 18-19 de julio de 1991, bajo la cúpula del Hospicio Cabañas de Guadalajara, con el mural de Orozco como telón de fondo, 22 jefes de Estado y de gobierno se reunieron por vez primera en torno a una mesa en la que Portugal y España compartían asiento con las naciones de América Latina. El encuentro fue bautizado con el nombre de El Fuego Nuevo, en alusión al mural, y nadie entonces podía saber que aquel momento fundacional tendría 30 ediciones. Tampoco estaba en absoluto garantizado.
Las Cumbres Iberoamericanas surgieron en un contexto muy preciso: el fin de la Guerra Fría, la última fase de las transiciones democráticas en América Latina –con el fin de las dictaduras argentina y chilena–, y la necesidad de los países de la región de construir relaciones y captar apoyos e inversiones tras una década de crisis económica y de ajustes respaldados por el Fondo Monetario Internacional. El apoyo de España, impulsora del proyecto junto a México, y el de Portugal fue entonces decisivo. Nuestro país veía en el espacio iberoamericano una nueva palanca de proyección internacional, siguiendo a los profesores Celestino del Arenal y Francisco Aldecoa, que se sumaba a la reciente incorporación a las Comunidades Europeas. A eso se añadía, tal vez, una posibilidad de establecer un vínculo eurolatinoamericano a través de los dos Estados ibéricos, como ha señalado Mercedes Guinea. El espacio iberoamericano ha sido analizado también como un caso de regionalismo postimperial. Una comunidad construida sobre vínculos históricos, lingüísticos y culturales que el colonialismo estableció, pero que las naciones independientes han resignificado en términos de multilateralidad, democracia y cooperación horizontal para la ciencia, la cultura y el buen gobierno.
El resultado fue la Conferencia Iberoamericana, un foro de geometría variable que, a diferencia de la Organización de los Estados Americanos (OEA),…



