Autor: Catherine Belton
Editorial: Península
Fecha: 2022
Páginas: 928

El pasado de Rusia a los mandos de su futuro

Durante mucho tiempo, a Putin se lo ha pintado como el ‘presidente accidental’ de Rusia. Pero Catherine Belton, excorresponsal de ‘Financial Times’ en Moscú, cree que ni su ascenso dentro del Kremlin ni su asalto a la presidencia tuvieron mucho que ver con el azar. Formaba parte del grupo de agentes del KGB que se hicieron cargo del país porque entendían el funcionamiento del dinero cuando nadie más en la URSS lo hacía.
Xavier Colás
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Hubo un momento en el que la Unión Soviética, como si fuese un robot que de repente toma consciencia de sí mismo, supo que no iba a vivir para siempre. Casi nadie tuvo acceso a esa idea, que circuló con sigilo dentro del engranaje oscuro de los servicios secretos.  Ahí se empezó a pensar en el futuro, mientras al resto del país se le hablaba de la utopía. Cuando todo se derrumbó, hubo una persona que supo reunificar de nuevo esas redes.

Catherine Belton, la gran ex corresponsal del Financial Times en Moscú, documenta en Los hombres de Putin el improbable ascenso de un hombre que en su juventud se enroló  en el KGB no por ideología sino por vivir aventuras y defender la grandeza de su país. Pero la mayor aventura, la que lo convirtió en un actor principal, fue ver saltar las costuras políticas de su patria. Aquel declive fue el empoderamiento de unos pocos. Las circunstancias históricas quisieron que Putin fuera un testigo privilegiado, viendo ese futuro antes de que sucediese. Cuando Vladimir Vladimirovich llegó a Dresde en 1985, la República Democrática Alemana ya vivía en tiempo de descuento. Él, recién salido del elitista instituto Bandera Roja para funcionarios de inteligencia en el extranjero, tenía 32 años.

Occidente había impuesto un embargo de productos tecnológicos a la URSS. La inteligencia soviética estaba ahí para copiar y carcomer un sistema capitalista que sabían que era más eficaz, pero menos “moral”, según el evangelio marxista. Grupos criminales organizados trabajaban codo con codo con los servicios de seguridad soviéticos para traficar a través del mercado negro con cigarrillos, alcohol, diamantes y metales escasos. Era una manera de llenar las cuentas de los servicios secretos del bloque del Este. Los líderes comunistas lo justificaban ante sí mismos como un golpe contra los cimientos del capitalismo. Cuando vieron que el ocaso se acercaba incluso dieron órdenes de crear empresas privadas en el exterior. El KGB se preparaba para sobrevivir dentro del cuerpo inerte de la URSS.

 

«Aunque la mayoría de las biografías retratan a Putin sirviendo en tareas menores en Dresde, Belton lo sitúa en el vértice del espionaje empresarial, una avanzadilla que sirvió a la URSS para empezar a jugar con el capitalismo»

 

Aunque la mayoría de las biografías retratan a Putin sirviendo en tareas menores en Dresde, Belton lo sitúa en el vértice del espionaje empresarial, una avanzadilla que sirvió a la URSS para empezar a jugar con el capitalismo. El KGB redoblaba sus esfuerzos en Alemania, reclutando a agentes en empresas como Siemens, Bayer o Thyssen. “Putin estuvo claramente implicado en ese proceso y se dedicó a enrolar a científicos y empresarios que pudieran ayudarle a pasar ilegalmente tecnología occidental al bloque oriental”, escribe de manera trepidante Belton, aunque sin aportar testimonios convincentes. Lo mismo ocurre con las acusaciones contra Putin de haber cooperado con organizaciones alemanas terroristas de izquierda, teorías muy disputadas por la mayoría de los expertos y biógrafos aunque ella pone sobre la mesa un testimonio anónimo y la aseveración de que en los años en los que Putin sirvió en Alemania del Este, Dresde se convirtió en un lugar de encuentro de los Baader-Meinhof.  Belton está convencida, aunque no tanto como para no escribirlo entre interrogaciones, de que si Putin años después dimitió del KGB siendo todavía joven fue porque había estado envuelto en misiones peligrosas, como colaborar con la sanguinaria Facción del Ejército Rojo, unas operaciones por las cuales cada año de servicio equivalía a tres y permitía cobrar la totalidad de la pensión. Ahí queda la discutible pistola humeante.

Lo más interesante es su relato de cómo, al ser cada vez más consciente de los riesgos de un hundimiento del comunismo, a mediados de la década de 1980 el KGB puso en marcha discretamente la Operación Luch con el objetivo de prepararse para un posible cambio de régimen: “Un grupo de ‘progresistas’ del KGB empezó a prepararse para la caída, crear depósitos secretos de efectivo que les permitieran mantener sus operaciones”.

Así fue cómo una futura casta de los servicios secretos empezó a tejer redes y a acumular conocimientos que servirían para manejar en los noventa a un país que giraba sin un punto de apoyo sobre los remolinos del capitalismo. Belton hace un relato pormenorizado de cómo, por medio de transferencias bancarias directas, gran parte de la riqueza de la Unión Soviética fue escondida fuera del país a través de empresas ligadas, por ejemplo, a la exportación de materias primas. Cuando saltaron los fusibles del comunismo, los agentes de inteligencia de la sección exterior del KGB encargados de la creación del plan eran ahora los que poseían las llaves de toda aquella riqueza oculta. Belton es un formidable sabueso en las interminables pero esquivas pistas de un dinero opaco e insolente que cambió la historia del país más grande del mundo.

