En los últimos años, la Unión Europea ha demostrado una notable capacidad de resistencia. Desde la crisis financiera de 2008 y la posterior crisis de la deuda soberana, hasta el desafío de la pandemia de Covid-19 o la agresión rusa a Ucrania en 2022, que cortocircuitó el suministro energético, los Veintisiete han logrado sobreponerse a los principales shocks que han puesto a prueba el proyecto europeo.
Sin embargo, en los últimos años, una nueva crisis sobrevuela las capitales europeas. Su naturaleza es distinta: no se debe a un shock externo o coyuntural, sino a una erosión estructural del potencial de crecimiento a largo plazo. Los datos son contundentes. Hace 15 años, la economía europea superaba en un 10% el tamaño de la estadounidense. Sin embargo, en 2024, el Producto Interior Bruto (PIB) del Viejo Continente es un tercio inferior al de Estados Unidos.
La brecha es aún más evidente en el PIB per cápita. Mississippi, la región menos desarrollada de Estados Unidos, está cerca de superar el PIB per cápita de Alemania, la economía más grande de la Unión Europea.
Esta realidad evidencia la inefectividad del modelo económico europeo, que parece incapaz de responder ante los profundos cambios que está experimentando el panorama global: los intercambios comerciales se están ralentizando, la geopolítica ha vuelto a ser protagonista de las relaciones internacionales y el cambio tecnológico está acelerando las diferencias económicas entre las regiones.
La UE se enfrenta a esta transformación desde una posición de inusitada debilidad. Si los Veintisiete no logran llevar a cabo las reformas necesarias para competir con los grandes poderes globales, la UE quedará relegada a una segunda división de naciones y la continuidad del estado de bienestar, uno de los mayores logros alcanzados como sociedad, se verá amenazada.
La urgencia de esta situación queda bien…

El desafío de la competitividad