En 1816, la erupción del volcán Tambora en la isla indonesia de Sumbawa –que alcanzó siete grados del índice de explosividad volcánica, una escala de ocho grados– produjo un “pequeño invierno” planetario por el enorme volumen de cenizas que la explosión arrojó a la atmósfera. En la estratosfera, el dióxido de azufre proveniente de la erupción se convirtió en un velo de polvo de ácido sulfúrico en aerosol que bloqueó los rayos solares, al punto que en el verano de aquel año las temperaturas cayeron tres grados por debajo de lo normal en Europa y América del Norte. En septiembre, en Inglaterra el cielo parecía arder todas las noches.
Desde entonces, futurólogos y escritores de ciencia-ficción imaginan escenarios hipotéticos en los que la humanidad podría alterar, con medios artificiales, el clima terrestre. En 1965, un grupo de científicos estadounidenses propuso al presidente Lyndon B. Jonhson explorar las posibilidades científicas de…

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