La noche del 28 de febrero, mientras los misiles iraníes caen sobre Dubái en respuesta a los ataques israelíes y estadounidenses, Mohamed bin Rashid al Maktum permanece de pie en el hipódromo de Meydan. El emir sigue las carreras en el recinto que él mismo ha convertido en un referente mundial de la hípica. La escena lo dice casi todo sobre el hombre y sobre el emirato que ha modelado a su medida, y sobre su capacidad para encarnar, incluso bajo las bombas, la continuidad de un proyecto.
Ese proyecto viene de lejos. Heredero de una dinastía que supo leer su topografía mejor que nadie, Mohamed bin Rashid gobierna una ensenada convertida en puerto franco ya en 1904 y ampliada poco a poco a partir de los años sesenta. Fueron sus modestos ingresos petroleros, el apoyo financiero de Kuwait –que dragó el Creek e invirtió en él 400.000 libras– y la contribución del emir de Catar ofrecida como muestra de alianza con motivo de su matrimonio con Maryam, hija del emir de Dubái, Rashid, en 1961, lo que permitió la construcción de puerto Rashid, inaugurado en 1972. Todo ello antes de que el emirato continuara su impulso con el puerto de Yebel Ali, en 1979, destinado a convertirse en uno de los principales puertos de contenedores del mundo. Pero es el jeque Mohamed quien entiende, al filo de los años noventa, que esa infraestructura logística ya no basta y que Dubái debe subirse al tren de la globalización en plena posguerra fría, ese momento irrepetible en que la globalización, la liberalización de los flujos y el auge del transporte aéreo abrían la puerta del estatus de hub planetario a quien supiera atravesarla. Sobre esa convicción levanta los pilares de un modelo inédito: Emirates Airlines para el transporte aéreo, DP World…



