POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 51

JOYA DE ARCHIVO: Elecciones en Estados Unidos

¿La tormenta de la que hablaba Tocqueville, la fiebre de Bryce, pasarán, y la república norteamericana, habiendo una vez más sobrevivido al espectáculo de la democracia, seguirá adelante con su unidad reafirmada?
ARTHUR SCHLESINGER JR.
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Una vez más, Estados Unidos está cerca de unas elecciones presidenciales. En los sistemas parlamentarios europeos, los regímenes acceden y caen del poder de acuerdo con los cambios de opinión del electorado. Pero en el sistema norteamericano, la elección del presidente se celebra tal como lo estableció la Constitución de 1787, en un rígido e implacable intervalo de cuatro años.

El eminente observador británico lord Bryce escribió hace un siglo en The American Commonwealth: “Estados Unidos sufre una especie de fiebre intermitente (…) Cada cuatro años se producen terribles temblores que culminan en el ataque de la elección presidencial”. Las sacudidas han empezado ya con las llamadas “primarias”, procedimiento por el cual cada partido selecciona a sus candidatos. Una vez ratificados los candidatos por las convenciones nacionales de los partidos en agosto, los temblores se convertirán en otoño en el ataque de fiebre, y así continuará hasta que la nación vote el primer martes después del primer lunes del mes de noviembre. Hay que añadir que el presidente no se elige por votación popular directa, sino por votos de cada Estado en los que el ganador se lleva todos los puntos en un colegio electoral. Sin embargo, el voto electoral refleja casi siempre el voto popular. Solamente una vez en su historia, el colegio electoral negó la presidencia al ganador de los votos populares, y esto sucedió hace más de un siglo, en 1888. Teóricamente, todavía es posible, aunque sumamente improbable que vuelva a suceder.

El rígido sistema electoral es un rasgo que diferencia el orden presidencial norteamericano de un régimen parlamentario. Otro rasgo, quizá más difícil de captar, pero fundamental para comprender la política norteamericana, es la “separación de poderes”. En los regímenes parlamentarios, lo característico es que el poder ejecutivo emerja del legislativo y, a menos que se quede bloqueado por una pérdida del voto de confianza, el Parlamento vota automáticamente lo que el ejecutivo pide.

Por el contrario, en el sistema norteamericano, el presidente y el Congreso se eligen por separado. Esto da como resultado que algunas veces un partido controla el ejecutivo y el partido opuesto el legislativo. En los últimos años, los votantes parecen haber preferido esta disposición, interpretando la división del gobierno entre los partidos como un medio para evitar abusos de poder.

 

«Como afirmó Louis D. Brandeis, magistrado del Tribunal Supremo, “lo importante del sistema constitucional norteamericano no es promover la eficacia, sino impedir el ejercicio del poder arbitrario»

 

Hay que añadir que el presidente no puede contar con el apoyo automático por parte del Congreso, ni siquiera cuando su propio partido controla ambas cámaras. En un país tan extenso como EE UU, la disciplina del partido es difícil de mantener. Como comentó Alexis de Tocqueville, el gran observador francés de la democracia norteamericana, hace más de siglo y medio, los legisladores “piensan más en sus votantes que en su partido (…) Pero lo que debe decirse para complacer a los votantes no es siempre lo que debe decirse para servir al partido al que los representantes afirman pertenecer”. Así, el presidente, a diferencia del primer ministro de un régimen parlamentario, debe convencer a un Congreso a menudo escéptico de las virtudes de sus propuestas.

A menudo esto resulta desalentador para los gobiernos extranjeros en sus tratos con el norteamericano, pero es una parte orgánica de su concepto de democracia. Tal como afirmó Louis D. Brandeis, magistrado del Tribunal Supremo, “lo importante del sistema constitucional norteamericano no es promover la eficacia, sino impedir el ejercicio del poder arbitrario”.

La separación de poderes concede un valor especial y crea una necesidad de liderazgo presidencial fuerte. El presidente, según el historiador Henry Adams, “parece el comandante de un barco en el mar. Debe tener un timón que agarrar, un rumbo que seguir y un puerto que buscar”. La política en una democracia es en el fondo un proceso educativo, y los presidentes –Jefferson, Jackson, Lincoln, Wilson y los dos Roosevelt– tuvieron que emplear todos sus medios de persuasión y presión para convencer al Congreso de que la dirección por la que deseaban encaminar a la república era la dirección adecuada.

