POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 80

El economista inglés John Maynard Keynes (1883-1946) en su escritorio en marzo de 1940. GETTY

JOYA DE ARCHIVO: Keynes y el problema europeo

Buena parte de las medidas que tomaron los países desarrollados después de la Segunda Guerra mundial y hasta la crisis de los años setenta fueron de corte keynesiano, destacando el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa.
Donato Fernández Navarrete
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En 1919 se publicó uno de los libros más importantes de John Maynard Keynes, Las consecuencias económicas de la paz. Hoy resulta ocioso recordar que su autor ha sido el economista más prestigioso y conocido del siglo XX. Hasta tal punto esto es así que las escuelas de pensamiento económico suelen clasificarse en keynesianas o antikeynesianas.

El Keynes de los economistas es el de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, libro publicado en 1936 que causó una auténtica revolución entre sus contemporáneos al poner en entredicho los postulados clásicos de la economía a los que, literalmente, daba la vuelta. El modelo teórico keynesiano utiliza, básicamente, cuatro variables: consumo, renta, cantidad de dinero y tipos de interés; las restantes se deducen de las anteriores. Al introducir la novedad teórica de que en períodos de depresión puede ahorrarse y no invertirse, proporcionó una de las claves básicas para luchar contra el ciclo depresivo: incrementar el gasto público.

 

Las consecuencias económicas de la paz
John Maynard Keynes
Barcelona: Editorial Crítica
1987. 207 págs.

 

Buena parte de las medidas que tomaron los países desarrollados después de la Segunda Guerra mundial y hasta la crisis de los años setenta fueron de corte keynesiano, destacando el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa. Keynes también participó en la configuración del orden económico internacional de esa posguerra tomando parte activa en la crea­ción del Fondo Monetario Internacional, que él concebía más como un intento de integración que de cooperación monetaria. En fin, el keynesianismo ha constituido prácticamente la doctrina oficial hasta la crisis económica de los años setenta, cuando desde frentes liberales, se le ha intentado desacreditar aduciendo que sus recetas –de estímulo de la demanda agregada– no eran apropiadas para luchar contra dicha crisis por estar provocada por factores de oferta; en este caso lo que procede es acabar con las rigideces de ésta y, para ello, lo más adecuado es la desregulación económica, la privatización del sector público, el desmantelamiento del Estado de bienestar, etcétera.

Existe otro Keynes, al menos tan importante como el anterior, que no sólo interesa a los economistas sino también a los historiadores, a los politólogos y al gran público en general: es el Keynes de Las consecuencias…, libro éste que, a pesar de haberse escrito en sólo dos meses, es al menos tan relevante como la Teoría general. En él su autor pone de manifiesto no sólo sus sólidos conocimientos económicos y políticos sino su considerable talla humana. Leer por primera vez, o releer este texto, es un ejercicio sumamente gratificante. Como es sabido, versa sobre las condiciones económicas (reparaciones) extremadamente duras que las potencias vencedoras de la Primera Guerra mundial (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, principalmente, junto a otros aliados) imponen a Alemania en contra de lo acordado por el armisticio entre este país y EE UU por el que se ponía fin a la guerra.

Keynes participó en las negociaciones de la Conferencia de Paz de París –en la delegación de Reino Unido– hasta mediados de 1919, cuando se convenció de que se estaba cometiendo un auténtico dislate para el futuro político de Europa. Por eso dimitió. El libro, publicado sólo unos meses después de su salida de la Conferencia de Paz, es un testimonio directo de sus argumentos en contra de lo que se estaba negociando. Está escrito con pasión, pero con una considerable solidez científica. Es un completo análisis de la realidad económica alemana de posguerra que intenta demostrar la imposibilidad económica de Alemania para hacer frente a los compromisos ominosos a los que le habían conducido los aliados. Que Keynes realice una crítica muy severa al plan de reparaciones no implica, en modo alguno, que esté del lado alemán. Lo que trata de poner de manifiesto es que la venganza no conduce a nada y que las potencias aliadas, cegadas por su afán de destruir Alemania, estaban perdiendo una oportunidad de construir Europa.

