POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 232

Hacia una revolución tecnológica progresista

El diagnóstico de esta obra sobre tecnología y poder es convincente. Demasiado para dejárselo en exclusiva a sus autores.
Ángel Melguizo
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El diagnóstico de La república tecnológica sobre tecnología, poder y propósito que hoy articula a la derecha vinculada al complejo militar-tecnológico estadounidense es convincente. Es necesaria la colaboración público-privada, la recuperación de grandes objetivos colectivos, de una mentalidad innovadora y experimental en las instituciones, y la interdisciplinariedad. Y se ha de criticar la innovación consumista y el poder de las grandes tecnológicas. No obstante, sobre esta base, cabe una visión alternativa.



La república tecnológica
Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska
Tenos, 2025
320 págs.


En primer lugar, la llamada a una mayor colaboración entre el Estado y el sector privado es pertinente. Sin embargo, una izquierda coherente puede reconfigurar esta alianza bajo principios de interés público, rendición de cuentas y gobernanza democrática, evitando su captura por intereses corporativos.

En segundo lugar, el énfasis en recuperar grandes objetivos colectivos en salud, educación o defensa es válido: se está perdiendo el propósito compartido en las sociedades occidentales. Frente a una innovación centrada en lo inmediato (plataformas de reparto, redes sociales, y ocio) debemos preguntarnos: ¿estamos realmente mejor? Aquí, la izquierda puede reconstruir un horizonte común, ampliándolo además hacia la mejora de la calidad de vida, la creación de oportunidades y la transición ecológica.

El capítulo sobre la “mentalidad ingenieril” aporta una lógica interesante: la bondad de la ausencia de guion, la experimentación y desobediencia constructiva y la ambición de pasar de 0 a 1 (es decir, lo que nunca se ha hecho antes), empleando el enfoque de Peter Thiel, otro de los ideólogos de la derecha tecnológica. Este enfoque puede trasladarse a la acción pública: diseñar instituciones que innoven, asuman riesgos y aspiren a avances exponenciales.

También el elogio de la polinización cruzada entre disciplinas y la ruptura de fronteras científicas encaja con una tradición progresista de conocimiento abierto e interdisciplinar. El zorro de Isaiah Berlin que se mueve en las intersecciones de disciplinas, ve lo menos evidente y combina marcos lógicos, es probablemente más resiliente ante el reto de la inteligencia artificial (IA) generativa que el erizo.

 

«Nada impide orientar la revolución tecnológica hacia el bien común»

 

De hecho, es en el análisis del potencial de la IA donde la tensión aumenta. Frente al foco en fortalecer la defensa y desarrollar armamento, una izquierda con este diagnóstico debería priorizar marcos multilaterales, ética y límites éticos, como ha impulsado la UNESCO en los últimos años.

Por último, el elemento central de contraste es la cuestión de la identidad y los valores. Karp y Zamiska advierten contra su abandono por parte de la izquierda. Efectivamente, creo que renunciar a los valores (incluidos los cristianos) ha sido un error. Sin embargo, la reconstrucción de identidad no debería derivar en exclusión. Para los autores, figuras como Edward Said que cuestionan la centralidad moral y cultural de Occidente y reivindican el valor de Oriente se convierten en “enemigo” intelectual, porque desestabilizan el relato que justifica un proyecto tecnológico-militar centrado en Occidente. Ahí se abre el espacio para una izquierda alternativa: asumir el diagnóstico sobre poder, tecnología y conflicto sin imponer jerarquías. No hay que elegir (al menos no siempre) entre raíces occidentales y orientales, sino integrar ambas dimensiones en un proyecto político plural.

En conjunto, coincidiendo en el diagnóstico crítico sobre un Silicon Valley centrado en el entretenimiento y el consumo y en la necesidad de recuperar propósitos colectivos más ambiciosos, es posible separar diagnóstico y proyecto. Aunque Karp y Zamiska planteen que tecnología, poder y defensa son inseparables por diseño (en línea con su trabajo en Palantir), nada impide partir de ese mismo diagnóstico y orientar la revolución tecnológica hacia el bien común en educación, salud o medioambiente, integrando una visión no excluyente que combine las raíces occidentales con la riqueza intelectual y cultural de Oriente.