¿Cuál es la diferencia entre los dos partidos? Los partidos en EE UU no son ideológicos. Responden a circunstancias prácticas y son capaces de invertir –incluso de intercambiar– sus posiciones. Abraham Lincoln dijo una vez que los partidos le recordaban dos borrachos que comienzan a pelear con los abrigos puestos. Después de una larga lucha, cada uno se desprende de su abrigo y se mete en el del otro. “Si los dos partidos más importantes de nuestros días –dijo Lincoln en 1859– son realmente idénticos a los de los tiempos de Jefferson y Adams, entonces han ejecutado exactamente la misma hazaña que esos dos borrachos.”

Pero si los partidos no son ideológicos y sus políticas son adaptables, queda una diferencia entre ellos, y ésta estriba en los intereses que hay detrás. El Partido Republicano y sus predecesores, los federalistas y los whigs, ha sido el partido típico de la comunidad de empresarios. El Partido Demócrata, aunque siempre ha tenido una proporción de gente de negocios de mentalidad liberal, ha sido el típico partido de los trabajadores, agricultores, profesionales e intelectuales.

 

Demócratas y republicanos

Igual que los dos borrachos de Lincoln, los partidos han intercambiado sus políticas. En el siglo XIX, el Partido Demócrata era habitualmente el de los derechos de propiedad. Bajo Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX, el Republicano fue el de la afirmación del gobierno nacional. Todo esto terminó en 1912, cuando los republicanos expulsaron a Theodore Roosevelt y los demócratas eligieron a Woodrow Wilson, quien, una vez en el cargo, se apropió de la política de Roosevelt.

Desde 1912, el Partido Republicano, como partido de los empresarios, ha sido fuerte y sistemáticamente hostil al gobierno, mientras el demócrata se convirtió en el partido progubernamental. Creo que éste sigue siendo el caso, aunque algunos observadores como Ralph Nader, abogado del consumidor, por ejemplo, o Gore Vidal, crítico independiente, creen que el gobierno norteamericano, en palabras de Nader, “está dominado por un partido mayoritario corporativo con dos cabezas, demócrata y republicana.”

También desde Woodrow Wilson ha habido una sostenida diferencia en política exterior. Wilson comprometió al Partido Demócrata en el apoyo a la organización internacional y a la seguridad colectiva. Después de la expulsión de Theodore Roosevelt, quien vio a Estados Unidos como una activa potencia mundial, el Partido Republicano se convirtió en el partido aislacionista, desconfiado de la organización internacional y extrañado de que EE UU, si se aventura para algo en el mundo, tenga que ir solo.

La política norteamericana está hoy en un estado de desacostumbrada incertidumbre. El sistema tradicional de partidos se halla bajo presión creciente, y la elección presidencial de 1996 presenta rasgos novedosos posiblemente algunos transitorios, pero otros de impacto duradero.

Uno de ellos es el nuevo poder de la derecha religiosa. La Constitución establece la separación entre Iglesia y Estado y ni siquiera menciona a Dios. EE UU nunca ha tenido partidos confesionales. Pero una ola de religiosidad que viene barriendo desde los Estados del Sur y del Oeste acaba de culminar en la formación de una organización política, la Coalición Cristiana.

La Coalición, bajo la dirección de Ralph Reed, un político hábil e inteligente, desempeña un importante papel en el Partido Republicano. Representa una nueva y sorprendente alianza entre fundamentalistas protestantes y conservadores católicos; sorprendente porque antaño los protestantes fundamentalistas veían al Papa de Roma y a sus seguidores en EE UU como amenazas para su manera de vivir. Se opusieron ferozmente a los candidatos católicos a la presidencia, Alfred E. Smith en 1928 y John F. Kennedy en 1960. Pero compartían la repulsa al aborto, a la homosexualidad y al sexo en las películas de Hollywood y el apoyo a la oración escolar y los “valores familiares” han unido grupos religiosos antes antagónicos. Este año muchos fundamentalistas protestantes se encuentran apoyando a un católico, Patrick J. Buchanan, educado con los jesuitas, porque admiran su pasión por librar “guerras culturales” para salvar el alma norteamericana.

