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Autor: Norman Lebrecht
Editorial: Oneworld
Fecha: 2020
Páginas: 442
Lugar: Londres

El genio judío, creador del mundo moderno

Incisiva reflexión sobre el excepcionalismo judío, ‘Genius & Anxiety’ es un palimpsesto de lugares, semblanzas, anécdotas y hechos históricos que entretejen la geografía, la política, las ideas, la ciencia y el arte en escenarios como Hamburgo, París, Praga, El Cairo, Bagdad, Tel Aviv y Jerusalén, entre muchas otras ciudades fascinantes.
Luis Esteban G. Manrique
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“Para el cristiano, el judío es un hombre incomprensiblemente obstinado, que se niega a aceptar lo ocurrido. Para el judío, en cambio, el cristiano es incomprensiblemente atrevido, que cree que un mundo irredento, y quizá irredimible, se ha redimido ya”.
Martin Buber, Paths in Utopia (1949).

 

En Blood and Hope (1979), Samuel Pisar –padrastro de Antony Blinken, que Joe Biden ha elegido como su secretario de Estado– cuenta una historia judía típica de la primera mitad del siglo XX: la forma casi inaudita en la que pudo sobrevivir tras pasar por los campos de exterminio de Madjanek, Auschwitz, Sachenhausen y Dachau. Es un libro sobre la tenacidad humana pero también sobre la esperanza y la redención. En la segunda parte narra cómo reconstruyó su vida, se graduó en Harvard con todos los honores y llegó a ser un prestigioso abogado internacional y asesor de John F. Kennedy en los años del mítico Camelot. Cuando Pisar murió en 2015, Biden comentó que sus memorias debían ser de lectura obligatoria en los colegios y universidades de Estados Unidos.

Jonathan Sacks (1948-2020), entre 1991 y 2013 rabino jefe de la United Hebrew Congregation of the Commowealth, decía que el judaísmo destilaba esperanza porque ofrecía un antídoto contra el caos. En Celebrating Life (2019) escribió que la Torá era en realidad un algoritmo programado para dar disciplina a la vida y cuya lección última es que cada crisis es siempre una oportunidad, recordando que el libro del Génesis cuenta que Jacob no aceptó dejar de luchar con un ángel si antes no le bendecía, por lo que el enviado celestial le cambió de nombre por el de Israel, que significa “el que lucha con Dios”.

 

Huellas de identidad

Las fiestas del calendario hebreo, según Sacks, pautan la vida judía primando siempre el “nosotros” sobre el “yo”. De hecho, lo cierto es que Israel es el único pueblo de la Antigüedad que ha sobrevivido hasta hoy. No es casual. Sus huellas de identidad se han mantenido casi indelebles de generación en generación pese a la diáspora y a las conversiones, que en el siglo XIX se generalizaron entre los asquenazíes, los judíos centroeuropeos que hablaban yiddish (ייִדיש), un dialecto judeoalemán de origen medieval.

Sigmund Freud, por ejemplo, situaba su personal tierra prometida en el terreno de la racionalidad científica y prohibía a su esposa encender las velas en el sabbat. Pero cuando los nazis entraron en Viena, citó ante la Sociedad Psicoanalítica, de memoria y fielmente, el pasaje del Talmud que narra la discusión entre Vespasiano y Yohanan ben Zakai, uno de los fundadores del judaísmo rabínico. El padre del psicoanálisis nunca dejó de utilizar en sus obras, quizá de modo inconsciente, las normas de la exégesis talmúdica.

Su caso no era nada excepcional. Felix Mendelssohn (1809-1847) –nieto del filósofo Moses Mendelssohn, animador intelectual de la Haskalá, la Ilustración judía del siglo XVIII– se convirtió al luteranismo pero preservó el Hevenu Shalom Alehem, una melodía jasídica rumana, en su ultracristiana Sinfonía de la Reforma.

Karl Marx, por su parte, descendía por ambas ramas familiares de antiguos linajes de rabinos de Tréveris, Padua y Cracovia. Después de recibir el bautizo, su padre, Herschel Levi, pasó a llamarse Heinrich Marx. En 1884, el autor de Das Kapital escribió que los judíos habían hecho del dinero su dios, por lo que su emancipación social era la emancipación de la sociedad del judaísmo.

