La Cumbre por la Paz en Oriente Medio que tuvo lugar el 13 de octubre de 2025 en el enclave egipcio de Sharm el–Sheij pone fin a la guerra entre Israel y Hamás. El acuerdo ha sido posible por la férrea voluntad política de Donald Trump, que se ha implicado a fondo para conseguir el cese de los bombardeos israelíes, la liberación de los rehenes y la entrada de ayuda humanitaria en Gaza. El presidente de Estados Unidos ha empujado tanto a su gran aliado Israel como a otros países de Oriente Medio a implicarse para alcanzar un acuerdo. Resurge así la acción diplomática en Oriente Medio que muchos daban por acabada tras el bombardeo israelí a Catar del 9 de septiembre. No obstante, no hay que confundir este alto el fuego con la resolución del conflicto israelo–palestino. El logro es indiscutible, pero la paz requerirá mantener la implicación y buscar una solución justa amparada por la comunidad internacional.
Apuesta por el ‘smart power’
Estados Unidos parece haber adoptado el smart power como estrategia para pacificar la región y conseguir un nuevo orden regional. Tras haber dado carta blanca a las operaciones militares israelíes en cinco países de la región, que han debilitado militar y políticamente a sus acérrimos enemigos, Trump ha decidido parar el juego y forzar la negociación de alto el fuego. No es fácil saber si el tiempo de negociar se ha impuesto por la repercusión internacional del ataque a Catar o si ha pesado más en su ánimo las peticiones de las familias de los rehenes israelíes junto con la opinión pública de Estados Unidos. Las familias pedían a Trump que parara la guerra y consiguiera la liberación de los rehenes expresando un sentir mayoritario en la sociedad israelí. A ellos quizás se ha sumado el rechazo a su gestión de la guerra entre Israel y Hamás por el 53% los votantes estadounidenses y la creciente impopularidad de Israel por sus acciones bélicas en Gaza calificadas como genocidio por el 50% de los mismos, según las encuestas de la Universidad de Quinnipiac.
A finales de septiembre se celebró la 80 Asamblea General de la ONU y en ella la inmensa mayoría de los países mostró su repulsa por las masacres de civiles en Gaza y 155 países reconocieron al Estado palestino. La celebración de la asamblea propició que Trump convocara una reunión con altos representantes de países musulmanes: Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Indonesia, Jordania, Pakistán y Turquía. En dicha reunión presentó su plan para acabar con la guerra en Gaza. Las discusiones que mantuvo con los participantes, que Recep Tayyip Erdogan calificó de fructíferas, contribuyeron a determinar algunas líneas rojas para alcanzar un acuerdo como el compromiso de impedir el desplazamiento forzoso de los habitantes de Gaza y la retirada israelí del territorio. Además del cese inmediato de los ataques israelíes y la apertura de la Franja para poner fin a la catástrofe humanitaria.
«Las familias pedían a Trump que parara la guerra y consiguiera la liberación de los rehenes, un sentir mayoritario en la sociedad israelí»
Unos días después, Trump hizo público su plan de 21 puntos para acabar con la guerra y dio un ultimátum a las partes para que lo aceptaran de inmediato. El 9 de octubre, las partes aceptaron, aunque las negociaciones no cesaron, y el 13 de octubre Trump se desplazó a Israel y después a Egipto. Ese día mostró al mundo su poder para conminar a todas las partes a acabar con el conflicto. Tras su baño de masas en el parlamento israelí voló a Sharm el–Sheij y allí asistió a la Cumbre por la Paz en Oriente Medio donde firmó junto con Catar, Egipto y Turquía, el Plan de Paz para Gaza.
En su versión más amable, un Trump pletórico anunció el fin de la guerra y el comienzo inmediato de la primera fase del plan. Su implicación personal, como reclamaban muchos países, ha sido condición sine qua non para sentar, aunque en habitaciones separadas, a las partes enfrentadas y alcanzar un acuerdo por frágil que sea. El ingente esfuerzo diplomático por parte de los representantes de Estados Unidos, con Steven Witkoff a la cabeza, y de Egipto, Catar y Turquía para la negociación con Hamás y defensa de los intereses del pueblo palestino, es digno de elogio. La experiencia de otros acuerdos fracasados y la conciencia de una situación extremadamente complicada, con muchos enemigos de la paz en ambos bandos, tiñe de escepticismo este acuerdo. De momento, ha rescatado a los 20 rehenes israelíes supervivientes y ha salvado la vida a miles de gazatíes, solo por eso se debe celebrar el acuerdo.
Pragmatismo de los países árabes
La reacción de Catar tras el bombardeo israelí, que causó siete muertos, uno de ellos un oficial catarí, y que no tiene precedentes en la diplomacia internacional, no solo fue de condena total, sino que su primer ministro Mohammed bin Abdulrahman al–Thani lo calificó de “traición”. Palabras mayores en un país que alberga la mayor base militar de Estados Unidos en la región. Esta base no solo ha servido de apoyo a operaciones israelíes en otros países, sino que recibió varios impactos de misiles iraníes en la denominada guerra de los doce días del pasado mes de junio.