 

Un hombre espejo

Belton retrata certeramente a Putin como un maestro de la reencarnación. El ex agente del KGB en Alemania se convirtió al volver a casa en la mano derecha de Anatoli Sobchak, alcalde de San Petersburgo y uno de los líderes democráticos mas prominentes del país. El irresistible ascenso de Vladimir Vladimirovich vino impulsado por su habilidad para tratar con lo viejo y lo nuevo. “Fiel a su formación en el KGB, Putin, como un espejo, devolvía el reflejo de las opiniones de todos: primero las de su mentor democrático, después las del establishment de la vieja guardia, con la que también trabajaba”.

Los agentes de la inteligencia exterior eran quienes controlaban las cuentas cuando el presidente Boris Yeltsin firmó el decreto que enviaba a la historia al Partido Comunista. De pronto el dinero era importante, y casi nadie tenía experiencia en hacerlo funcionar. Fueron esos miembros de la sección de inteligencia exterior del servicio de seguridad los que habían percibido con mayor claridad que el sistema debía cambiar. Eran ellos los que viajaban y veían cómo funcionaba en Occidente la economía de mercado, los que constataban que el sistema socialista no conseguía mantener el ritmo. Hasta buscaron nuevos emprendedores entre las filas del Komsomol, las juventudes comunistas, un laboratorio precario de lo que brotaría después.

El KGB, como una criatura del infierno, sobrevivió incluso cuando fue troceado por Yeltsin, que ni siquiera estando sobrio sabía qué era el dinero. En una de las jugosas anécdotas del libro de Belton, cuenta cómo Yeltsin, totalmente borracho, le pide a su jefe de guardaespaldas, Alexánder Korzhakov, que le comprara vodka, sacando un fajo de billetes equivalente a 100 dólares de una caja fuerte que tenía en su habitación preguntando si sería suficiente: “No tenía ni idea de qué era el dinero, ni de cuánto valían las cosas”.

Rusia fue un lodazal en los noventa, de los que sólo se podía salir pobre o manchadísimo. Belton cuenta que Putin fue el verdadero alcalde en la sombra en  su Leningrado natal. Allí la única manera de mantener su control sobre la ciudad era hacer cooperar al nuevo KGB local con el crimen organizado, que fue otro estudiante avanzado en esa lección acelerada de capitalismo que resultó traumática para millones de rusos.

 

«Para los liberales que rodeaban a Yeltsin, Putin pareció lo suficientemente liberal. Ante los eternos servicios secretos, se mostró como uno de ellos, alguien que desde la cumbre se vengaría de la arrogancia aperturista de los noventa y restauraría el poder estatal»

 

Yeltsin era un reformador, pero acabó dándose cuenta de que sólo la mano de un miembro del establishment de la inteligencia exterior del KGB podía protegerle a él y a su familia del acoso judicial por todos sus pecados de su familia durante la orgía capitalista de una década de los noventa que vivía sus últimos compases entre nubarrones de default y decepción general.

Para los liberales que rodeaban a Yeltsin, Putin pareció lo suficientemente liberal. Ante los eternos servicios secretos, se mostró como uno de ellos, alguien que desde la cumbre se vengaría de la arrogancia aperturista de los noventa y restauraría el poder estatal. En la todopoderosa familia de Yeltsin lo consideraron lo que en Rusia llaman un brutalnie mushina, un hombre los suficientemente brutal para abrirse camino sin pactar con unos comunistas que querían meter a Yeltsin en la cárcel o unos chechenos que querían desgajar un territorio por las armas. Belton constata que, salvo los chekistas de toda la vida, todos fueron muy ingenuos. Incluso la entonces poderosa oposición parlamentaria, que pensó que alguien tan gris como Putin no duraría y por eso lo confirmó sin problemas como primer ministro. Han pasado 23 años desde aquel verano en el que Putin emergió como un líder. Hoy parece un presidente eterno y, sobre todo, un enemigo del aperturismo que antaño le franqueó el paso. Los periódicos informan estos días de síntomas. Belton trata de mostrarnos la ecografía.

 

Populismo y petróleo

Los rusos estaban escarmentados con el liberalismo, Putin cabalgó la subida de los precios del petróleo y ofreció libertades individuales con líneas rojas sólo en el ámbito político. Así llegamos al presente, ese lugar en el que siempre es demasiado tarde. Occidente ha pasado años pensando que era Rusia la que iba por detrás y que tal vez un día políticamente se pondría a su altura. Benton señala, en cambio, que ahora somos nosotros los que nos encontramos con una situación en la que los populistas llegan al poder y “todo se pone patas arriba”. Señalan el ejemplo de Putin y dicen: “Mirad, él ha engañado a todo el mundo, pero aun así ha tenido éxito político”.

Rusia no es un organismo de lento desarrollo, es un autoritarismo posmoderno en plena forma. Sobre el papel, las sentencias emitidas por los tribunales rusos contra sus enemigos tienen apariencia de legitimidad. También quedan bien las elecciones libradas contra partidos de la oposición de cartón piedra. Y la falsa seguridad jurídica para las empresas que siempre puede quebrarse con un golpe desde arriba.

Durante mucho tiempo, a Putin se lo ha pintado como el “presidente accidental” de Rusia. Pero Belton cree que ni su ascenso dentro del Kremlin ni su asalto a la presidencia tuvieron mucho que ver con el azar. “Cuando lo trasladaron a Moscú ya empezaron a comprobar su idoneidad”, le cuenta a la autora un estrecho aliado de Putin en el KGB. Leer a esta periodista es sumergirse en el viejo testamento de la última URSS y la primera Rusia moderna. Los sucios “milagros” de un régimen dopado de petróleo y sediento de revancha que hemos visto en estos últimos años se cocinaron con los ingredientes de aquella transición en la que el cuerpo de la dictadura murió pero su sistema inmunológico se hizo cargo de todo.