Stefan Zweig siempre sostuvo que la mejor opción para los judíos europeos era asimilarse a la cultura nacional de sus países y borrar sus “particularidades exóticas”, una postura que le llevó a una desgarradora decepción y finalmente al suicidio en Petrópolis (Brasil) en 1941. El candelabro enterrado (1937), una de sus más famosas novelas, trata, sin embargo, de la leyenda de la menorá del Templo de Jerusalén que Tito llevó a Roma y que fue robada por los vándalos.

En Londres, el padre de Benjamin Disraeli –el primer ministro que coronó a la reina Victoria como emperatriz de la India y descendiente de una familia sefardí de Medina del Campo–, bautizó a sus hijos en la iglesia anglicana para que se les abrieran las puertas de la sociedad gentil. Pero cuando un parlamentario católico irlandés le acusó en 1835 de ser miembro del “pueblo deicida”, le replicó que cuando sus antepasados eran unos “salvajes que habitaban una isla desconocida”, los suyos eran sacerdotes del templo de Salomón.

 

El fin de los guetos

Durante siglos, los judíos europeos estuvieron aislados de las principales corrientes intelectuales y culturales del Viejo Mundo. Con el advenimiento de la era moderna, sin embargo, su presencia se hizo abrumadora en amplias esferas del conocimiento: física, matemáticas, sociología, literatura, economía, música, arte, química… Eric Hobsbawm, nacido en Alejandría en el seno de una familia asquenazí británica, atribuye esa eclosión intelectual a las secuelas de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, que acabaron con los guetos en los que habían estado recluidos, desde Venecia a Vilna, durante el antiguo régimen.

Los judíos eran, en cierto sentido, la modernidad misma. Según escribe Jacques Le Rider en Les Juifs viennois à la Belle Epoque (2013), pese a representar solo el 20% de la población vienesa, entre 1890 y 1910 el 63% de los abogados, médicos y periodistas de la capital austriaca eran judíos, todos ellos bien integrados en la cultura alemana, abiertos a las vanguardias y al debate de las ideas.

En The Jewish Century (2004), Yuri Slezkine ofrece otras estadísticas igualmente reveladoras: en las primeras décadas del siglo XIX, 30 de los 52 grandes bancos privados alemanes pertenecían a familias judías: Rothschild, Bleichröder, Todesco, Stern, Warburg, Oppenheimer, Seligman… En Viena en 1900, el 40% de los directores de bancos eran judíos o descendientes de conversos.

Durante la República de Weimar, cinco de los nueve alemanes que recibieron premios Nobel fueron judíos. En la izquierda, su predominio intelectual era igualmente notorio: Adorno, Marcuse, Benjamin, Horkheimer, Fromm y demás integrantes de la escuela de Fráncfort, por ejemplo. En los años treinta, en Polonia entre el 22% y el 26% de los miembros del Partido Comunista eran judíos.

En el núcleo bolchevique original, además de Trostki (Lev Davídovich Bronstein) estaban Kamenev (Rosenfed), Sokolnikov (Grish Yankelevich Brilliant) y Zinoviev (Hirsch Apfelbaum). En el comité central que en octubre de 1917 lanzó la insurrección armada, cinco de los 12 miembros que votaron a favor fueron judíos.

 

La teodicea nazi

Slezkine sostiene que tanto Marx como Freud fundaron religiones organizadas de nítida impronta judía, con sus mesías, congregaciones y textos sagrados que descifraban los misterios de la historia, la psiquis y la conducta humana. El problema es que la visibilidad pública suele generar suspicacias y hostilidad. El moderno antisemitismo se nutrió de antiguas tradición antijudaicas de origen medieval que se remontaban a la masacre de York de 1190, la expulsión de los sefardíes de los reinos cristianos ibéricos en el siglo XV y los pogromos en Rusia y Ucrania, como el de Kishinev de 1903.

