Autor: Evgeny Morozov
Editorial: Enclave de libros
Fecha: 2018
Páginas: 267
Lugar: Madrid

Feudalismo 2.0

JORGE TAMAMES
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Hace siete años, Evgeny Morozov era un cíbercenizo. Con una legión de analistas entusiasmados con el papel de Internet y las redes sociales durante la primavera árabe, el joven bielorruso, experto en tecnología y comunicación, señaló que estaban cayendo en una fantasía a-histórica. Aquellas protestas tenían poco que ver con la conectividad o el acceso a Twitter, de la misma forma en que hoy no atribuimos 1917 al teléfono ni las revoluciones de 1989 al auge de la televisión. Las herramientas digitales cobraron importancia en manos de jóvenes cansados de la precariedad, el autoritarismo y la corrupción. Pero al no ser más que herramientas, continuaba Morozov, muchos gobiernos dictatoriales se pondrían al día, embridando las redes y usándolas para controlar a sus ciudadanos.

En aquel momento, pocos hicieron caso de este discurso agorero. A día de hoy, no obstante, Morozov parece reivindicado. El desembarco de los bots rusos, las fake news, la posverdad y demás engendros online señala que las tecnologías digitales no son inherentemente bondadosas. Tras publicar The Net Delusion (2011) y To Save Everything, Click Here (2014), Morozov vuelve a la carga de la mano de Enclave de libros, librería madrileña de referencia en el ámbito de la teoría crítica. Capitalismo Big Tech: ¿Welfare o neofeudalismo digital?, publicado en febrero de 2018, consta de una compilación de sus columnas en The Guardian y dos ensayos inéditos. Con el autor –que reside temporalmente en Barcelona– convertido en un referente sobre nuevas tecnologías en España, el libro cobra especial interés.

Morozov continúa exigiendo rigor analítico. Su libro trata una multitud de cuestiones interrelacionadas: desde la naturaleza rentista de los “Cinco Grandes” –Alphabet (Google), Amazon, Microsoft, Apple y Facebook– que dominan el sector tecnológico, a los problemas que presenta la gestión de datos personales con ánimo de lucro, pasando por el desarrollo de la Inteligencia Artificial y los retos que plantea para los valores socialdemócratas que hasta hace poco regían las sociedades europeas. Con todo, su idea-fuerza es relativamente sencilla: para entender la pujanza de Silicon Valley y el crecimiento de la “economía colaborativa”, basta con examinar la economía real.

 

 

A partir de esta noción, Morozov realiza un análisis excelente de los problemas estructurales del sector. Contra el entusiasmo adanista que generan compañías como Uber o Airbnb, señala que este tipo de iniciativas son inmediatamente engullidas por la lógica del capitalismo neoliberal y refuerzan los problemas que prometen transformar. Uber, al fin y al cabo, no es más que una plataforma de arbitraje laboral, que mantiene sus precios artificialmente bajos porque pretende adquirir una cuota dominante del mercado de transporte urbano. El derroche lo pagan fondos del Golfo o bancos de inversión como Goldman Sachs, que no encajan precisamente en el perfil de antisistemas altruistas. En cuanto a Airbnb, los estragos que causa en el mercado de alquileres y su competencia desleal al sector hostelero son de sobra conocidos.

Por encima de todo, se trata de plataformas que mercantilizan más y más aspectos de nuestras vidas. Las compañías que los gestionan se lucran gracias a la obtención de nuestros datos personales, pero en ningún momento comparten sus ganancias con el público. Al contrario, guardan gran parte de sus beneficios en paraísos fiscales, contribuyendo a la infrafinanciación de los Estados del bienestar y ofreciendo después sus servicios para asistirlos con parches tecnológicos (por lo que, naturalmente, esperan ser generosamente recompensados).

Aunque la tecnología se presente como una solución potencial a la precariedad extendida después de la crisis financiera de 2008, el resultado final es otro de esos procesos –como la burbuja de endeudamiento privado en los años noventa– que el economista político Wolfgang Streeck denomina “comprar tiempo”. Lejos de acercarnos a una utopía poscapitalista, nos encontraríamos más cerca de un sistema feudal, donde las grandes compañías tecnológicas controlan cada vez más facetas de nuestra existencia y marcan los términos en que las abordamos.

Morozov también desarrolla un penetrante análisis geopolítico. En Estados Unidos los intentos de regular el sector tecnológico son mínimos; la idea de una red abierta y transparente se usa para disimular el dominio de este país sobre la infraestructura física y digital de Internet. Potencias como China y Rusia pretenden desarrollar soberanía tecnológica para evitar quedar en desventaja, pero no otorgan a estos proyectos un carácter emancipatorio ni cuestionan la dinámica híper-capitalista de Silicon Valley. La Unión Europea ha obstaculizado el crecimiento de monopolios como Google, pero sigue pecando de una timidez que ha hecho de ella un jugador marginal. Morozov señala que tiene poco sentido fragmentar un mercado como el de los datos, que ganan valor precisamente a través de su concentración y agregación. Se inclina por soluciones más ambiciosas: su gestión pública, tratándolos como una infraestructura o bien comunes.

Además de ser un polemista fascinante, Morozov continúa fiel a su mal genio, soltando collejas verbales a toda clase de gurús tecnológicos. Destaca un artículo en el que critica la hipocresía de supuestos apóstoles de la transparencia como Mark Zuckerberg, que ha comprado las residencias que rodean su casa para que nadie pueda observarle. También es recomendable su crítica al escándalo de las fake news, que considera inflado por medios de comunicación y políticos poco interesados en debatir los problemas reales que afrontan sus sociedades. Estamos, en definitiva, ante un libro útil e importante.