POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 193

El economista francés Thomas Piketty (París, 10 de septiembre de 2019). JOEL SAGET/AFP

La Historia como debate de ideas

Erudición, datos y un potente artificio intelectual son las herramientas que utiliza Thomas Piketty para situarse en el centro de todos los debates. Otra cosa son sus soluciones.
JOSÉ JUAN RUIZ
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«Cada sociedad humana debe justificar sus ­desigualdades». Con estas palabras comienza Thomas Piketty su nuevo libro, Capital e ideología, editado por Deusto y traducido por el economista Daniel Fuentes. Tras esa declaración de principios vienen 1.198 páginas –más índices– de datos, gráficos e interpretaciones de la desigualdad en la historia que, como mordazmente advirtió el crítico de The Guardian, componen un texto más largo que Guerra y Paz. Pero no. Este no es ni un libro ruso, ni un ensayo anglosajón, por más que en él se vuelva a citar, como en El capital en el siglo XXI, a Jane Austen. Capital e ideología es un libro profundamente francés que hace un abrumador uso de los datos, de la historia y de la ciencia política para tratar de demostrar que han sido las ­ideas –mejor aún, la ideología– y no la lucha de clases o la tecnología quienes han conformado nuestras sociedades y han perpetuado la desigualdad.

 

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Capital e ideología
Thomas Piketty
Barcelona: Deusto, 2019, 1.248 págs.

 

Llevar de la mano al lector por la historia de esas ideologías, sus ficciones y sus ­tareas inacabadas ocupa las primeras 1.110 páginas del libro. Las restantes 88 páginas se dedican a un “Manifiesto por un Socialismo Participativo del Siglo XXI”, en el que se incluye un batiburrillo de propuestas fiscales, ecológicas y políticas cuya síntesis es simple: hay que repensar el capitalismo de una forma radical, abriendo la caja de Pandora de los tabúes hasta ahora evitados. Como era previsible, aunque no afortunado, han sido las propuestas, y no el análisis previo, las que han acaparado el 99% de las entrevistas concedidas por el autor y el interés de los comentaristas del libro.

 

«A lo largo del tiempo y de las geografías, cualquier visión coherente sobre cómo organizar la convivencia ha tenido que justificar los niveles de desigualdad que definían esa sociedad»

 

Piketty parte de una constatación irrefutable: el mundo es hoy mucho mejor –y para mucha más gente– que hace 300 años. Usando las estadísticas popularizadas por autores como Max Roser, Hans Rosling o Steve Pinker, Piketty muestra los avances conseguidos en el mundo en términos de salud, educación e ingreso per cápita. Este progreso incontestable Piketty lo atribuye a la lucha por la igualdad y la extensión de la educacion.

A lo largo del tiempo –y de las geografías– cualquier visión integral y coherente sobre cómo organizar la convivencia ha tenido que afrontar la cuestión de justificar los niveles de desigualdad que definían esa sociedad. Luego, el paso del tiempo, las contradicciones que inevitablemente aparecen y la competencia de ideologías rivales van erosionando gradualmente la eficacia con la que cumplen su misión. Ese es el momento de proceder a su reforma –o a su sustitución radical– por modelos alternativos que, a su vez, deben necesariamente ofrecer una nueva legitimación de la desigualdad. Y vuelta a empezar. La historia no es sino un permanente duelo de ideas con fecha de caducidad.

¿Cómo convencer a los ciudadanos de esta interpretación de la vida de nuestros regímenes políticos? Simple: contando la historia de la justificación de la desigualdad desde la Ilustración a nuestros días. Pero dado que lo que se pretende es construir una teoría general, el análisis no podía circunscribirse a las sociedades occidentales sino que debía tener una aplicación universal. De ahí que Capital e ideología aborde la historia de la desigualdad no solo en Europa occidental, sino también en Rusia, China, India o las sociedades esclavistas. Sin duda, se trata de una agenda de investigación muy atractiva y necesaria, pero de descomunal ambición y alto riesgo.