Por desgracia, el tiempo dio la razón a Keynes: Alemania no cumplió lo impuesto por los aliados porque era materialmente imposible. Pero sí se creó el caldo de cultivo para el surgimiento del nazismo y para la Segunda Guerra mundial, cuyas consecuencias económicas y humanas fueron mucho más graves que las de la Primera. Lo que los aliados no quisieron o no pudieron ver en las negociaciones de 1919 respecto a la unidad europea como fórmula para garantizar la paz, hubo de asumirse en 1950 con la Declaración Schuman. Keynes deja testimonio claro en este libro –y en otros escritos posteriores– de su preocupación por la unidad europea, y los historiadores deberían incluirlo con toda justicia –hasta ahora no lo han hecho– entre los precursores de la integración de Europa que comienza en la década de los cincuenta.

 

Sobre la Comisión de Reparaciones

La destrucción física y humana que Alemania ocasionó durante esta guerra fue terrible. Los principales afectados fueron franceses y serbios, aunque también, belgas e italianos. Esto explica, sobre todo entre los franceses, su odio a los alemanes –alimentado por la guerra de 1870– y que pretendiesen sacar partido de sus sentimientos a cuenta de las reparaciones. La Comisión de Reparaciones se creó específicamente para el tratado con Alemania y es a este país al que se le exigía la práctica totalidad de las mismas, aun cuando no se excluía que dicha comisión pudiera extender sus competencias en los correspondientes tratados firmados con los aliados de Alemania (Austria, Bulgaria, Hungría y Turquía).

El juicio que a Keynes le merecen los máximos responsables de los países que negociaron en París el tratado de Versalles es sumamente negativo. Su falta de visión histórica, su egoísmo o incluso el rencor y la aversión a los alemanes, les llevó a concluir un tratado que era una afrenta para Alemania y, más que un instrumento para la paz, se convertiría en años posteriores en un incentivo para la guerra.

Del presidente de Estados Unidos, Thomas W. Wilson, Keynes opina que era persona generosa pero simplona y carente de formación intelectual y de agilidad suficiente para evitar las trampas que le tendían sus colegas. Pretendía defender los catorce puntos del armisticio acordado con Alemania y que él mismo había sometido al Congreso –y que podía haber impuesto en la Conferencia de París sin mayores problemas– pero debido a su falta de criterio, desconocimiento de la realidad europea y el pésimo asesoramiento que tuvo, se vio desbordado por las tretas de franceses y británicos. “Pocas veces –escribe Keynes– habrá asistido un hombre de Estado de primera fila más incompetente que el presidente a las habilidades de la discusión de un Consejo”. A pesar de estas críticas a su presidente, Keynes reconoce un papel de primera fila a Estados Unidos en esta guerra –que da paso a su liderazgo económico mundial– y destaca los recursos que generosamente proporcionó a los europeos que hicieron mucho más llevaderos los sufrimientos humanos y que a la postre “ (…) salvaron a la organización europea de la ruina general”.

Al jefe de gobierno de la república francesa, Georges Clemenceau, lo considera un personaje tan inteligente como chovinista y vengativo. Su objetivo era el de imponer a Alemania una paz espartana y exigirle unas condiciones tan duras que acabasen por destruirla definitivamente para que jamás volviera a hacer sombra a Francia. Detrás de todo ello estaba la derrota sufrida en la guerra franco-prusiana de 1870 y la prosperidad que Alemania había logrado desde entonces, superando a Francia en población y renta en más de un setenta por cien en pocas décadas. Según Keynes, Clemenceau había hecho suyo el estereotipo según el cual “(…) el alemán no comprende ni puede comprender nada más que la intimidación; no tiene generosidad ni remordimiento en los tratos; no hay ventaja que no sea capaz de utilizar y, por su provecho, se rebajará a todo; no tiene honor, orgullo ni piedad. Por tanto, no se debe tratar nunca con un alemán, ni conciliarse con él; se le debe mandar. De otro modo no os respetará ni impediréis que os engañe”.

