En 24 ediciones y casi un siglo de historia, solo la Segunda Guerra Mundial interrumpió el acontecimiento deportivo más seguido del planeta. Este año, la ampliación del torneo, los cerca de 6,8 millones de aficionados que asistieron a los estadios y una audiencia global de cientos de millones de personas permitieron a la FIFA y a Donald Trump proclamar el éxito de un torneo presentado, una vez más, como una celebración capaz de unir al mundo.
Esta capacidad para concentrar durante semanas la atención de buena parte de la población mundial convierte esta competición en un escenario privilegiado para gobiernos, empresas y dirigentes que aspiran a proyectar una determinada imagen de sí mismos. El deporte trata de distanciarse de la actualidad internacional, pero termina inevitablemente reflejándola.
La Italia fascista utilizó el Mundial de 1934 para exhibir la fortaleza del régimen de Benito Mussolini. Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 sirvieron como escaparate de la Alemania nazi. La dictadura militar argentina intentó convertir el Mundial de 1978 en una demostración de normalidad y cohesión nacional. Los boicots a los Juegos de Moscú de 1980 y a los de Los Ángeles de 1984 trasladaron la Guerra Fría al terreno deportivo….