 

«Basándose en la teoría de que ‘el dinero habla’, el Supremo dictaminó en 1976 que imponer restricciones a un candidato en el uso de su propio dinero es una violación de la libertad de expresión»

 

Los miembros de la Coalición Cristiana están profundamente comprometidos y bien disciplinados. Como los comunistas de antaño, asisten en masa a las reuniones del partido, llegan temprano, se quedan hasta tarde e imponen su programa después de que muchos republicanos moderados se hayan ido a casa. No todos apoyan a Pat Buchanan. El prudente Ralph Reed desea una relación amistosa con el senador Dole, nominado casi inevitable, y la Coalición, como organización, permanece cuidadosamente neutral.

Otro elemento que está cobrando nueva intensidad en las elecciones de 1996 es el papel del dinero privado. Últimamente, los candidatos piensan que deben empezar a recaudar fondos el año anterior a las elecciones y con cada nueva elección aumentan los gastos. El año anterior a la elección de 1980, los candidatos recogieron sólo diez millones y medio de dólares; el año pasado, sesenta millones. A finales de marzo, los rivales republicanos habían gastado más de 150 millones de dólares –una suma impresionante– en su pretensión a la presidencia. En 1992, la suma fue inferior a veinticinco millones para los dos partidos.

“La compra de un presidente”, estudio hecho por el Centro para la Integridad Pública de Washington, afirma que más del setenta por cien de las contribuciones al Partido Republicano y al Demócrata llegan actualmente de las empresas. Los candidatos contraen obligaciones tácitas con esas empresas y las personas adineradas que financian sus campañas. Todo ello hace aumentar el escepticismo público acerca de los políticos.

En los últimos años se han hecho esfuerzos por reducir el papel del dinero privado. Los candidatos pueden aspirar a fondos federales si están de acuerdo en limitar sus propias colectas. Pero el Tribunal Supremo, con una decisión de 1976, abrió un agujero en el sistema de control. Basándose en la teoría de que “el dinero habla”, el Tribunal dictaminó por cinco votos contra cuatro que imponer restricciones a un candidato en el uso de su propio dinero es una violación de la libertad de expresión, asegurada a todos los norteamericanos por la Constitución.

Esta decisión concede una enorme ventaja a los candidatos adinerados. Multimillonarios como Malcolm “Steve” Forbes, que gastó treinta millones de dólares –170.000 diarios– en una vana búsqueda de la presidencia, o Ross Perot, que pretendió la nominación en 1992 y puede que vuelva a hacerlo este año, rechazan los fondos federales y utilizan sus propias fortunas para gastar más dinero que todos sus rivales.

Como reacción se han hecho nuevos esfuerzos para que resulte más fácil luchar por la presidencia a los que no son multimillonarios. La mayor parte de los dólares políticos se gastan estos días en la compra de espacios de televisión. EE UU es casi el único país entre las democracias modernas que rehúsa dar a los candidatos tiempo gratuito durante las elecciones. En EE UU, la decisión más trascendental que puede hacer un pueblo libre –la elección de quién va a gobernarle– está considerada como una ocasión de enriquecimiento privado.

Pero hay voces influyentes que piden que los canales de televisión sigan el ejemplo de las democracias europeas. El magnate de la comunicación Rupert Murdoch, ha dado más ímpetu al movimiento ofreciendo a los candidatos presidenciales tiempo gratuito en su propia cadena Fox.  Destacados periodistas de televisión, como Walter Cronkite, John Chancellor, Rubin MacNeil, entre otros, se han reunido con senadores de los dos partidos y con prestigiosas figuras públicas como Archibald Cox, antiguo fiscal en el caso Watergate, para pedir a las televisiones que den a los candidatos tiempo gratuito durante el último mes de campaña a condición de que los candidatos usen este tiempo para presentar sus propuestas personalmente.

 

«A corto plazo, los anuncios ‘negativos’ son eficaces, pero a largo plazo el efecto es aumentar el escepticismo público»

 

La prominencia de la televisión ha ocasionado ya grandes cambios en la contienda presidencial. En el pasado, los directores de la campaña salían del proceso político. Pero cada vez más, en los últimos años los políticos son sustituidos como directores de campaña por una nueva clase de “asesores políticos”. Estos asesores no proceden de la política, sino de la televisión, las agencias de publicidad, firmas de encuestas, de relaciones públicas y otros campos especializados en el arte de manipular la opinión.