Para abordarla, Piketty se sirve de su enciclopédica erudición, una impresionante y muy valiosa base de datos y un potente artificio intelectual: la interacción entre frontera –cómo se define quién pertenece a una comunidad y cuál es el territorio en el que van a regir sus instituciones– y el régimen de propiedad. Las sociedades ternarias del Antiguo Régimen se caracterizaban por tener una frontera local –el espacio físico inmediato al señorío– y una concentración monopolística de la propiedad y del poder en dos clases sociales: el clero, custodio de la moral y el conocimiento, y la nobleza, encargada de administrar el poder político. El tercer Estado, excluido de todo privilegio, era quien producía los bienes materiales. En esta sociedad, la ­desigualdad tenía un origen natural: la sangre, el linaje.

La aparición del Estado-nación –que Piketty parece identificar con la Revolución Francesa– hizo que la frontera se trasladara de lo local a lo nacional, pero sobre todo produjo, solo nocionalmente, la separación del derecho de propiedad –que se declaró universal– y del poder político –la diplomacia, la administración de justicia, la recaudación de impuestos…– reservado en exclusiva para el nuevo Estado. En nuestro tiempo, la frontera ha vuelto a desplazarse, esta vez a lo global, mientras que los derechos continúan siendo básicamente nacionales. Esta fricción da lugar a conflictos –migraciones, tributación de las rentas del capital, cambio climático– que erosionan la eficiencia del modelo, como prueban la ansiedad social, el bajo crecimiento o el aumento desproporcionado de la desigualdad global. En este entorno es inevitable que surjan ideas rivales –populismo, autoritarismo, democracias iliberales– para reorganizar la convivencia.

 

«Según Piketty, la Revolución Francesa fue una oportunidad fallida en términos de reducción de la desigualdad»

 

Doy por hecho que este exhaustivo paseo por la historia de las interacciones entre propiedad, régimen político y desigualdad en un puñado de civilizaciones va a irritar a los historiadores profesionales. Este no es un libro para ellos. Es un libro para que un público amplio aprenda cosas que ni siquiera sabe que ignora. Y esto es lo mejor del libro: los lectores curiosos encontrarán decenas de páginas con las que disfrutar y poner en perspectiva el ciclo histórico de la desigualdad.

Por ejemplo, aprenderán que, según Piketty, la Revolución Francesa fue una oportunidad fallida en términos de reducción de desigualdades: en 1780, el 1% de la población más rica de París detentaba el 55% de la riqueza nacional, y a partir de ese nivel –doble del actual– la consolidación del Estado nacional de propietarios impulsó un sostenido aumento de la concentración de riqueza. En el momento álgido de la Belle Époque, en 1910, el 1% de los ricos de París tenían el 67% de la riqueza nacional. Las dos guerras mundiales, la depresión de 1929 y la ­creación de sistemas fiscales progresivos marcaron el inicio de la fase de redistribución y crecimiento inclusivo que llevó al 20% ese indicador de desigualdad. Se trató de una época dorada, no solo en términos monetarios de mejora de la distribución del ingreso, sino también –muy especialmente– en términos de gran movilidad social producto del acceso a la educación. Pero esta fase se desvaneció tan pronto como la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher –espoleada por la caída del muro de Berlín y la aceleración de la globalización– comenzó a legitimar una nueva fase de hiperdesigualdad ­ideológicamente asentada en la supuesta capacidad de los mercados para autorregularse y en la superioridad de la desfiscalización como estrategia de crecimiento e innovación.

La falacia se llamó meritocracia –en su versión extrema, igualdad de oportunidades– y los resultados son de todos conocidos: el 1% más rico de la población ha aumentado su participación en la riqueza nacional hasta situarse en torno al 45% en Rusia, el 40% en Estados Unidos, el 30% en India y China, o entre el 20% y el 25% en Reino Unido y Francia.

Si la Revolución Francesa fue una oportunidad perdida por los excesivos escrúpulos de los legisladores revolucionarios hacia los derechos de propiedad documentalmente justificados en censos y catastros, la multiplicación de las brechas sociales en la era del hipercapitalismo global es el resultado del desamparo en el que la socialdemocracia sumió a su base electoral tradicional. Para probarlo, Piketty aborda un exhaustivo análisis de los procesos electorales del periodo 1950-2020 en las democracias occidentales, y trata de demostrar que, si bien hasta 1980 las clases populares fueron capaces de identificarse con los partidos socialdemócratas en sentido amplio, en las últimas tres décadas la socialdemocracia ha dejado de ser el partido que representaba a los más pobres y menos educados para erigirse en el partido de los titulados y de las clases medias y altas.