Todos los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) expresaron su solidaridad con Catar. El príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, aseguró que su país apoyaría cualquier medida que tomara Catar y pondría a su disposición todas sus capacidades. Hay que recordar que una de las áreas de cooperación del CCG es la seguridad y la defensa. La Fuerza “Peninsula Shield” creada en 1984 es una organización militar de los seis países del Golfo cuyo mando se encuentra en Arabia Saudí. Esta fue desplegada en 2011 a instancias de Baréin cuando vio peligrar su estabilidad por revueltas internas, pero nunca por el ataque de un tercero. El bombardeo israelí mostró una vulnerabilidad de la defensa de los países del CCG centrada en la adquisición de tecnología militar y en los acuerdos bilaterales con Estados Unidos que garantizan su protección. Algunos expertos señalaban que el CCG debería diseñar una protección común de defensa aérea y diversificar sus suministros para garantizar su seguridad frente a la eventualidad de un futuro ataque de Israel.
Las reacciones en el CCG también afectaron a la continuidad de los acuerdos de Abraham, tan importantes para la Administración Trump y que son la base para el nuevo orden que Estados Unidos quiere instaurar en la región. Aleja la posibilidad de que Arabia Saudí y Catar se sumen a los mismos, a pesar de la disposición de ambos, y congela la creciente cooperación con Israel de estos y otros países árabes en los últimos años. En el ámbito económico, por primera vez, algunas voces en el Golfo señalaban la posibilidad de utilizar los fondos soberanos de la región para imponer limitaciones comerciales a Israel, vetando inversiones en compañías con participación significativa en empresas de aquel país. Asimismo, algunos cuestionaban las inversiones multimillonarias en Estados Unidos comprometidas en el viaje oficial de Trump a tres países del Golfo en mayo pasado.
«Hay quien cree que el CCG debe diseñar una protección común de defensa aérea frente a la eventualidad de un futuro ataque de Israel»
A pesar de sus declaraciones tras el ataque, los países del CCG continuaron apelando a las instituciones multilaterales y al derecho internacional para solucionar la crisis de Gaza y conseguir la estabilidad en la región por la vía diplomática. Aunque Catar mostró sus dudas acerca de la continuación de su labor de mediación, el presidente Trump movió ficha con dos gestos de gran simbolismo. El primero fue llamar a Benjamín Netanyahu a la Casa Blanca y tenderle el teléfono para que pidiera disculpas al primer ministro de Catar. Una llamada televisada al estilo Trump con gran repercusión en los medios árabes, en la que se disculpó por la violación del territorio catarí y la muerte de uno de sus súbditos. Asimismo, se comprometió a no volver a atacar a Catar. El segundo fue la firma de una orden ejecutiva sobre la seguridad de Catar en la que Estados Unidos se compromete a defender a este país con todos los medios legales, incluidos los militares, en caso de que su territorio, soberanía o infraestructuras críticas fueran atacadas. Es el mayor compromiso de Estados Unidos con un país no miembro de la OTAN y un reconocimiento de Catar como aliado preferencial que no tiene parangón en ningún otro país árabe.
Tras estas iniciativas, Catar retomó una labor de mediación que ha conseguido liberar a más rehenes israelíes que las operaciones militares de Israel. La proximidad de Catar con representantes de grupos islamistas ha sido criticada en muchas ocasiones, aunque se reconoce su efectividad. La negociación de la breve tregua conseguida por Catar y Egipto en noviembre de 2023 permitió que Hamás liberara a los primeros 105 rehenes, la mayoría mujeres y niños, a cambio de la libertad de 240 presos palestinos. Ambos países mantienen unas sólidas relaciones con Estados Unidos y salen reforzados como interlocutores para la pacificación de Oriente Medio. En el caso de Egipto, su papel como actor regional se intensifica, y su capacidad de interlocución con Israel ha sido y será esencial para llegar acuerdos. Israel reconoce a este país como su mayor aliado árabe y un futuro en paz permitirá una mayor cooperación en todos los ámbitos. En cuanto a Jordania, país de acogida de millones de palestinos y aliado de Estados Unidos, también mantiene relaciones con Israel. Es importante señalar que la negativa de Jordania y Egipto a acoger a los expulsados de Gaza, como pretendían los planes israelíes, ha contribuido a buscar soluciones alternativas.
¿Nueva era de cooperación?