Insistiendo en la magia de las encuestas, los asesores deciden la estrategia, seleccionan las cuestiones y remodelan las imágenes de sus protagonistas. Antes, los agentes políticos iban al trabajo por su lealtad al candidato o al partido; ahora, los nuevos asesores son, a menudo, mercenarios encantados de trabajar para cualquier candidato o partido. Y, a diferencia de aquéllos, los asesores cobran enormes minutas, aumentando por lo tanto los costes de las campañas y reforzando la dependencia del candidato del dinero privado.

Su especialidad, además, es atacar a los candidatos rivales con anuncios de televisión “negativos”. A corto plazo es eficaz pero, a largo plazo, el efecto es aumentar el escepticismo público. Cuando los políticos se dedican a calumniar y difamar a sus oponentes, olvidan que están desacreditando a toda la profesión que también es la suya. No es extraño por ello que cada vez haya más norteamericanos que se vuelvan contra la política. El año pasado, más de la mitad de los que responden a las encuestas de opinión dijeron que favorecerían a un tercer partido en 1996. Los votantes de hoy expresan su insatisfacción respecto a los candidatos proclamados y al preguntarles a cuál de los contendientes preferían, se mostraron encantados de poder decir: “A ninguno de ellos”.

La ascensión de la derecha religiosa, el poder del dinero privado, la ventaja de los consultores políticos, son todos elementos que se relacionan con el impacto de la era electrónica en el tradicional sistema de partidos. El antiguo sistema tenía tres estratos: los políticos en un extremo, los votantes en el otro, y el partido en el centro. La función del partido era negociar entre el político y el votante, interpretando a cada uno para el otro y proporcionando los lazos que mantuvieran coherente el proceso político.

 

Decadencia de los partidos

La revolución electrónica ha abolido sustancialmente este papel mediador. Hoy en día, cuando un político desea conocer la opinión en un determinado distrito, ya no pregunta al jefe del partido local, sino que pide una encuesta pública computerizada. Cuando el votante quiere saber a quién debe apoyar, ya no pregunta al jefe del partido local, sino que enciende el televisor, mira los anuncios y decide por sí mismo. La televisión está sustituyendo al partido como medio para movilizar a los votantes.

Actualmente, una tercera parte del electorado está constituida por votantes que se proclaman “independientes” en las encuestas, esto es, sin afiliación a ningún partido. El grupo de los que se abstienen es casi igual de amplio. En 1888, cerca del ochenta por cien del electorado votó en las elecciones presidenciales; un siglo más tarde votó escasamente el cincuenta por cien. Esto no se debe a que los candidatos fueran más carismáticos en 1888 o los asuntos más apremiantes. Se debe a la decadencia del partido como agente de movilización de votantes. Esa evolución es síntoma de que los partidos se hallan en estado de decadencia, si no de disolución.

Aunque el estilo y el proceso difieren en cierto modo de lo que han sido en el pasado las elecciones, los candidatos (hasta ahora) son del estilo tradicional. El presidente Clinton es un contendiente excelente de la vieja tradición, tanto en campaña como en los estudios de televisión. El senador Dole, probable candidato republicano, es un hombre veterano de centro-derecha, con muchos años en el Congreso, cuyos primeros problemas van a ser la Coalición Cristiana y otros celotas del ala derecha de su propio partido.

Bajo su presión, Dole se desplazó aparentemente a la derecha en un intento de conseguir su nominación. Pero no le gustan los ideólogos ni los doctrinarios y cree en el Estado; no tanto como Clinton, pero bastante más que los derechistas de su partido. Después de todo, no estaría donde está si no fuera por el sistema de seguridad social y de educación financiado por el Estado. Su problema como persona pragmática en un partido ideológico queda expresado por el reciente diálogo que mantuvo en Arizona cuando recibió el respaldo de Barry Goldwater. Como candidato republicano a la presidencia en 1964, Goldwater fue el héroe del conservadurismo intransigente. Pero su partido se ha desplazado tanto a la derecha en los treinta años transcurridos desde entonces, que Dole pudo comentar: “Barry y yo nos hemos hecho algo así como liberales”. Y Goldwater respondió: “Somos los nuevos liberales del Partido Republicano. ¿Pueden imaginárselo?”.

