POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 229

La comisaria europea de Transición Limpia, Justa y Competitiva, Teresa Ribera Rodríguez, y el comisario europeo de Energía y Vivienda, Dan Jorgensen, presentan un plan de 1,2 billones de euros para modernizar y ampliar la red eléctrica del continente. (Bruselas, 10 de diciembre de 2025). GETTY

De la épica ‘verde’ al realismo geopolítico

Las políticas comunes de transición energética siguen enredadas en las consecuencias de haber construido la estrategia de la Unión Europea en un mundo que ya no existe. Han de adaptarse, manteniendo la ambición, pero prescindiendo del dogma.
Ana Palacio
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En los últimos treinta años, la cuestión climática ha pasado de ser un interés de círculos especializados a asentarse en el centro de la conversación pública global. Pero esta evolución no ha sido lineal; ha venido marcada por avances regulatorios, tensiones geopolíticas y, sobre todo, por una dificultad persistente: conciliar la descarbonización con el desarrollo. Un dilema que Europa ha preferido no mirar de frente. Más recientemente, en perspectiva interna, ya no contemplamos mercados maduros –en donde la sustitución de unas fuentes por otras era el reto–, sino que nos avasalla la necesidad de aumentar la capacidad instalada para responder a las proyecciones de consumo en centros de datos y otras infraestructuras vinculadas a la inteligencia artificial.

La Unión Europea diseñó su transición energética en el Mundo de Ayer –de relativa estabilidad–, confiada en que la alerta por el bien público planetario en peligro de deterioro existencial sería compartida al menos por los grandes emisores de gases de efecto invernadero; que los mercados y la fuerza de la norma podían sustituir al hard power. Pero el escenario ha mutado. Por ello, las políticas comunes, que siguen enredadas en las secuelas de haber construido su estrategia en un mundo que ya no existe, han de adaptarse urgentemente.

 

De Río a la dislocación del mundo

La secuencia fundacional es conocida, pero conviene recordarla. La preocupación por los límites del planeta no surge de la nada ni es ajena a la tradición intelectual europea. Durante buena parte de la modernidad, el progreso se concibió –en la estela ilustrada– como un proceso abierto, acumulativo y potencialmente ilimitado. Kant lo formuló con claridad al pensar la historia humana como una marcha, no exenta de tropiezos pero imparable, hacia mayores cotas de racionalidad y bienestar. Esa confianza comenzó a agrietarse a comienzos…

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