El Mediterráneo es una anomalía económica: un mar relativamente pequeño, con una densidad excepcional de usos, infraestructuras, ciudades, rutas, y una concentración de actividad productiva que lo convierte en un «corazón azul» para las economías nacionales. También es un punto caliente ecológico: ecosistemas frágiles, contaminación ambiental, pérdida de biodiversidad, presión sobre el litoral y, cada vez más, episodios climáticos extremos debido al calentamiento global. En ese cruce de fuerza y fragilidad, la economía azul aparece como una promesa de prosperidad, pero también una fuente de vulnerabilidad: ¿cuántos empleos dependen del buen estado del mar? ¿Qué impacto ambiental tienen estas actividades económicas? ¿Qué actores ganan o pierden con la transición ecológica? Y, ¿cómo acelerar la adaptación al cambio climático y la resiliencia a los shocks externos?
La respuesta es que el Mediterráneo ya vive de la economía azul, pero todavía no la gobierna ni la gestiona como un activo crítico y compartido. Y esa es precisamente la oportunidad: convertir un conjunto disperso de sectores en una palanca coherente de transformación ecológica, bienestar social e integración económica.
El valor de la economía azul
Dos conceptos financieros permiten entender el valor económico del mar: el «producto marino bruto» (gross marine product), es decir, el valor anual de las actividades productivas vinculadas al mar, y el «fondo de riqueza compartida» (shared wealth fund), entendido como el valor del «activo» natural del Mediterráneo (costas productivas, praderas marinas, captura de carbono, etc.). Con esa metodología, se estima que las actividades relacionadas con el mar Mediterráneo generan 450.000 millones de dólares anuales, lo que la convierte en la quinta economía de la región, por detrás de Francia, Italia, España o Turquía. Aunque el Mediterráneo representa solo el 1% del área oceánica mundial, concentra alrededor del 20% del producto marino bruto global (Randone,…



