En su visita a Washington, la primera desde 2018, Donald Trump recibió a Xi Jinping al pie de la escalinata de su avión en la base de Andrews, un raro gesto de deferencia que solo se reserva a ciertos dignatarios. La última vez fue en 1962, cuando John Kennedy fue a recibir al premier británico, Harold Macmillan.
Mientras Xi y Trump escuchaban los himnos, dos B-1B sobrevolaron la zona. En la ceremonia de bienvenida en la Casa Blanca lo hicieron cuatro cazas F-22. Cuando en mayo el Air Force One aterrizó en Pekín, en cambio, a Trump lo recibió el vicepresidente Han Zheng, el octavo en la jerarquía del régimen.
Frente a la exuberancia ceremonial de Trump, Xi mantuvo su habitual distancia. El contraste reproduce una asimetría que se ha hecho habitual entre ambos: Trump tiende a personalizar la relación; Xi procura administrar sus tiempos. Es conocida la tendencia de los presidentes estadounidenses a personalizar la diplomacia, un rasgo especialmente acusado en Trump. En la cena de gala en la Casa Blanca, el salón apareció teñido de rojo, el color de la fortuna y el poder en la tradición china y el brindis se hizo con el mismo vino californiano que Richard Nixon y Zhou Enlai descorcharon en Pekín en 1972. En la cena, Xi vistió un traje oscuro zhongshan, del tipo que usaba Mao Zedong y que remite a una idea severa de autoridad.
Los resultados sustantivos fueron modestos. Ambos acordaron prolongar hasta enero la tregua comercial…

EEUU-China: Bajo la superficie de la tregua