 

«Nixon aconsejó al senador Dole que la manera de ganar era desplazarse a la derecha en las primarias y después precipitarse al centro para las generales»

 

Bob Dole es criticado por su falta de lo que el presidente Bush solía llamar despectivamente the vision thing. Cuando le preguntan a Dole por qué quiere ser presidente, sus respuestas son impacientes, vagas y triviales. Es cierto que no tiene opiniones firmes acerca del rumbo que va a seguir y del puerto que va a buscar. Pero si carece de fuertes y sustanciales compromisos, tiene un importante compromiso de procedimiento: hacer que el gobierno funcione. Dole piensa que cualquier opinión que tenga amplio apoyo tiene cierta legitimidad y que su función como parlamentario práctico es ver qué se puede hacer. De no haber buscado la nominación republicana, no se habría producido el cierre de la administración de los últimos meses. Dole y Clinton, dos políticos prácticos, habrían hecho las cosas sin mucho retraso ni trastorno.

Según parece, Dole se inclinaría a ser un presidente que se enfrentaría con los problemas según lleguen a su despacho, sin intentar grandes transformaciones sociales y desde luego no a la manera de Franklin Roosevelt, ni siquiera a la de su colega republicano Newt Gingrich, que solía alardear de su “revolución” y ha caído ahora en un inhabitual pero bienvenido silencio. Las encuestas lo señalan como el político más impopular del país. Su “Contrato con América”, del que tanto hemos oído hablar hace dos años, no ha sido mencionado este año por los aspirantes republicanos presidenciales, a excepción del senador Gramm, que pronto fue obligado a retirarse de la contienda.

Se dice que Richard Nixon aconsejó al senador Dole que la manera de ganar era desplazarse a la derecha en las primarias y después precipitarse al centro para las elecciones generales. Seguramente, ésta será la estrategia que Dole preferirá seguir.

¿Cuál va a ser el resultado de las elecciones? Suponiendo que no haya acontecimientos inesperados en alguna parte del mundo, no va a depender de la política exterior. Por deplorable que pueda parecer, los norteamericanos de 1996 no están demasiado interesados en los asuntos exteriores. Para muchos, cuanto menos oigan hablar de problemas internacionales, mejor; piensan que ya tienen bastantes problemas en casa. Lo último que desean es que sus hijos, hermanos o padres sean enviados al otro lado del océano para defender abstractos principios de orden mundial.

Las prioridades iniciales de Clinton se hallan en el campo interior, pero, al igual que otros presidentes, pronto ha descubierto que el respeto acumulado en política exterior era un agradable escape de las ignominias de las trifulcas internas. La política ad hoc de su administración ha comenzado a adquirir forma. Buen demócrata internacionalista, Clinton es fiel al compromiso wilsoniano de responsabilidad internacional. Aparentemente, ha llegado a concebir el papel mundial de EE UU como el de pacificador: en la antigua Yugoslavia, en Oriente Próximo, en Irlanda, en Haití, en el mar Egeo. El de pacificador es un papel loable y Clinton, a pesar de haber llegado tarde a la política internacional, lo ha desempeñado bien. Pero los acuerdos de paz tienen una manera desconcertante de estropearse, como han demostrado los recientes acontecimientos de Irlanda, Oriente Próximo y quizá también de los Balcanes y Haití. Ese papel de pacificador no es necesariamente una sólida base para campañas políticas.

Dole, por su parte, permanece leal a las propensiones aislacionistas de su partido. “Las organizaciones internacionales –dice– ya sean las Naciones Unidas, la Organización Mundial de Comercio o cualquier otra, no protegen nuestros intereses. A menudo reflejan un consenso que se opone a los intereses norteamericanos o no recogen nuestros principios e ideales”. En esta línea, el Congreso republicano se niega a pagar el dinero que debe a las Naciones Unidas, haciendo del orgulloso EE UU el mayor deudor mundial. El senador Dole, incluso, saca un impropio placer –y gana aplausos baratos– arrastrando con voz cansina el nombre del secretario general de las Naciones Unidas, Butros Butros-Gali.

