después del muro
Autor: Kristina Spohr
Editorial: Taurus
Fecha: 2021
Lugar: Madrid

Funcionó la cooperación, falló la previsión

‘Después del Muro’, de Kristina Spohr, cuenta de forma brillante y con documentación inédita, el proceso que llevó, entre 1989 y 1992, al derrumbe del comunismo y el nacimiento de una nueva era política.
Ramón González Férriz
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El 7 de diciembre de 1988, la cartelera electrónica de Times Square, en Nueva York, el mayor centro financiero del mundo, decía “Bienvenido, secretario general Gorbachov”. El presidente ruso se encontraba de visita oficial en Estados Unidos y había dado un discurso memorable en Naciones Unidas. Mientras recorría Broadway, hizo parar la limusina en la que viajaba junto a su esposa Raísa frente al teatro donde todas las noches se representaba el musical Cats. Allí, bajo un neón de Coca-Cola, ambos, sonrientes, se hicieron fotos; él posó, además, con el puño levantado. Estaba encantado con la recepción que estaba teniendo en la nación capitalista por definición y, todavía, el mayor enemigo de su país, la Unión Soviética. Pero esperaba que eso dejase de ser así. En su discurso ante la ONU había afirmado que quería algo parecido al fin de la guerra fría, que quería una rivalidad pacífica.

Gorbachov era, al mismo tiempo, un comunista anómalo y un producto del Partido Comunista de la Unión Soviética. Su familia había sufrido los estragos del estalinismo, la Gran Purga y la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial; después, había ascendido por la nomenklatura del partido con una sucesión de cargos ortodoxa, aunque a una velocidad mayor de la habitual: primero fue jefe regional del partido, luego ministro de Agricultura y miembro del Politburó, apadrinado por el jefe del KGB, Yuri Andrópov, que más tarde sería secretario general. Pero Gorbachov sabía lo “fallida que había sido la experiencia soviética”, dice Kristina Spohr en Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989. Paradójicamente, por eso Gorbachov mencionaba siempre a Lenin. Pensaba que Stalin y Brézhnev habían pervertido el sistema socialista y que era necesario volver a las raíces leninistas, a su capacidad de innovar, reestructurar y revolucionar. Por eso había deseado el cargo de secretario general; para reformar el sistema. Como es sabido, lo que hizo fue mucho más allá. Pero no era lo que tenía previsto.

Esa es la historia principal de Después del Muro, un libro monumental y brillante que cuenta, con documentación inédita, el proceso que llevó, entre 1989 y 1992, al derrumbe del comunismo y el nacimiento de una nueva era política. Al frente de ese proceso estuvieron, además de Gorbachov, George Bush, Margaret Thatcher, Helmut Kohl y François Mitterrand, los protagonistas de este libro. La química entre ellos, sus relaciones, confianzas y recelos personales serían cruciales en el intento de guiar los acontecimientos sin que terminaran en una guerra, y sus encuentros y conversaciones son el centro de esta historia. Pero también lo es la gente que, con una asombrosa valentía, llenó las calles de Alemania Oriental, Checoslovaquia, Polonia y el resto de los países donde empezaba a percibirse que el comunismo no solo no era una necesidad histórica, sino que era reversible. Si durante décadas, numerosos intelectuales y economistas habían intentado planificar la transición del capitalismo al socialismo, ahora, inesperadamente, había que hacer lo contrario.

Spohr –especialista en la política de la Alemania Federal de la segunda mitad del siglo XX– explica con extraordinario detalle el proceso de reunificación alemana, la primera consecuencia directa de la caída del Muro de Berlín, y el inicio de la cascada de acontecimientos políticos que esta suscitó: desde el avance de la consolidación de lo que años más tarde sería la Unión Europea al renacimiento de la hostilidad británica hacia la “gran Alemania”, que acabaría llevando al Brexit. Aunque la mayoría de los líderes mencionados eran conservadores, muchas veces sus ideas resultaron contradictorias y la toma de decisiones y el sistema de negociación fueron caóticos e improvisados. Pero Spohr pone énfasis en dos ideas que fueron trascendentales para lo que sucedería después. La primera, que los principales líderes de esta historia decidieron cooperar. Y la segunda, que todos los dirigentes occidentales dieron por sentado que la caída del comunismo implicaba inequívocamente una ratificación del sistema capitalista. Por eso quisieron facilitar ante todo que los países del Este europeo adoptaran y desarrollaran no solo un sistema político de partidos liberales, sino el libre mercado. Tan convencidos estaban de lo que Francis Fukuyama llamó “la universalización de la democracia liberal occidental como forma definitiva de gobierno humano” que no deshicieron las instituciones que habían erigido en la posguerra con la mente puesta en la guerra fría. “La arquitectura europea posterior a la caída del Muro incorporó los atributos centrales del orden internacional liberal de posguerra”, dice Spohr. Su resolución fue de carácter “eminentemente conservador”: “los atractivos de un Viejo Continente reunificado bajo la tutela de una UE cada vez más estrecha y protegido por una OTAN reinventada eran demasiado tentadores”.

El objetivo principal de evitar una gran guerra que hiciera de “parturienta” del nuevo orden se logró, con la salvedad de la sangrienta desmembración de Yugoslavia, que se vio como un gran fracaso europeo. Si durante el proceso de descomposición de la URSS se creyó que Alemania podía ser el contrapunto en Europa al poder estadounidense, la guerra de los Balcanes demostró los límites de su carácter no militar y eminentemente civil. Si se pensó que Japón podía ser su contrapeso en Asia, pronto quedó claro, al manifestar este su renuencia a participar en asuntos internacionales como la primera guerra de Irak, que no sería así. “‘Unipolaridad’ demostró ser el mejor término, o el menos inadecuado” para, a falta de una palabra mejor, definir el periodo que se abrió tras el fin de la guerra fría, dice Spohr. Y si hoy podemos volver a hablar de “bipolaridad” –a falta de saber qué papel quiere representar la UE en el mundo actual– es, en parte, debido a la decisión de los líderes comunistas chinos de reprimir las protestas de 1989 e imponer, mediante la violencia, la continuación de su régimen, y de actualizar su comunismo de una manera muy distinta a la fallida de Gorbachov.

Más allá de su maestría narrativa y la autoridad con que fija el relato político de esos tres años claves para el mundo, Después del Muro contiene una gran lección para el futuro: aunque los hombres y la mujer que intentaron encauzar la política global tras la caída del comunismo fueron brillantes y supieron cooperar, “ninguno de ellos había planeado, ni siquiera previsto” los resultados inmediatos de sus acciones, por no hablar de su fruto 30 años después. “Todos improvisaron en respuesta a los brotes de voluntad popular mientras trataban de no perder de vista sus respectivas agendas, intentaban canalizar la agitación, forjaban acuerdos para restablecer la estabilidad, ayudaban a consolidar nuevas democracias y adaptaban viejas instituciones o diseñaban otras nuevas”. Así es como suele hacerse la política. Y en aquel momento, esta dio una gran lección de liderazgo. Las consecuencias del convencimiento de que la Europa del Este salida del comunismo podía adoptar el liberalismo democrático y el libre mercado simplemente copiando las instituciones y las mentalidades de Occidente, son hoy más cuestionables. Pero Gorbachov, parado bajo un luminoso cartel de Coca-Cola en el tramo de los teatros de Broadway no podía, por supuesto, ni imaginar cómo terminaría el proceso que en ese momento estaba iniciando.