La cultura y la otra Guerra Fría
Hay dos formas de hacer historia y solo una merece la pena. La primera fija algunos hechos del presente para que la posteridad se olvide de todos los demás. La segunda trata de comprender el presente volviendo sobre el pasado. El último libro de Ramón González Férriz forma parte de la excelsa lista de los segundos. Es un ensayo que nos dice mucho de nuestros días, de una división de bloques en la que, de nuevo, surge la duda acerca de si el eje liberal, la defensa del Estado de Derecho, el pluralismo, la división de poderes y la justicia social, será suficientemente eficaz para responder con contundencia al renovado embate de las posiciones autoritarias.
Y nos sumerge de lleno, otra vez, en un problema que surgió en el siglo XIX, en el contexto de los nacionalismos, cuando la Kulturkampf alemana se desplegó con todos sus batallones para perfilar con nitidez los límites de una nación amorfa. Desde entonces, la tensión entre liberalismo y autoritarismo, y el problema de la cultura politizada que acompaña a todos los nacionalismos, marcan la tensión dialéctica de las formas políticas occidentales.
González Férriz nos cuenta lo que pasó en la Guerra Fría, cuando la cultura se convirtió en un campo de batalla, y nos reubica ante el problema irresuelto de la libertad en la política y en el arte.
Cuando hoy nos lamentamos de la estrategia híbrida, de las fake news, y de las campañas de desestabilización que sufren las democracias liberales, parece que olvidamos que no hace mucho tiempo un libro podía poner en jaque a un régimen, y un cuadro generar más adhesiones que una plaza repleta de manifestantes. Por ejemplo, como recoge González Férriz, uno de los jefes de programas encubiertos de la CIA dijo que “los libros son distintos de los demás medios de propaganda. Principalmente, porque un único libro puede cambiar significativamente la actitud y las acciones del lector en una medida que ningún otro medio puede igualar, por lo que hay que hacer de los libros el arma más importante de la estrategia propagandística de largo alcance”.
Y así fue. Autores como los premiados con el Nobel, Boris Pasternak o Aleksandr Solzhenitsyn bien podrían haber sido los protagonistas de sendas películas de acción y espionaje. La historia de sus manuscritos, y cómo pasaron al bloque occidental, alcanza unos niveles de tensión, en el relato de González Férriz, que nada tienen que envidiar a las crisis más conocidas del contexto de la Guerra Fría.
«Nos olvidamos de que hace poco un libro ponía en jaque a un régimen y un cuadro generaba más adhesiones que miles de manifestantes»
Lo mismo sucede con personajes que han pasado a formar parte de nuestro acervo cultural y, en el caso de varias generaciones, entre ellas la mía, son los iconos de un mundo que está cambiando. James Bond, el Agente 007, era una de las lecturas predilectas de John F. Kennedy. Influyó en una mentalidad, pero además ayudó a sintonizar la frecuencia de una época que dejaba atrás el blanco y negro y se hacía pop. El agente secreto encarnaba el espíritu de una época que se quería definir a sí misma como abierta, popular, juvenil e informal. Y obviamente quería hacerlo contra otra cultura a la que se quería señalar como cerrada, iliberal, intervenida y oscura.
En ese mismo sentido se puede entender la gira que organizó el presidente Dwight Eisenhower con músicos de jazz como Louis Armstrong, Dizzy Gillespie, Duke Ellington o Sarah Vaughan por países de Oriente Próximo, Asia y algunos del bloque comunista. Eran el sonido radiado desde las emisoras occidentales para propagar las ondas de libertad al otro lado del muro.
Son solo ejemplos del relato de una época magistralmente narrada por Ramón González Férriz, que nos dejan el regusto agradable de acabar con la certeza de que la cultura que nace de la libertad es mucho más atractiva que la que se crea en las fábricas de ideología.



