En los últimos años, Rusia ha cambiado de forma traumática. Para una minoría, la transformación ha sido positiva: son los privilegiados capaces de competir en una economía capitalista con resabios del pasado y con cartas marcadas por la corrupción y el crimen organizado. Para la mayoría, la adaptación resulta letal. Desde la crisis de 1993, Yeltsin ha gobernado casi a su antojo. No gusta a millones de rusos, pero está lejos de tener una alternativa clara.
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