Tras el lanzamiento el 28 de febrero de las operaciones Furia Épica y Rugido de León, la respuesta iraní –Promesa Verdadera IV– ha desbaratado los planes iniciales y ha dejado al descubierto el optimismo con el que Donald Trump y su entorno habían planteado la ofensiva.
Washington partía de la premisa de que bastarían un par de golpes contundentes –incluida la eliminación de su líder– contra un régimen que consideraba cercano al colapso para conseguir una rendición incondicional. Se pretendía, de ese modo, desactivar a Irán como amenaza –sobre todo para Israel– y dejarlo en manos de un liderazgo más manejable, cumpliendo así el sueño de Benjamin Netanyahu de reconfigurar el mapa regional con Israel como actor dominante.
Tanto Netanyahu como Trump contaban con que la superioridad militar desplegada sería suficiente para resolver la operación en cuestión de días. Y, por si eso fallaba, también habían apostado por estimular el descontento interno, alentando a los iraníes –hartos de soportar un gobierno corrupto, ineficaz y represivo– para que se lanzaran a las calles, al tiempo que se reforzaba a milicias kurdas y baluchíes. El objetivo era generar un escenario de inestabilidad interna que debilitara al régimen durante un…

Irán apuesta por el desgaste