 

«El neoaislacionismo republicano es más popular que el internacionalismo demócrata»

 

Si realmente Dole intenta salirse del internacionalismo o simplemente está consintiendo en lo que Wendell Willkie solía llamar “oratoria de campaña” para complacer a sus derechistas, no está claro. Pero se puede comprender por qué sir Nicholas Henderson, un diplomático británico que estuvo en los años ochenta como embajador en Washington, califica la actual situación como “el rechazo por parte de los republicanos de los fundamentos de la política exterior de EE UU durante los últimos cincuenta años”.

El talante predominante es de cansancio del mundo, de “vuelta a la matriz”; en palabras del Washington Post: “una retirada norteamericana de la responsabilidad internacional”. El neoaislacionismo republicano es más popular que el internacionalismo demócrata. Pero en ausencia de crisis imprevistas, los asuntos extranjeros tendrán un impacto sólo marginal. Las elecciones no van a depender, en mi opinión, de la política exterior.

Dependerán mucho más de la economía. EE UU cuadruplicó su deuda nacional durante los años de Ronald Reagan y George Bush. El empleo sigue siendo alto, pero la calidad de los puestos de trabajo ha disminuido. El New York Times ha publicado recientemente una serie de artículos bajo el título “La reducción de EE UU”. “Reducción” (downsizing) es el eufemismo empleado para describir lo que los norteamericanos han llamado “despido” y los británicos “la patada”, o sea, privar a la gente de su trabajo. La serie del Times muestra lo duro que es para personas de mediana edad, clase media o gerentes medios encontrar nuevos puestos de calidad equiparables, una vez que han sido “reducidos” de sus empleos.

La desigualdad en la distribución de los ingresos ha aumentado drásticamente durante la última década. Los salarios se han estancado, mientras que los ejecutivos se conceden salarios exorbitantes. Hace veinte años, el promedio del salario de un alto directivo era un 41 por cien más elevado que el de sus trabajadores; actualmente es de un 225 por cien.

 

Ansiedad económica y división social

Las disparidades en los ingresos familiares no han sido tan grandes como ahora desde que se empezó por primera vez a medir los ingresos de las familias hace medio siglo. La parte de riqueza total que corresponde a los más adinerados, un uno por cien de las familias norteamericanas, casi se ha duplicado entre 1979 y 1992. Como el senador Edward Kennedy ha señalado recientemente, los ingresos reales de la familia “han descendido un sesenta por cien entre todos los norteamericanos, mientras que los ingresos del cinco por cien más rico, han crecido casi un tercio y los ingresos del uno por cien más alto, casi se han duplicado (…) Los norteamericanos están trabajando más y ganando menos. Están preocupados por si pierden sus empleos, o su seguro de vida, por la educación de sus hijos, por sus padres ancianos y, de alguna manera, todavía ahorran para asegurarse su propia jubilación”.

Cuando un buen demócrata como el senador Kennedy plantea estas cuestiones, los republicanos gritan que está provocando “una guerra de clases”. Pero en la campaña de las primarias, Pat Buchanan planteó las mismas cuestiones como republicano y por ello las ha legitimado para las elecciones generales. Esto ofrece a los demócratas una apertura significativa. Históricamente, los demócratas han simpatizado mucho más que los republicanos con el desempleado y han sido más activos para buscar remedios al paro; y sus remedios son más plausibles que el proteccionismo económico de Buchanan. Pero los mismos demócratas están divididos entre liberales como Kennedy y Richard Gephardt, líder demócrata en la Cámara de Representantes, y los llamados “nuevos demócratas”, que huyen del estilo Roosevelt-Truman-Kennedy-New Deal y consideran más importante equilibrar el presupuesto que estimular la economía. Ambas partes quieren hacerse con el presidente, que navega hábil y cautelosamente entre las dos. Serán los demócratas los que más se beneficien de las ansiedades económicas.

