AFKAR-IDEAS  >   NÚMERO 41

La política exterior europea hacia el Mediterráneo

'A los socios euromediterráneos no les queda otra alternativa que trabajar juntos para poner en marcha proyectos regionales y subregionales concretos, que generen empleo'.
ENTREVISTA A STEFAN FÜLE
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Stefan Füle, que fue nombrado comisario europeo de Ampliación y Política de Vecindad en 2010, está en todos los frentes: mientras trabaja para la incorporación de los Balcanes occidentales a la Unión Europea (UE), ha aumentado su visibilidad política desde el principio de la crisis en Ucrania, sin dejar de mostrar interés por los acontecimientos políticos en el sur del Mediterráneo. Ahora que la política europea de vecindad celebra sus 10 años de funcionamiento, la UE recibe numerosas críticas por su dificultad para actuar de forma coordinada y coherente con respecto a su entorno más próximo, que sufre importantes trastornos sociopolíticos. Afkar/Ideas ha entrevistado al exdiplomático checo, que trabajó durante años para promover la idea europea en su país, y que quiere destacar las acciones de la UE desde 2011. La consolidación de las relaciones con los países del Sur y el fomento de la prosperidad, la estabilidad y la seguridad a un lado y otro del Mediterráneo es un trabajo largo y duro cuyos resultados no se pueden juzgar a corto plazo.

 

Afkar/Ideas: La UE se ha dotado de una nueva política exterior desde la creación del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) y del cargo de Alto Representante. Sin embargo, la crisis siria nos ha recordado sus dificultades para adoptar una postura firme y coherente especialmente en materia de política de asilo y de apoyo a la oposición, y han surgido otras divergencias en cuanto a Libia y Egipto. ¿Qué progresos faltan por hacer para que la UE refuerce su unidad diplomática?

Stefan Füle: La crisis siria es un inmenso desafío para el conjunto de la comunidad internacional. Esta crisis es un grandísimo drama humanitario cuya primera víctima es el pueblo sirio. Ahora bien, la UE (con sus Estados miembros) es desde el principio el primer donante internacional con cerca de 4.000 millones de euros destinados a prestar ayuda a las poblaciones desplazadas y refugiadas, así como a ayudar a los países vecinos, que se ven muy afectados por este drama. Esta crisis constituye además un enorme desafío político y en materia de seguridad para toda la comunidad internacional. Y en esto también, la UE lleva la iniciativa con la movilización de todos sus instrumentos diplomáticos, financieros y de gestión de crisis. Usted menciona las divergencias europeas sobre este tema, pero también en cuanto a Libia y Egipto. Sería más exacto hablar aquí otra vez de diferencias en los planteamientos, ya que, al fin y al cabo, todas las capitales europeas están de acuerdo en considerar que una verdadera transición política en Siria es absolutamente necesaria, del mismo modo que el final del régimen de Gadafi era inevitable; y todos los europeos están otra vez perfectamente unidos para ayudar a Egipto a llevar a buen término su transición democrática. Podemos discutir entre nosotros sobre los medios y las mejores vías, pero estamos todos de acuerdo en cuanto a los objetivos. Eso es la Europa diplomática: un magnífico crisol de tradiciones históricas y geográficas y, desde el Tratado de Lisboa y la creación del SEAE, con un instrumento especialmente adaptado a los desafíos del siglo XXI que no quita ningún papel a las diplomacias nacionales, sino que las ayuda a ser más operacionales y más eficaces cuando es preferible, e incluso a veces obligado, actuar juntos. Y, sinceramente, cuando miramos el camino recorrido desde las guerras en la ex Yugoslavia, nos tiene que llamar la atención los progresos realizados por la política exterior europea. La influencia adquirida sobre los grandes asuntos internacionales desde entonces no puede más que animarnos a proseguir nuestros esfuerzos comunes.

A/I: Los cambios políticos en el sur y  este del Mediterráneo han permitido a ciertos actores regionales consolidarse en la escena geopolítica (Turquía, Irán, Arabia Saudí, Catar) y poner de manifiesto los intereses rusos y americanos. En su opinión, ¿cree que la influencia de la UE en la región, se ha debilitado?

