La última prueba de vitalidad de Homero ha sido La Odisea de Christopher Nolan. Todo opinador en foros nacionales e internacionales se ha sentido irresistiblemente interpelado para emitir un juicio sobre la película, y me incluyo encantado. Brotan las reseñas como manantiales en una conversación pública habitualmente pedregosa y áspera, cuya elevación, aun momentánea, es muy de agradecer. Algunas son de y para expertos en cine, un rango que no se alcanza en tardes ociosas sino con estudio esforzado, y quedan muy lejos de la pretensión de estos párrafos. Otras son posicionamientos personales, ideológicos o estéticos, que usan la película y (lesa majestad) el poema como pretexto para la autopromoción. Queden lejos también. Y otras, las más, son comparaciones con lo que cada cual querría haber visto a partir de la propia lectura de la Odisea, y con frecuencia con el acento puesto (inevitable el narcisismo de la pequeña diferencia en el crítico aficionado, de cine o de cualquier cosa) en lo que le falta: una Circe más joven, un Ulises más locuaz, un Mediterráneo más luminoso…
Es un ejercicio legítimo, aunque trivial por subjetivo, y no hay por qué rehuirlo: a mí me gustan mucho Penélope y su escenografía, Eumeo, el caballo de Troya, las aventuras de los lestrigones y la de Escila y Caribdis, no tanto la de un Cíclope sin vino, y echo de menos el episodio de Eolo y a Aquiles en el Hades. Veo muy conseguidos el tono épico, el relato odiseico en recuerdos que van aflorando, la expedición paralela de Telémaco y la ambigüedad sobre cuándo Penélope reconoce al mendigo, y me faltan la curiosidad alegre y la inventiva fantasiosa que caracterizan al Ulises homérico. Pero hay ya de sobra comparaciones con la Odisea ideal de cada uno.
«La tesis del trauma…


