POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 217

Juro solemnemente ser ‘semi-leal’ a la Constitución

El uso espurio que algunos políticos, democráticos solamente en apariencia, hacen de las instituciones acaba imponiendo dictaduras por la puerta de atrás.
Alfonso Goizueta
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El 6 de enero de 2021 Estados Unidos afrontó uno de los mayores desafíos de su historia: el asalto al Capitolio por parte de los seguidores del presidente Donald Trump. A pesar de aquel momento catártico, el proceso de degradación democrática de la República americana persiste de acuerdo a Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, acercándose ya a un punto de no retorno.

 

Tyranny of the Minority: How to Reverse an Authoritarian Turn and Forge a Democracy for All
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt
Viking, NY, 2023
388 págs.

 

Más allá del análisis casuístico del camino hasta y desde el 6 de enero, los autores se centran en proporcionar una serie de recomendaciones para conseguir que Estados Unidos supere esta crisis (sistémica, argumentan) y transite hacia una “democracia multirracial” –término ciertamente abstracto y que no exploran en excesiva profundidad, pero que vendría a significar el cumplimiento fáctico de los Derechos Civiles, que, según los autores han quedado en papel mojado–.

El verdadero interés de su ensayo reside, sin embargo, en los capítulos que trascienden el panorama americano y que analizan el declive de las democracias liberales en su conjunto. Los autores ponen nombre a fenómenos que nos son familiares pero cuya presencia recurrente (incluso hastiosa) en los medios de comunicación tiende a privarlos de sentido semántico e ideático –y a nosotros, ciudadanos, de su comprensión–.

En este sentido es particularmente interesante el análisis que hacen del “demócrata semi-leal”, una figura central en las democracias degradadas. Levitsky y Ziblatt definen al semi-leal como un “político respetable … con un comportamiento aparentemente benigno” que invoca principios de bondad indiscutible tales como la seguridad, la lucha contra la corrupción, la igualdad, la eficacia de la justicia…, pero que en realidad “son carreristas ambiciosos porfiando por mantener el cargo u obtener uno superior. No se oponen por principio a la democracia sino que son indiferentes a ella”. Precisamente porque son indiferentes y no tienen una auténtica convicción democrática, su lealtad a la misma está sujeta a sus intereses personales.

Para perpetuarse en el poder, estos líderes no se valen de métodos violentos (aunque en muchos casos alientan o apoyan tácitamente la violencia que les es conveniente) sino políticos y jurídicos: leyes habilitantes, referéndums, comisiones de investigación…; actos que tienden, además, a vender al público como respetuosos para con el ordenamiento jurídico existente. “Y como están expresados con el lenguaje de la legalidad, parece que son legales”, escriben. “De esta forma, la crítica a las medidas del gobierno se puede achacar fácilmente al alarmismo y a los berrinches de la oposición”. Se citan ejemplos arquetípicos de democracias devenidas en dictadura –Adolf Hitler, Vladímir Putin– pero también otros no tan obvios y más abstractos, como el Estados Unidos de 1950 con Joseph McCarthy y su caza de brujas, o la Francia de entreguerras que luego apoyó el régimen colaboracionista de Vichy, con los que Levitsky y Ziblatt muestran que la decadencia de la democracia, aun vioconsolidada y en el seno geográfico del Occidente político, no es algo inédito.

 

«Para perpetuarse, los ‘semi-leales’ no se valen de métodos violentos sino políticos y jurídicos»

 

Tyranny of the Minority sobre todo alerta contra la noción de infalibilidad de las constituciones democráticas –una creencia en la que solemos refugiarnos quizá por miedo, quizá por falta de responsabilidad ciudadana–. Gran parte del sueño liberal en el que vive Occidente está basado en un dogmatismo institucional, una fe carente de dudas respecto a la fortaleza de las instituciones y sus regímenes. Pero no hay carta magna que no adolezca de grietas a través de las cuales estos demócratas “semi-leales” logren introducir sus caballos de Troya. No lo hacen de un día para otro, pero siempre hay una fecha en la que de pronto ya es demasiado tarde. Las democracias, recuerdan acertadamente los autores, no tienen fuerza por sí solas; para sobrevivir necesitan del apoyo de sus demócratas –de los verdaderos, no de los que se han vestido con sus pieles y su semántica pero no con su espíritu–. •