S.F.: Por definición, cada vuelco geopolítico provoca una nueva situación y un reposicionamiento de los actores implicados directamente o no. Una vez dicho esto, salvo Catar, los otros tres países de la región que menciona usted siempre han desempeñado un papel preponderante desde hace siglos en todo lo que ocurre en esta región. No hay nada de anormal en que sigan influyendo en el curso de los acontecimientos. En lo que respecta a Estados Unido y a Rusia, podemos hacer la misma observación, quizás con un matiz en cuanto a Rusia, cuyo reposicionamiento reciente en relación con algunos países árabes –pienso en Egipto, por ejemplo– es bastante interesante de seguir. Lo que hay que destacar, en cambio, es que la UE como tal se ha convertido en un actor de pleno derecho en esta parte del mundo. Es verdad que algunos países europeos han mantenido unas relaciones especiales con esta región a lo largo de la historia, pero la relación entre la UE y esta región es, al fin y al cabo, muy reciente; y, sin embargo, Europa ya cuenta en ella y es incluso imprescindible. Dicho de otra manera, es lo contrario de un debilitamiento o una pérdida de influencia. Y, efectivamente, el objetivo fundamental de la política de vecindad de la UE es reforzar esta influencia, contribuir a las reformas democráticas y al desarrollo de las economías, y fomentar, tanto en el sur como en el este de la UE, una dinámica virtuosa que ayude a construir un mundo mejor y a defender mejor nuestros intereses. Ni angelismo, ni mesianismo. Solo la continuación y el desarrollo del proyecto europeo original. Y creo que, en ese sentido, sigue ejerciendo su increíble poder de atracción sobre nuestros vecinos y nuestros socios.

A/I: Las relaciones bilaterales entre la UE y los países del sur permiten que algunos proyectos (Diálogo 5+5) avancen significativamente y ofrezcan nuevas oportunidades de cooperación comercial (negociaciones sobre el ALECA, Acuerdo de Libre Intercambio Completo y Profundo). En este nuevo contexto, ¿todavía tiene sentido el fomento de las relaciones multilaterales (UpM) en el Mediterráneo?

S.F.: Más que nunca. Los desafíos regionales requieren por definición unas soluciones regionales. Es la razón por la que me congratulo especialmente por el relanzamiento de la Unión por el Mediterráneo. Esta Unión representa un foro único que agrupa a todos los países europeos, así como a todos los países de la ribera sur. Desde 2012, cuando la UE y Jordania recuperaron su copresidencia, las reuniones de los altos funcionarios europeos, turcos, israelíes y árabes se han vuelto más regulares y permiten hablar juntos de los desafíos más apremiantes. Sin este diálogo, ¿cómo se puede esperar trabajar juntos en el Mediterráneo? La asociación del Banco Europeo de Inversiones, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, y otros socios como la Liga Árabe constituye una baza innegable. La reanudación de las reuniones ministeriales, cuatro ya desde otoño de 2013, sobre las Mujeres, los Transportes, la Energía y la Industria, respectivamente, así como una quinta sobre el Medio Ambiente prevista para el próximo mayo, ponen de manifiesto tanto esta nueva movilización en favor de la UpM como lo que se espera de ella. Porque la elección del relanzamiento también es la elección del pragmatismo: a los socios euromediterráneos no les queda otra alternativa que sentarse alrededor de la mesa y trabajar juntos para poner en marcha proyectos regionales y subregionales concretos, que generen empleo. Ese es el desafío: ¿cómo se pueden desarrollar las conexiones entre el Magreb y el Mashrek dejando de lado a Libia? ¿Tenemos los medios para no descuidar todas las posibilidades que ofrecerá una verdadera comunidad euromediterránea de la energía? ¿Podemos hablar de los desafíos medioambientales y climáticos si no es estando todos en la misma mesa? ¿Existe un mejor respaldo para las pymes y las pequeñas y medianas industrias de la cuenca mediterránea que el esfuerzo colectivo de 43 países?

A/I: La UE ha previsto desde 2011 mecanismos de ayuda económica y financiera condicionados a las reformas políticas. ¿Se han cumplido las previsiones de ayuda económica? ¿Cuáles son los resultados tangibles de esta incitación a la democratización?

