POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 41

Fidias mostrando el friso del Partenón a Pericles, Aspasia, Alcibíades y amigos, cuadro de Lawrence Alma-Tadema (1868)

El milagro de Atenas y el origen de la democracia ateniense

KARL POPPER
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Nuestra civilización, que es esencialmente la civilización mediterránea, deriva de los griegos. Esta civilización nació en el período comprendido entre los siglos VI y IV antes de Cristo, y nació en Atenas.

El milagro ateniense es desconcertante. Aquí tenemos, en un breve período que comienza con Solón hacia el 600 antes de Cristo, una revolución pacífica. Solón salvó a la ciudad eliminando el yugo de la deuda a los ciudadanos atenienses explotados, y prohibiendo que pudiera esclavizarse a cualquier ciudadano ateniense en razón de sus deudas. Fue la primera constitución creada para mantener la libertad de los ciudadanos, y nunca fue olvidada, aunque la historia de Atenas muestra que la libertad no está nunca garantizada y siempre amenazada.

Solón no fue sólo un gran estadista; fue el primer poeta ateniense del que tenemos noticia, y en su poesía explicó sus metas. Habló de eunomia o “buen gobierno”, definiéndolo como el equilibrio de los contrapuestos intereses de los ciudadanos. Fue sin duda la primera vez, al menos la primera vez en la región mediterránea, que se creó una constitución ética y humanitaria. El principio rector del proceso fue el imperativo ético de validez universal que Schopenhauer expresó de esta sencilla forma: Neminem laede imo omnes, quantum potes, juva!; es decir: ¡no hagas daño a nadie y ayuda todo lo que puedas!

Al igual que la revolución americana, que se produjo dos mil años después, la revolución de Solón tenía sólo en mente la libertad de los ciudadanos: en ambos casos se pasó por alto la esclavitud de los esclavos bárbaros comprados.

Después de Solón la política ateniense fue sumamente inestable. Varias familias principales se disputaban el poder y, tras algunos intentos fallidos, Pisístrato, un pariente de Solón, se erigió en monarca o tirano en Atenas. Pisístrato debía su gran riqueza a…

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