En la Ilustración, Hume, Voltaire y Kant elaboraron sofisticadas justificaciones para sus prejuicios antijudíos. El filósofo francés escribió que solo los judíos eran descendientes de Adán y que el afán supremo de los “adamitas” era “infectar” a las naciones europeas con la “horrible inmoralidad” de la Biblia. Kant, por su parte, creía que los judíos eran incapaces de trascender las fuerzas materiales, lo que los hacía inasimilables en sociedades cristianas. El pangermanista Georg von Schönerer atacaba a los judíos por su “raza”, un concepto que alude a un sustrato “biológico” más profundo que cualquier pertenencia confesional, política, cultural o de clase.

La teodicea nazi era muy simple: el capitalismo, el liberalismo y el comunismo eran esencialmente judíos, por lo que su eliminación –física si era necesario– liberaría al mundo de sus perversas ideas. Y cumplieron su palabra. Solo entre junio y noviembre de 1941, los Einsatzgruppen asesinaron a 177.000 de judíos lituanos y en Babi Yar, cerca de Kiev, en dos días en septiembre de 1941, a 33.771. En el verano de ese año, actuando por órdenes expresas de Hitler, soldados alemanes destruyeron la tumba de Heine en el cementerio de Montmartre en París.

George Steiner atribuía esa persistente obsesión a que los antisemitas equiparaban el judaísmo con un “superego punitivo”, encarnado primero en el cristianismo y luego en el socialismo marxista. Hitler mismo, recordaba Steiner, decía que los judíos habían inventado la “conciencia”.

 

Espectros antisemitas

La sombra antisemita reverbera aún en las teorías conspirativas que invariablemente generan los tiempos de crisis y su búsqueda de chivos expiatorios. Y los sospechosos habituales son los de siempre. Aunque son el 0,2% de la población mundial, un 20% de los premios Nobel que se han concedido desde 1901 han ido a manos de judíos. Facebook, Google, Oracle, Intel, Dell y Qualcomm han sido fundados o cofundados por judíos como Sergey Brin, Mark Zuckerberg, Larry Ellison, Irwin Jacobs y Andrew Grove, entre otros.

Aunque solo suponen el 1% de a población francesa, en 2017 el 40% de los crímenes de odio –racial o religioso– fueron dirigidos contra sinagogas y otros objetivos judíos. En EEUU fueron el 57% y en Reino Unido, el 34%.

La campaña conservadora contra George Soros –superviviente del Holocausto en su natal Hungría, donde 437.000 judíos fueron deportados tras la invasión nazi de 1944– tiene claros tonos antisemitas, acusándole de alentar la inmigración ilegal, las “ideologías de género” y el globalismo. La paradoja es que Soros apenas dona dinero a organizaciones o causas judías. En 1995 comentó a The New Yorker que el antisemitismo nunca se superaría mientras los judíos mantuvieran sus “rasgos tribales”.

 

La canción de los nombres

Para resolver el misterio, Norman Lebrecht, musicólogo y novelista, estuvo 30 años recogiendo datos biográficos en archivos familiares, documentos privados y la Biblioteca Nacional de Israel y la del Congreso de EEUU, entre muchas otras. Los rastros de la saga estaban por todo el mundo. Hacia 1900, había florecientes y prósperas comunidades judías en Nueva York, Buenos Aires, Shanghái, Bombay y Ciudad del Cabo. En 1800, Nueva York albergaba 60.000 judíos. En 1850 eran ya 598.000 (17,4% del total) y en 1920, 1,6 millones. De hecho, hoy la urbe del Hudson es la ciudad judía más grande del mundo después de Tel Aviv.

El fruto es Genius & Anxiety, una incisiva reflexión sobre el excepcionalismo judío en un palimpsesto de lugares, semblanzas, anécdotas y hechos históricos que entretejen la geografía, la política, las ideas, la ciencia y el arte en escenarios como Hamburgo, París, Praga, El Cairo, Bagdad, Tel Aviv y Jerusalén, entre muchas otras fascinantes ciudades.