El autor concede que gran parte del cambio de agenda se debió al propio éxito de la agenda socialdemócrata: los masivos avances que se produjeron en la educación a partir de 1945 abrieron las puertas a una movilidad social ascendente como jamás se había conocido en la historia de la humanidad. Los ganadores de la socialdemocracia –los que procediendo de orígenes sociales modestos accedieron a educación y después a empleos bien retribuidos que les dieron estatus– continuaron votando a los partidos que habían hecho posible su progreso, pero su visión del mundo y sus valores comenzaron a divergir de los que continuaban informando a sus familiares y vecinos que no habían conseguido “educarse y triunfar”. La consecuencia ha sido que la socialdemocracia se convirtió en la izquierda exquisita –la izquierda brahmán que llama Piketty– o en lo que otros más descarados llaman “dictadura progre”.

 

«Poco importa que sus propuestas sean viables o estén bien definidas. Lo que el autor persigue es estar presente en todos los debates posibles»

 

La agenda dejó de ser la reducción de la desigualdad y los programas electorales se centraron en aspectos educativos, fiscales e internacionales –la movilidad de capitales, el libre comercio– que reflejaban los valores y aspiraciones de los triunfadores, pero dejaban a los perdedores sin representación política. Y así hasta que llegó el día en el que los abandonados –la banda de deplorables que decía Hillary Clinton– decidieron engrosar las bases electorales de los partidos populistas.

La narrativa es plausible y atractiva, pero no novedosa. De hecho, es la rama más floreciente de la literatura política actual. En el fondo, no es más que una reformulación educada de la crítica que la socialdemocracia ha soportado desde que con pragmatismo y reformas graduales puso en pie el Estado de Bienestar y movió la frontera de la desigualdad. La izquierda radical jamás le perdonó este éxito (social-traidores) y la derecha tampoco (compañeros de viaje).

Más interesante resulta la ingente base estadística utilizada por Piketty para documentar la transformación de los votantes, si bien no es seguro que la correlación entre resultados electorales y titulación de los votantes suponga causalidad. Personalmente, siempre encuentro motivos para recelar de las explicaciones simples a problemas muy complejos.

Llegados aquí, uno puede fácilmente anticipar el contenido del manifiesto que ocupa la última parte de Capital e ideología. Es un manifiesto radical. No para mejorar el capitalismo, sino para desbordarlo. Y para eso Piketty propone ir al corazón del problema: desacralizar la propiedad, recobrar la propiedad social, otorgar un 50% de representación a los trabajadores en los consejos de administración, movilizar la propiedad haciendo que todo individuo mayor de edad reciba una herencia universal de 125.000 euros, reequilibrar drásticamente el gasto educativo, implantar un impuesto personal sobre el uso del CO2, cambiar el sistema de financiación de los partidos políticos con una suerte de cheque escolar, incluir obligatoriamente objetivos ecológicos e impositivos en todos los tratados internacionales, generar un censo universal de poseedores de activos financieros y, sobre todo, hay que hacer que los millonarios paguen muchos más impuestos. En el caso de los billonarios, hasta el 90% de su riqueza.

 

«Sorprende que quien ha dedicado mil y pico páginas a escudriñar la historia y demostrar que el progreso, aunque no es lineal, es gradual, le apueste a reiniciar el mundo para comenzar de nuevo»

 

Poco importa que las medidas sean viables o estén bien definidas. No es ese ni el caso ni el objetivo. Lo que se persigue es estar presente en el debate. Más bien, en todos los debates posibles: el del fin del trabajo, la revolución digital, las migraciones, el fiscal, el ecológico, el de las identidades, el de la reforma de la representación política. Al fin y al cabo, si se está convencido de que la historia es el resultado de una competencia de ideas, quien cree que las posee las debe aportar a le grand débat. No hay nada más francés. Lo sorprendente es que quien ha dedicado mil y pico paginas a escrudiñar la historia y demostrar que el progreso, aunque no sea lineal, siempre es gradual, le apueste a una propuesta que busca reiniciar el mundo para comenzar de nuevo.

La gran lección que la historia enseña es que los intentos de crear hombres y sociedades nuevas han acabado siendo descomunales descalabros civilizatorios. Aunque también es verdad que, en otras muchas ocasiones, el duelo de ideas ha sido inocuo porque simplemente no ha pasado de ser un debate de salón.