 

«Según Keynes, Clemenceau había hecho suyo el estereotipo según el cual “(…) el alemán no comprende ni puede comprender nada más que la intimidación”»

 

De Lloyd George, primer ministro británico, ofrece la imagen de un personaje sumamente hábil, que controla la situación perfectamente y que es capaz de penetrar en el pensamiento de sus contertulios y dar en cada momento la repuesta más adecuada a la vanidad de su interlocutor. Su papel en este tratado fue clave a pesar de que Reino Unido no había sido de los más perjudicados por la guerra. Estaba obsesionado con hacer algo “y llevar alguna cosa que durase una semana” pues se había excedido en las promesas realizadas a sus electores.

Como ya se ha dicho, el libro trata de demostrar la incapacidad financiera de Alemania para hacer frente a los compromisos a los que la someten los aliados para que pague las reparaciones de guerra. Ello le llevó a realizar un estudio sobre la estructura económica de Alemania que Keynes acomete con destreza, a pesar del escaso tiempo del que dispone. Ligada a esta cuestión central del libro, se desprenden otras dos de gran relieve: el problema de la explosión demográfica y la idea de Europa.

Sobre el equilibrio alimentos-población, ésta es una teoría que Keynes toma de Robert Malthus, el economista clásico que mayor influencia ejerciera sobre él. La ruptura de ese equilibrio es tan importante para Keynes que llega a afirmar, tomando como ejemplo el aumento de la población de Alemania y de Rusia en las décadas que preceden a la Primera Guerra mundial, que los grandes acontecimientos históricos –léase Primera Guerra mundial y revolución rusa de 1917– con frecuencia se deben más “(…) a cambios seculares en el crecimiento de la población y a otras causas económicas fundamentales (…)” que a locuras de hombres de Estado o a otros fanatismos.

Entre 1870 y 1914 Europa estaba organizada social y económicamente en torno a Alemania. De ella dependía el sistema económico europeo que se basaba en el principio de acumulación económica de la desigualdad. Es decir, unos pocos tenían mucho y muchos consumían poco: primacía absoluta del ahorro frente al consumo. “Precisamente la desigualdad de la distribución de la riqueza era la que hacía posible de hecho aquellas vastas acumulaciones de riqueza fija y de aumentos de capital que distinguían esta época de todas las demás”. La Primera Guerra mundial trastocó este estado de cosas al poner de manifiesto que tal desigualdad en la distribución de la riqueza no era lógica y también acabó con el mito de la abstención del consumo. Pero el modelo europeo funcionaba porque EE UU proporcionaba alimentos abundantes a precios baratos; a medida que fue creciendo la población americana –sobre todo en el Norte– los alimentos se iban haciendo más escasos y caros.

La segunda gran cuestión que preocupa a Keynes –no en el orden de las preferencias personales sino de exposición– es Europa. Lo que subyace en Las consecuencias… es el problema europeo que Keynes siente en carne propia. Este libro, dice en su introducción, no ha sido escrito “(…) bajo la influencia de Londres, sino de París, por alguien que, aun siendo inglés, se siente también europeo (…)”. En realidad, todo él constituye una profunda reflexión sobre Europa, al tiempo que una crítica muy severa a Reino Unido y a las otras potencias vencedoras. Keynes escribe con desgarro que mientras en el continente europeo la tierra se levanta, en Gran Bretaña no se enteran porque está fuera de Europa, y lo está porque “Inglaterra no es carne de su carne ni cuerpo de su cuerpo”.

 

Las fronteras nacionales

El problema político y económico de Europa es para Keynes una cuestión de superación de las fronteras nacionales tras la proliferación de países surgidos como consecuencia de la desmembración de los imperios austro-húngaro, ruso y otomano. Ésta ha conducido a que los Estados europeos sean económicamente ineficientes y la fórmula de superarlo es crear entre ellos una zona de librecambio cuya constitución haría mucho más en favor de la paz que la propia Sociedad de Naciones. Pero las cosas no iban por ahí. Eran ideas utópicas de románticos y soñadores entre los que estaba el propio Keynes y, unos años después, José Ortega y Gasset. Keynes tiene el mérito de señalar, antes que nadie, la ineficiencia económica del Estado nacional europeo y la necesidad de unirse para alcanzar una dimensión óptima del mercado interno.