El director francés François Girard se basó en The Song of Names, su novela de 2002, para filmar una película protagonizada por Tim Roth y Clive Owen que trata de la misma imperiosa ansiedad que recorre su último libro: la necesidad de que ningún nombre sea olvidado.

Las fechas que elige Lebrecht para acotar su historia son 1847, fecha del primer congreso de la Liga Comunista en Londres, y 1947, el año en que la Asamblea General de la ONU votó a favor de la creación del Estado de Israel.

Nacido en Londres en el seno de una familia asquenazí de origen alemán y francés, Lebrecht estudió en la Kol Torah Rabbinical College de Jerusalén y la Universidad Bar Ilán de Tel Aviv, lo que le da el campo de visión imprescindible para aventurar una respuesta distinta a la de Hobsbawm, al sostener que la salida del gueto no llega a explicarlo todo. La respuesta última, sostiene, es la “presión de la ansiedad”, es decir, el miedo a la expulsión, a la extinción. Mahler solía decir, señala Lebrecht, que un judío era como un hombre con un brazo más corto, por lo que debía nadar el doble para llegar a la playa. La segunda razón es el milenario bagaje de la argumentación talmúdica, que entrena a la mente para percibir los problemas desde perspectivas distintas y desafiar las proposiciones aceptadas.

 

La pléyade judía

Entre las 55 personalidades elegidas figura una pléyade inevitable –Disraeli, Einstein, Trotsky, Kafka…–, pero también algunas menos conocidas como Sarah Bernhardt –“la inventora del culto a las celebridades”–, Emma Lazarus, la escritora sefardí cuyos versos adornan la Estatua de la Libertad, Eliezer Ben Yehuda (Perlman), inventor del hebreo moderno, y Albert Ballin, padre del transporte transatlántico moderno.

Tampoco faltan Gershwin, que renovó la música popular de EEUU en la misma época en la que David Sarnoff y William Paley fundaban las cadenas de radio CBS y NBC en Manhattan y en Los Ángeles Louis B. Mayer, Harry Cohn, Sam Goldwyn, Jack Warner y Adolph Zukor creaban los primeros grandes estudios de Hollywood.

Cuando Ben Yehuda murió en 1921, el hebreo era una lengua muerta, como el latín. De hecho, ya lo era en la ápoca del segundo Templo, cuando en Judea y Galilea se hablaba arameo. Hoy, un siglo después, es la lengua materna de casi 10 millones israelíes, que pueden leer sin mayores problemas el manuscrito del libro de Isaías encontrado en Qumran en 1948 y que data de entre 150 y 100 a. C.

El caleidoscopio de artistas, políticos, científicos, filósofos y banqueros incluye también figuras casi desconocidas para el gran público como Rosalind Franklin, que tuvo un papel crucial en el descubrimiento del ADN, Leo Szilard, que participó en el proyecto Manhattan que condujo a la bomba atómica, el sexólogo alemán Magnus Hirschfeld, pionero de la descriminalización de la homosexualidad, y Karl Landsteiner, el primero en identificar los grupos sanguíneos.

En todos ellos, la ansiedad es una reacción instintiva que alimenta la genialidad, según Lebrecht, que, sin embargo, no tiene intenciones apologéticas ni intenta convertir su libro en una vida de santos. Un ejemplo de ello es el personaje fáustico de Fritz Haber, el científico alemán que desarrolló y promovió el uso de armas químicas en la Gran Guerra, pese a que las convenciones de La Haya de 1899 y 1907 las habían prohibido. En la batalla de Ypres de mayo de 1915, el gas mostaza que inventó y que fabricó su instituto diezmó a las tropas aliadas.

Ansioso por demostrar su patriotismo, Haber afirmaba que en tiempos de paz un científico se debía a la humanidad, pero en los de guerra, a su nación. A partir de sus descubrimientos, el instituto que dirigió durante décadas desarrolló el pesticida Zyklon A, que allanó el camino para la invención del Zyklon B, que los nazis usaron con mortal eficacia en las cámaras de gas, en las que perecieron varios de los miembros de la familia de Haber, que murió en el exilio en 1934.