Además, Dole será, con sus 72 años, el hombre más viejo que haya luchado por la presidencia. Está sano y en forma y –desde mi punto de vista– parece joven, pero muchos votantes están preocupados por su edad. En consecuencia, su elección de vicepresidente será objeto de un escrutinio inusual. Según el sistema norteamericano, si el presidente muere durante su mandato, le sucede automáticamente el vicepresidente. Sin embargo, en los últimos años, el vicepresidente parece haberse convertido en el aparente heredero cuando el presidente acaba su mandato. Normalmente a los electores les importa poco el segundo nombre de la papeleta, pero esta vez el compañero de carrera puede significar una importante diferencia, especialmente en el improbable caso de que el senador Dole pueda persuadir al general Colin Powell de que se presente con él. Cada vez más parece que la estrategia de la campaña republicana estribará en la cuestión de los personajes. Sacando el mejor partido de la edad de Dole, los republicanos la utilizarán para marcar un contraste con la juventud de Clinton. Dole es casi un cuarto de siglo mayor y sus promotores lo describen como el “adulto de vuelta”, frente a la propia descripción de Clinton como el “chico de vuelta”. Intentarán también hacer un contraste entre la dificultad de hablar de Dole y la fluidez de Clinton: “Nuestro hombre no es un hablador, sino un hacedor”. Menos ruidosamente sugerirán una comparación entre el valor militar de Dole durante la Segunda Guerra mundial y la retirada de Clinton del alistamiento durante la guerra de Vietnam. Intentarán sacar algún provecho del caso Whitewater, un episodio en la vida de los Clinton ocurrido hace quince años, incomprensible y aburrido para la mayoría de los votantes.

 

«El interés en terceros partidos es un síntoma de aguda frustración respecto a la actual forma de la política de EEUU»

 

Los sondeos muestran a Clinton por delante, pero así estuvo también George Bush en un período comparable hace cuatro años. Lo único que prueban las encuestas es la volubilidad de los que contestan. Los sondeos muestran lo que la gente cree que cree, no lo que van a creer bajo la presión de la decisión. Y las encuestas miden el promedio nacional, no el reparto Estado por Estado que controlará el colegio electoral. Los Estados sureños, sólidamente demócratas en mi juventud, son actualmente sólidamente republicanos, y el Sur va a dar a la papeleta republicana una ventaja de más de 140 votos en el colegio electoral. Para ganar, probablemente Clinton tendrá que llevarse California y Nueva York, los dos Estados más poblados, al igual que los Estados del medio Oeste, como Illinois, Ohio y Michigan.

Está también el asunto de lo que se conoce en política norteamericana como “comodines” Un comodín en póquer es una carta que puede tener cualquier valor e introduce un elemento de imprecisión. Una encuesta reciente de la CBS afirma que el cuarenta por cien de los electores republicanos y el 46 por cien de los demócratas querrían ver un candidato de un tercer partido en la carrera. Si Pat Buchanan decidiese correr por su cuenta, sería un comodín. Ralph Nader, que ya amenaza con presentarse en California como el candidato a la presidencia por el Partido Verde, puede quitarle suficientes votos a Clinton como para entregar los votos electorales de este Estado más populoso a Dole.

El mayor comodín es Ross Perot, que ganó el 19 por cien de los votos hace cuatro años, ha financiado y organizado su Partido de Reforma para las presentes elecciones y está provocando a la prensa y atormentando a los republicanos diciendo que podría muy bien presentarse de nuevo. La opinión generalizada es que su candidatura dañaría a los republicanos más que a los demócratas, aunque algunos sondeos sugieren lo contrario. Los comodines pueden dar al traste con todos los cálculos y predicciones.

El interés en terceros partidos es un síntoma de aguda frustración respecto a la actual forma de la política de EE UU. En la insatisfacción con los grandes partidos y sus candidatos subyace una profunda ansiedad nacional. Una empresa de encuestas tiene un “índice de alienación” diseñado para medir el alejamiento del proceso político y este índice está actualmente en el récord del 67 por cien.

¿Qué ocurre? EE UU no está tan mal. El alto índice de empleo es la envidia del resto del mundo. Sin embargo, los estadounidenses, especialmente de clase media, parecen estar enfadados. Se irritaron con George Bush en 1992 y le derribaron en las elecciones presidenciales. Se enfurecieron con Bill Clinton en 1994 y lo humillaron en la elección del Congreso. Después de ensalzar a Newt Gingrich en 1994, están furiosos con él en 1996.