Catar desplegó su artillería diplomática tras el ataque israelí y convocó de inmediato una reunión conjunta de la Liga Árabe y de la Organización para la Cooperación Islámica (OIC, por sus siglas en inglés) en Doha el 14 de septiembre. La declaración final de la reunión expresa la solidaridad de 56 países con Catar y el llamamiento a la comunidad internacional para hacer cumplir el derecho internacional y las resoluciones de la ONU y acabar con el “exterminio” en Gaza y los asentamientos ilegales en Cisjordania. Los países musulmanes también reiteran su apoyo a la solución de dos Estados.
Por su parte, Arabia Saudí firmó el 18 de septiembre el Acuerdo de Defensa Mutua Estratégica con Pakistán. La cooperación bilateral en defensa y otras materias lleva desarrollándose durante décadas. Ya en los años sesenta del siglo pasado, las fuerzas paquistaníes entrenaron a las fuerzas aéreas saudíes y Pakistán se consideraba su “segunda línea de defensa”. El pacto, anunciado unos días después del ataque a Catar, incluye una cláusula en la que se afirma que “cualquier ataque de terceros a uno de los dos países se considerará un ataque a ambos”. A pesar de su imprecisión, en cuanto a las circunstancias en la que podría aplicarse, no deja de ser significativo que un país como Pakistán con armas nucleares asuma este compromiso. El tiempo dirá si la firma de este acuerdo fue una escenificación del malestar por el ataque a Catar o un primer paso hacia una alianza militar que podría extenderse a otros países de la región. En la actualidad, Arabia Saudí está negociando con Estados Unidos un acuerdo de defensa que no pudo concluir con la Administración anterior. Arabia Saudí quiere que Estados Unidos acepte un compromiso similar al recientemente acordado con Catar y que garantiza su protección en caso de ataque por terceros. Además, ha manifestado su determinación de no normalizar sus relaciones con Israel hasta que este país reconozca un Estado palestino viable. Su papel como potencia regional y las importantes relaciones bilaterales con Estados Unidos tienen, sin duda, un peso en la búsqueda de soluciones al conflicto.
Por último, Turquía se convierte en un actor clave por su doble condición de miembro de la OTAN y de la OIC. La habilidad diplomática y la convergencia de intereses con Catar y otros países de Oriente Medio han reforzado su posición en la región. El propio Trump reconoció el papel de Erdogan para impulsar el acuerdo de paz entre Hamás e Israel.
Un estado palestino
El alivio que siente la comunidad internacional ante la liberación de los rehenes, la excarcelación de presos palestinos, la apertura de la Franja a la ayuda humanitaria y el cese del fuego israelí es un pequeño gran paso hacia la resolución del conflicto. Queda claro que sin la firme voluntad de Estados Unidos para arbitrar con equidad el proceso no se podrá pacificar Gaza. La comunidad internacional debe apoyar activamente la implementación de las distintas fases, además de contribuir a apaciguar todas las crisis que acechan y que se hacían patentes recién firmado el acuerdo. De momento, parece que la Administración Trump no va a cejar en su esfuerzo por sofocar todos los fuegos y comenzar la segunda fase del acuerdo.
Los israelíes, tras haber sufrido el mayor ataque de su historia y haber vivido dos años de pesadilla, tienen que recomponer su democracia y asumir que una “solución final” no es viable en el siglo de la globalización. Gaza tiene que dejar de ser una prisión a cielo abierto donde se hacinan dos millones de personas sin futuro ni esperanza como ha sido desde 2006. La asistencia tiene que centrarse en los niños y jóvenes, muchos de ellos huérfanos, mutilados y con terribles heridas psicológicas. Su educación y cuidado será el germen de la paz mucho más que ninguna otra medida. Con permiso del presidente Trump, la diplomacia y las organizaciones internacionales nuevas, viejas o renovadas, tienen mucho que aportar para aunar esfuerzos, transmitir experiencia en el terreno y allanar el camino de la paz en Gaza.
En cuanto al futuro Estado palestino, no se menciona en el acuerdo de paz ni tampoco la situación en Cisjordania en la que han proliferado asentamientos ilegales de colonos israelíes en estos dos años. El gesto de Trump de saludar al presidente de la Autoridad Nacional Palestina en la cumbre de Egipto tiene un valor de cara a futuras negociaciones, de las que los representantes palestinos no pueden estar ausentes, al igual que su compromiso público de no permitir la anexión de Cisjordania. Esto deja entrever la posibilidad de un Estado palestino en un futuro indeterminado. En la consecución de este objetivo, la acción internacional debe respaldar las iniciativas que permitan a los palestinos tomar las riendas de su futuro Estado, incluidos aquellos que forman parte de la diáspora cuyo número supera los 14 millones. Muchos de ellos son profesionales y empresarios y pueden aportar medios y conocimientos necesarios para crear una sociedad civil fuerte, sin violencia ni extremismos, que construya un verdadero Estado en el que puedan convivir con Israel.

La diplomacia frena la barbarie en Gaza