irlanda modernidad
Autor: Fintan O’Toole
Editorial: Head of Zeus
Fecha: 2021
Páginas: 616

El largo camino de Irlanda hacia la modernidad

Durante décadas, Irlanda vivió sumida en el atraso económico porque los políticos surgidos del proceso de independencia prefirieron luchar por defender su identidad cultural a abrirla al mundo. Pero la entrada del país en Europa puso en marcha un proceso que ni los llamamientos contra la modernidad de Juan Pablo II pudieron parar, como cuenta con maestría O’Toole.
Ramón González Férriz
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El 1 de enero de 1973 se produjo la entrada formal de Irlanda en la Comunidad Económica Europea. “Fue lo más grande que le sucedió a Irlanda desde su Independencia”, afirma el intelectual irlandés Fintan O’Toole en su nuevo y brillante libro, We Don’t Know Ourselves. A Personal History of Ireland Since 1958. “Fue el momento en el que Irlanda se convirtió oficialmente en un país occidental, en un lugar que al fin formaba parte del mundo desarrollado y democrático”. Porque hasta entonces, dice O’Toole, a pesar de las apariencias, no era parte de él. No era un país económicamente desarrollado que pudiera compararse en riqueza, industria o bienestar con sus nuevos socios europeos. Y, aunque contaba con una democracia perfectamente establecida, dentro de ella había dos poderosas fuerzas anómalas: la primera, una arraigada cultura de la violencia; la segunda, “la confusión constante”, dice, entre la idea de ciudadanía irlandesa y el catolicismo.

Desde el final de la guerra civil de 1923, desencadenada por las condiciones de la independencia respecto a Reino Unido, Irlanda estuvo gobernada “por dos partidos nacionalistas casi idénticos”: el Fine Gael y el más exitoso Fianna Fáil. “Ambos partidos eran fervientemente católicos, respetaban profundamente el derecho de la jerarquía eclesiástica a establecer reglas vinculantes sobre todas las cuestiones relacionadas con la moralidad, sobre todo las que tenían que ver con la reproducción y la sexualidad”. Ambos defenderían la recuperación de la vieja lengua irlandesa en sustitución del colonial inglés –cosa que no consiguieron– y ambos consideraban que la economía de Irlanda debía ser agraria y su población mayoritariamente rural, porque esa era la esencia del país. Buena parte de la política irlandesa se basaba en esos principios, que se concretaban en un reiterado intento de frenar la modernización para impedir que el país perdiera su carácter singular.

Esa esencia se mantenía en 1958. Ese es año en el que nació O’Toole, que cuenta en el libro la historia de su país en primera persona, pero no en forma de memorias, sino de relato histórico con una fuerte mirada personal y biográfica. En la semana de su nacimiento, cuenta en el ilustrativo arranque, sucedieron tres hechos que encarnaban el estado político y moral de Irlanda. En primer lugar, la Iglesia católica exigió la cancelación de la representación teatral de una adaptación de Ulises, de James Joyce, en el festival de Dublín por su indecencia (el libro llevaba publicado más de treinta años). Esa misma semana, cinco o seis hombres enmascarados pertenecientes al Ejército Republicano Irlandés (IRA), que afirmaba ser el heredero de los rebeldes que proclamaron la independencia en 1916, entraron armados con pistolas en un campamento militar británico. A esas alturas, el grupo terrorista ya estaba muy integrado en la cultura nacional y cultivaba la estrategia de venerar a los mártires caídos en la lucha contra el invasor, que aún ocupaba los seis condados del norte, el Ulster. Por último, esa semana, el ministro de Industria asistió a una reunión en París para estudiar la incorporación del país a la incipiente zona de libre comercio europeo, a la que ya pertenecían países como Alemania, Francia e Italia, entre otros.

 

«O’Toole cuenta en el libro la historia de su país en primera persona, pero no en forma de memorias, sino de relato histórico con una fuerte mirada personal y biográfica»

 

Este último suceso pasó totalmente desapercibido, aunque era clave: el país perdía población, que emigraba sobre todo a Reino Unido y Estados Unidos; tenía unos aranceles elevados pensados para fortalecer una industria doméstica que apenas existía, y las exportaciones eran exiguas. Además, todo el proyecto económico construido tras la independencia había tenido una consecuencia funesta: la economía irlandesa dependía por completo de los odiados británicos, y hasta el cambio de su moneda estaba vinculado al de la libra. Algunos modernizadores defendían que Irlanda entrara en la zona de libre comercio, pero eran conscientes de que eso podía devastar su pobre economía. Y lo que era peor: podía transformar el país. “Mientras el nacionalismo y la religión absorbían casi todo el oxígeno, esas conversaciones aburridas y técnicas ponían de manifiesto el dilema existencial del proyecto de independencia irlandesa”.

El dilema era el siguiente: ¿podía “cambiar todo económicamente pero seguir siendo igual culturalmente”? Al final, el país hizo una apuesta por la integración en Europa y el libre comercio que resultó como era de prever: todo cambió económicamente, pero también culturalmente. Ese fue, dice O’Toole, el experimento que marcó la vida de los miembros de su generación, que vieron asombrados cómo se transformaba el país, no solo hasta su entrada en la Comunidad Económica Europea en 1972, sino hasta nuestros días. Hoy Irlanda se ha convertido en un país moral y religiosamente homologable a cualquier otro en Occidente, su economía está abierta el mundo y exporta música pop y servicios tecnológicos.

El libro está lleno de momentos dramáticos y traumas vinculados a la violencia del IRA, a la ocultación de terribles secretos en una tenue sombra y a una regla ambigua y no escrita: que la ley debía aplicarse con todo rigor, excepto cuando no había que aplicarla en absoluto. También hay muchos momentos divertidos y unos cuantos chistes irlandeses. Pero quizá el punto álgido del relato es la visita del papa al país en 1979, que tuvo un éxito sin precedentes. “El papamóvil en el que Juan Pablo se desplazaba entre las inmensas muchedumbres parecía una apisonadora que aplastaba a toda la sociedad, convirtiendo en una masa falsamente uniforme lo que era una frágil red de sobreentendidos. Juan Pablo fue un gran nigromante que convocó de entre los muertos a una Irlanda monolítica que ya no existía”.

Sus discursos multitudinarios exigieron que Irlanda se resistiera a toda modernización, que siguiera fiel a su esencia, que no se dejara seducir por el consumismo, el sexo, el laicismo. Que siguiera oponiéndose con heroicidad a la modernidad. Pero ya era tarde y en eso el papa fracasó. También lo hizo cuando pidió dramáticamente a los muy católicos miembros del IRA que dejaran de matar. Al día siguiente del emotivo discurso en el que demandó el cese de la violencia, el IRA publicó un documento: “Creemos con toda nuestra conciencia que la fuerza es el único medio para expulsar el mal que supone la presencia británica en Irlanda”. Los asesinatos seguirían.

We don’t Know Ourselves es un libro fascinante. La originalidad de su formato –una historia en primera persona– y el singular devenir de su tema –la Irlanda moderna– tienen, sin duda, parte del mérito. Pero por encima de eso está la mirada de O’Toole, que encuentra detalles, personajes, miradas y referencias culturales que permiten entender algo mejor un país que, por suerte, optó por integrarse en Europa y la modernidad. Y lo consiguió plenamente.