Una buena parte del actual enfado está dirigido al “gran gobierno”. Pero éste puede ser más el chivo expiatorio que la causa. La gente está furiosa contra el gobierno porque no ha podido aliviar sus inquietudes y solucionar sus problemas; y éstos surgen de algo mucho más profundo: el cambio estructural de una economía industrial a otra basada en el microchip. Estamos viviendo los mayores cambios desde hace dos siglos, cuando se pasó de una economía basada en la agricultura a una economía basada en la industria. Al igual que la revolución industrial, la del microchip ha traído trastornos y desconfianza. Pero la revolución industrial fue menos traumática que la que estamos viviendo actualmente: se extendió a lo largo de dos generaciones, permitiendo así más tiempo de adaptación, además de producir más empleo que desempleo. La revolución del microchip es más rápida, más comprimida –aparecen nuevas “generaciones” de ordenadores cada dos meses– y parece que va a producir más desempleo que empleo.

 

«La política se hace acerca de muchas cosas: poder, dinero, imagen; pero en una democracia, la política es, en definitiva, un análisis de los remedios»

 

La gente está asustada del futuro y es comprensible que así sea. La nueva era exige nuevas aptitudes y nuevos conocimientos, que no son fáciles de conseguir para las personas de mediana edad que tienen que preguntar a sus hijos cómo funciona el vídeo. Las personas que han perdido su empleo están a la deriva en un mundo tecnológico que ya no comprenden. La invasión del microchip y de las tecnologías automáticas están remodelando nuestra sociedad y nuestra vida.

La política se hace acerca de muchas cosas: poder, dinero, imagen; pero en una democracia, la política es, en definitiva, un análisis de los remedios. Debemos reconocer los profundos e irreversibles cambios estructurales que están dando lugar a un grado de frustración, temor y furia, de otro modo inexplicables. El reto del liderazgo político es amortiguar la transición a lo que puede ser un futuro de abundancia, oportunidades y esperanza sin igual.

No es probable que este reto pueda ser contestado, según afirman los derechistas, volviéndose al libre mercado y al gobierno estatal y local. El mercado es una maquinaria sin igual de producción y distribución de bienes y servicios; pero sus operaciones están expuestas a distorsiones y deformaciones que a menudo requieren correcciones externas. Si han de afrontarse esos problemas, el Estado debe tomar la iniciativa asegurando el empleo, promocionando el entendimiento racial, ampliando la asistencia sanitaria, elevando los niveles de educación, combatiendo la droga y el crimen y reduciendo la desigualdad en los ingresos y en las oportunidades.

Lo imperativo de la situación, en resumen, clama por renovar la tradición de la democracia progresiva asociada a los nombres de Franklin Roosevelt, Harry S. Truman y John F. Kennedy; es decir, el uso constructivo e imaginativo del Estado para ayudar a la gente y a las comunidades a ayudarse a sí mismas. Varios libros publicados este año en EE UU predicen el retorno del liberalismo (en sentido norteamericano), aunque sólo sea porque no parece haber otra vía de respuesta a los retos que se presentan.

Mientras tanto, no conviene distraerse demasiado con el ruido que pronto empezará a llegar de EE UU. Es parte de sus ritos de paso. “Mucho tiempo antes de que llegue el momento designado –escribió Tocqueville– la elección se hace importante y, por así decirlo, el asunto de discusión, exclusivo. El ardor partidista se redobla y todas las pasiones artificiales que la imaginación es capaz de crear en un país feliz y tranquilo son agitadas y sacadas a la luz. Según se acercan las elecciones, la intriga y la agitación de la opinión pública aumenta. Los ciudadanos están divididos en campos hostiles, cada uno de los cuales toma el nombre de su candidato favorito; la nación entera está excitada; la elección es la noticia diaria de la prensa, el asunto de cada conversación privada, el fin de cada pensamiento y de cada acción, el único interés del presente.” Tocqueville terminaba: “tan pronto como se celebren las elecciones, el ardor se apaga, retorna la calma y el río, que casi había roto sus cauces, baja a su nivel habitual; pero ¿quién puede apartarse del asombro que tal tormenta ha levantado?”.

La tormenta de Tocqueville, la fiebre de Bryce, pasarán, y la república norteamericana, habiendo una vez más aguantado, disfrutado y sobrevivido al espectáculo de la democracia, seguirá adelante con su unidad puesta a prueba y reafirmada.