El rechazo electoral por parte del pueblo danés del Tratado de Maastricht el pasado 2 de junio, constituye un acontecimiento inédito en la historia de la construcción europea, y ofrece, por eso mismo, abundantes motivos a la reflexión sobre la manera como los pueblos han entendido el texto aprobado por los jefes de Estado y de Gobierno el 7 de febrero de 1992, porque en buena lógica, el voto danés hubiese debido aceptar el Tratado de Maastricht, puesto que entre los doce países miembros, Dinamarca es de los pocos, exactamente tres, que podía asumir sin esfuerzo y desde este mismo momento las pesadas cargas económicas y sociales, indispensables para alcanzar la última y definitiva tercera etapa de la Unión Económica y Monetaria (UEM), con lo cual la sociedad danesa no estaría obligada a padecer los sacrificios que otros países menos ricos estarán obligados a soportar para penetrar en el club europeo y porque, además, el nivel cultural del pueblo danés y la amplia información repartida por el Gobierno más de trescientos mil ejemplares del texto permitían al electorado acudir a las urnas en óptimas condiciones de seguridad económica y de información suficiente. El famoso “déficit pedagógico” que se viene denunciando con razón a lo largo del proceso de ratificación vivido por la Europa de los Doce no podía, estadísticamente hablando, aplicarse a Dinamarca.
A pesar de tantas teóricas condiciones favorables, los daneses han respondido con sus papeletas negativas y el suceso no puede en absoluto considerarse como episodio menor en el camino de la unificación europea, ni mucho menos liquidarse con fórmulas simples, como las empleadas, por ejemplo, en el comunicado conjunto francoalemán del día siguiente, ni con la aparente indiferencia de altas autoridades comunitarias, dispuestas a marginar el rechazo danés como un pequeño incidente del largo y no siempre…

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