Autor: Andrea Wulf
Editorial: Taurus
Fecha: 2016
Páginas: 584
Lugar: Barcelona

La invención de la naturaleza

Marcos Suárez Sipmann
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Han tenido que pasar casi dos siglos para dar nombre a la tarea a la que Alexander von Humboldt dedicó su vida: la ecología. Presentado como explorador, geógrafo, naturalista y humanista, este prusiano nacido en Berlín en 1769 fue el creador de la comprensión moderna de la naturaleza como un sistema integrado. En La invención de la naturaleza, Andrea Wulf reivindica la figura de Humboldt a través de una biografía trepidante y rigurosa que revela aspectos inéditos de la vida del protagonista con cientos de anécdotas y datos. La autora rescata el legado de quien conjugó Ilustración y Romanticismo en su obra y en su vida. Combinó ciencia y poesía y fue denominado el “Shakespeare de la ciencia”.

La invención de la naturaleza va más allá de ser un grandioso trabajo de documentación, Wulf se adentra en la propia aventura de su protagonista. Sigue sus pasos por Latino­américa: estuvo en la selva venezolana, subió al Anti­sana, a 3.600 metros, donde encontró una “desvencijada choza en la que durmió el polifacético genio una noche de marzo de 1802”. Y, lo más emocionante, llegó a la cumbre del Chimborazo, de 6.200 metros. El naturalista y sus acompañantes, sin equipo adecuado y cargados con sus instrumentos de medición, tuvieron que desistir a escasos 300 metros de la cima. “Mi admiración por Humboldt creció con cada paso”, confiesa la autora.

La temprana muerte del padre de Humboldt marcó su infancia. Nacido en una familia aristócrata, siempre estuvo muy ligado a su hermano mayor Wilhelm, lingüista y hombre de Estado. Su madre les aseguró una educación humanista con los mejores tutores, pero en los afectos se mostró una mujer fría. Tras su muerte, Humboldt recibió una cuantiosa herencia con la que financió sus viajes.

La invasión napoleónica imposibilitó su primera gran expedición a Egipto. Tras dirigirse a España, obtuvo un documento de la Corona para recorrer el Nuevo Mundo. Wulf cuenta cómo en Quito tuvo en sus manos el pasaporte original de Humboldt. Canarias fue la primera escala del viaje que durante cinco años (1799-1804) llevó a Humboldt y el botánico francés Aimé Bonpland por tierras  latinoamericanas. La ascensión al Teide en Tenerife fue una preparación para las muchas escaladas realizadas posteriormente.

El viaje de Humboldt a América cambió su vida. Y la ciencia. Los Andes resultaron esenciales en su pensamiento. Llegó a la actual Venezuela, donde detectó los efectos perniciosos de las plantaciones coloniales: monocultivos, irrigación y deforestación. De importancia capital resultó también su observación del lago Valencia, en el valle de Aragua. Humboldt comprobó que la tala de árboles alteraba los niveles del lago por el desequilibrio causado. Navegó todo el curso del Orinoco. Pasó a Cuba y se dirigió a Cartagena de Indias con destino a Lima. Atravesó los Andes en el territorio de Nueva Granada. Se enfrentó a condiciones extremas y, según Wulf, aún hoy es increíble que sobreviviera a la travesía. En Bogotá conoció a José Celestino Mutis y tuvo acceso a sus valiosos libros de botánica.

¿Por qué el hecho aleatorio de viajar a América resultó tan importante? Humboldt fue el primer científico que consideró la naturaleza en su conjunto. Desde Quito subió al Chimborazo y, ante la inmensidad de lo que creía el pico más alto de la Tierra, entendió lo que nadie había comprendido antes. Al haber experimentado el trópico y conocer los cambios de la vegetación dependiendo de la altura, Humboldt reconoció antes que nadie que la naturaleza es una fuerza global interconectada. Como señala Wulf, en aquella época “era una idea revolucionaria, por más que ahora nos parezca tan evidente que tendemos a ignorar quien la formuló”.

En 1834 cuando se acuñó por primera vez el término “científico”, preludio de especialización de las disciplinas, se propuso representar todo el mundo material. En Cosmos, su obra más ambiciosa, reunió en cinco tomos y durante el tramo final de su vida todo lo que la ciencia intentaba separar. Wulf expone de forma fascinante el método de trabajo; su precisión y meticulosidad en el aparente caos, sus constantes preguntas a ayudantes, corresponsales y contactos. En Cosmos no mencionó una sola vez la palabra “Dios” sino que se refería a una “maravillosa red de vida orgánica”. Siempre habló de las terribles consecuencias del fanatismo religioso.

El logro de Humboldt consistió en hacer la ciencia popular y accesible. No fue conocido por un hecho o descubrimiento concreto sino por su visión del mundo, con la que rompió con el eterno paradigma por el que la Tierra estaba al servicio del hombre. Los postulados de Humboldt son hoy más importantes que nunca. No obstante, la humanidad sigue dándoles la espalda. Wulf acerca de manera brillante la vastísima estela que dejó este pensador y hombre de acción. Una huella que merece ser rescatada.

Lea la reseña completa en Política Exterior 174, noviembre-diciembre de 2016.