S.F.: Como usted sabe, la UE apoya las reformas democráticas en la región principalmente mediante el Instrumento Europeo de Vecindad (IEV). La UE ha puesto a disposición de los países de la ribera sur del Mediterráneo más de 4.200 millones de euros solo para el periodo 2011-2013. Esta ayuda se ha proporcionado tanto a los gobiernos como a las sociedades civiles, haciendo hincapié naturalmente en las reformas, políticas y económicas. El programa SPRING, que se inició en 2011, ha permitido movilizar fondos suplementarios para los diferentes países del Magreb y del Mashrek que han llevado a cabo reformas políticas como la celebración de elecciones libres y democráticas, la finalización con éxito de los procesos de revisiones constitucionales, el desarrollo de la libertad de asociación, de expresión o de reunión, y la defensa de los derechos humanos. El programa SPRING ha movilizado 540 millones de euros suplementarios entre 2011 y 2013; Túnez ha sido el principal beneficiario, con 155 millones de euros. Es evidente que la democratización no es una cuestión de recursos financieros; cualquier proceso de transición democrática, sea cual sea el periodo o el lugar, es complejo y lleva tiempo, y nadie tiene una fórmula mágica para prevenir los problemas inevitables. Por consiguiente, los esfuerzos y los resultados deben medirse con el tiempo. Eso puede considerarse muy frustrante. Pero, personalmente, prefiero considerarlo como un aliciente para mostrar más paciencia y determinación con nuestros países vecinos y socios.

A/I: La UE también ha renovado su política de vecindad gracias a un programa de apoyo a la sociedad civil. ¿Esta cooperación con actores clave de la ‘Primavera Árabe’ renueva los circuitos de diálogo entre las dos riberas?

S.F.: Nadie duda de que la sociedad civil es una fuerza motriz del cambio y de la reforma. Es la razón por la cual la UE decidió en 2011 adoptar un nuevo planteamiento en su política de vecindad, haciendo hincapié en todos los beneficios mutuos que se pueden obtener con la nueva cooperación, y no solo con las nuevas autoridades elegidas, sino también con los ciudadanos y las organizaciones que puedan representarles. Cada voz, porque cuenta, tiene que poder expresarse. En este contexto, la UE ha creado un fondo para la sociedad civil, con una asignación de más de 11 millones de euros al año desde 2011, y ha financiado la creación de una Fundación Europea para la Democracia, que ya trabaja con las ONG del Sur y del Este. Con ocasión del Foro Anna Lindh que se organizó el año pasado en Marsella, llevamos a cabo una gran ronda de consultas con las diferentes organizaciones de las sociedades civiles euromediterráneas y analizamos con ellas las posibilidades de desarrollar unos mecanismos operativos de diálogo. Estas consultas han sido generalizadas a nivel geográfico y sectorial; los proyectos empiezan a adquirir forma. El pasado diciembre, en Malta, unos talleres inéditos permitieron reunir a universitarios, medios de comunicación, diplomáticos y responsables gubernamentales de las dos riberas; el compromiso de los diferentes actores quedo claro. Naturalmente, este trabajo se sigue realizando actualmente, y voy a organizar en Bruselas a finales de abril un nuevo foro en el que se presentarán los resultados de estas distintas consultas, así como los mecanismos de diálogo que haya que formalizar.

A/I: Estos actores de los países del Sur interesados por programas de ayuda financiados por la UE se enfrentan habitualmente a la complejidad administrativa y a unas dificultades de orden burocrático a la hora de organizar sus proyectos. ¿Ha logrado la UE  flexibilizar las condiciones de acceso a estos programas?

S.F.: La UE actúa en un marco jurídico muy regulado. Tiene que realizar una gestión de fondos irreprochable, tanto en el aspecto financiero como en el legal u operativo. Por tanto, tiene que encontrar un equilibrio entre la necesidad de administrar con eficiencia y prudencia el dinero del contribuyente europeo y la de hacer que el acceso a sus programas sea lo más flexible posible. A principios de este año se creó un grupo de trabajo interno de la Dirección General de Cooperación y Desarrollo con el objetivo de elaborar recomendaciones sobre la mejor manera de reducir la complejidad administrativa relacionada con la ayuda de la UE, velando al mismo tiempo por el cumplimiento de la normativa europea. La UE también ha apoyado la creación de la Fundación Europea para la Democracia. Esta fundación ofrece a los actores democráticos y políticos de la región de la vecindad un acceso más flexible y más rápido a la ayuda financiera. Al no ser una institución europea, la fundación no está sometida a la normativa financiera de la UE.