POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 232

El yo disuelto en el nosotros

Zamiatin se preguntó cómo sería Rusia después de la revolución. La respuesta sirve también para describir el siglo XXI.
Marta Rebón
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En 1920, mientras Europa procesaba el trauma de la Primera Guerra Mundial y Rusia se desangraba en una guerra civil, Yevgueni Zamiatin (Lebedián, 1884-París, 1937) escribió, en el Petrogrado hambriento y helado del comunismo de guerra, una novela que tardaría casi siete décadas en llegar a las librerías de su país. Ingeniero naval de formación, antes de la revolución había supervisado la construcción de rompehielos rusos en los astilleros de Newcastle, Glasgow y Sunderland. Lo que vio allí –los obreros como engranajes cronometrados de una gran máquina, la rigidez moral, el puritanismo y el conformismo burgués– afloró en Nosotros con la fría lógica de un teorema. Para concebirla se preguntó algo que ni el propio Lenin se atrevió a augurar: ¿cómo sería Rusia después de la revolución? Lo que vertió en estas páginas se cumpliría apenas una década más tarde, con el estalinismo. En 1922 tuvo el “privilegio” de firmar la primera novela censurada por el Glavlit (órgano de censura creado ese mismo año). Precursora de 1984 y de Un mundo feliz, Nosotros anticipa, además, con una precisión extraordinaria, las distopías tecnológicas del siglo XXI.



Nosotros
Yevgueni Zamiatin, Publicación original: 1920, Traducción de Marta Rebón
Salamandra, 2023
288 págs.


La acción transcurre tras la Guerra de los Doscientos Años, el cataclismo que aniquiló a la mayor parte de la humanidad. Estamos en el Estado Unido, una ciudad-estado del siglo veintinueve levantada en cristal y acero y rodeada por un Muro Verde que la aísla de lo salvaje. La preside el Benefactor (parodia del Gran Inquisidor dostoievskiano), reelegido por unanimidad cada año en un ritual vacío. Sus ciudadanos tienen números como nombres y sus vidas se rigen por una Tabla de Horas, que regula al minuto cada gesto de la jornada, incluidos los encuentros sexuales. Cada bocado se mastica cincuenta veces reglamentarias, al unísono de millones de bocas. El taylorismo es la inspiración rectora. La transparencia del cristal somete a todos a la mirada perpetua de los Guardianes, no hay lugar para los secretos. Y, a pesar de marchar todos al unísono, se percibe una soledad radical. D-503, ingeniero jefe de la Integral –la nave que exportará a otros mundos la fórmula matemáticamente infalible de la felicidad–, escribe el diario que leemos. Al principio las entradas son sintéticas: frases cortas, metáforas mecánicas, devoción por el orden. Luego aparecerá I-330, una mujer que fuma, bebe licor y conoce la música del pasado. Y, con ella, llegan el deseo y los sueños, considerados anomalías patológicas. Al visitar al médico, este le diagnostica que “ha desarrollado un alma”. I-330 lo arrastrará, junto con otros números, a la insurrección. La represalia no será el paredón, sino una suerte de lobotomía que extirpa la imaginación.

 

«La arquitectura transparente prefigura la exposición de la intimidad en las redes»

 

Nosotros es una distopía antiestalinista ante litteram en lo referente a la ingeniería social: el empleo de la tecnología para suprimir la fricción y el azar de la vida humana. La Tabla de Horas es el algoritmo que coloniza el ocio. La arquitectura transparente prefigura la exposición de la intimidad en las redes. El control exhaustivo del Estado nos es familiar con el nombre de capitalismo de vigilancia. La Integral es el sueño espacial de Silicon Valley. Y la creación encuentra su autómata: en un mundo que ha clasificado la inspiración como una forma extinta de epilepsia, el musicómetro mecaniza el arte (basta girar una manivela para que cualquiera produzca hasta tres sonatas por hora). Es una estampa de la IA generativa, la creatividad delegada en una máquina y servida en serie. Donde el Estado imaginado por Zamiatin extirpaba la fantasía de raíz, nuestra época la deja consumirse al ceder a los ordenadores la creación, el juicio y la comprensión.

En la Rusia de Putin, convertida desde 2022 en panóptico digital tras un Muro Verde (que incluye la desconexión del Internet ruso), esta distopía resuena con una pertinencia incómoda. Ese mismo año en que se produjo la invasión estaba programado el estreno de una ambiciosa adaptación rusa para la gran pantalla. Fue cancelada sin explicación oficial. Nosotros, ya desde el propio título, tanto en Rusia como en el resto de Occidente, recuerda también un marco mental que atraviesa la política doméstica e internacional basada en la polarización (los nuestros frente a ellos), que incluyen el señalamiento del extranjero y la desinformación.