En 2025, el debate sobre el fin de la hegemonía del dólar rebrotó con una intensidad olvidada desde los años setenta. El propio Jeffrey Sachs, arquitecto de la estabilización boliviana basada en el ancla nominal del dólar, pronostica que su papel se reducirá “mucho” en la próxima década. A su juicio, hay tres razones para ello: el uso del dólar como arma financiera, la pérdida de peso relativo de Estados Unidos en la economía mundial y la emergencia de sistemas de pago basados en monedas digitales de bancos centrales. Sus tesis no son aisladas. En 2023, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, propuso la creación de una moneda común de los BRICS, la organización económica y política fundada por China, Brasil, Rusia, India y Sudáfrica que nació como alternativa a Occidente. Ese mismo año, Sergio Massa y Fernando Haddad, entonces ministros de Economía y Hacienda de Argentina y Brasil, respectivamente, relanzaron la idea del SUR, una moneda común para América. En 2024, Vladímir Putin exhibió en la cumbre de Kazán (Rusia) lo que parecía ser un prototipo del billete de los BRICS.
Con todo, un examen de los datos lleva a una conclusión clara. América Latina no solo no se está desdolarizando, sino que cada vez depende más del dólar. La deuda externa soberana sigue denominada mayoritariamente en dólares, igual que más del 90% de la facturación del comercio exterior de la región. Es más, en países como Argentina, Venezuela y Ecuador el ahorro privado se dolariza de manera informal. Y el peso del dólar como referencia para el tipo de cambio no ha disminuido en 15 años.
El debate público no debería centrarse en si el dólar va a ser sustituido, o cuándo, sino en entender por qué su erosión marginal, que es real, no encuentra…

La utopía de una moneda común latinoamericana