Los negociadores del tratado de Versalles no estaban en esa honda, no les interesaba el futuro de Europa para cuya rehabilitación económica no se incluía ni una sola disposición. Sus máximas preocupaciones eran las fronteras y el debilitamiento del enemigo: demostrar a sus electores y a sus pueblos que Alemania tenía que pagar las reparaciones y que éstas serían tan altas que la paz incluso podría convertirse en un negocio económico para los vencedores (en particular, para Bélgica, Francia y Reino Unido).

Esta miopía lleva a Keynes a escribir lo que sigue como premonición –eso sí, después de otra guerra mundial– de lo que en los primeros años cincuenta se convertiría en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA): “Prescindiendo de otros aspectos del asunto, creo que la campaña para asegurar de Alemania el pago total del coste de la guerra era uno de los actos más graves y de mayor torpeza política de que han sido jamás responsables nuestros gobernantes. ¿Qué porvenir tan distinto pudiera haber esperado a Europa, si Lloyd George o Wilson hubieran comprendido que el problema más grave de todos los que reclamaban su atención no era político o territorial, sino financiero y económico, y que el peligro del porvenir no está en las fronteras ni en la soberanía, sino en el alimento, el carbón y el transporte?”.

En un artículo publicado dos décadas más tarde (1938), cuando ya se vislumbraba la posibilidad de otra guerra, Keynes volvió a retomar las ideas sobre Europa que había expuesto en Las consecuencias… Se manifiesta contrario a la actitud laxa del gobierno británico frente a la previsible nueva agresión –sin citarla– de Alemania. Su mensaje es rotundo: para conseguir la paz debe abandonarse el falso pacifismo. La capacidad para ganar la guerra depende del poder armamentístico; la capacidad para evitarla depende mucho más de aparentar ser fuertes. En esos momentos el poder dictatorial aparece más contundente que el democrático.

A tales efectos, Keynes propone la creación de un pacto entre países europeos (al que denomina Nueva Sociedad para diferenciarla de la Sociedad de Naciones) abierto a todos ellos y con poder de decisión. Su finalidad sería la defensa de la paz y la oposición (diplomática, económica y militar) a toda agresión de cualquier país europeo. Dicho pacto no se limitaría a la defensa de la paz, sino que se convertiría en el núcleo de un nuevo sistema de relaciones económicas en Europa que garantizase la libre circulación de bienes, personas, servicios y capitales en un marco de participación de concurrencia tan amplio como fuese posible.

La última de las tres cuestiones a abordar es la de las reparaciones alemanas exigidas en el tratado de Versalles. La Conferencia de Paz de París de 1919 debería haberse limitado a concretar la aplicación del armisticio pactado por Wilson con el gobierno alemán, que constaba de catorce puntos entre los que estaba el de las compensaciones a civiles por los daños causados por los alemanes.

En el tratado no figura una valoración precisa del total de las reparaciones que debía pagar Alemania. Hay cálculos estimativos de los aliados que las evaluaban en unos 15.000 millones de libras (la moneda internacional del momento), que Alemania tendría que desembolsar a partir de 1921 por un período de treinta años. La propia delegación alemana las estimó en unos 5.000 millones de libras, si bien mediante compensaciones y ajustes quedaban reducidas a 2.000 o 3.000 millones. Keynes las evalúa en 8.000 millones de libras aproximadamente; sin embargo, insiste hasta la saciedad, y ésta es la justificación para escribir el libro, en la imposibilidad material de Alemania para hacer frente a tales compromisos.
Para Keynes unos 2.000 millones de libras es la cifra más realista y ajustada a las posibilidades alemanas, lo que equivale a una capacidad de pago anual de no más de cien millones (aproximadamente el diez por cien de lo que establecían los vencedores).

Hasta la guerra de 1914, el sistema económico alemán descansaba sobre tres pilares: comercio e inversiones en el exterior; industria siderúrgica (explotación de hierro y carbón); y transporte y sistema aduanero. El tratado de Versalles suponía la destrucción total de ese sistema y en particular de sus dos primeros resortes. A Alemania se le requisaba su flota marítima, se le desposeía de sus colonias de ultramar, incluida la facultad de expulsar de ellas a los ciudadanos alemanes y el derecho a retener y liquidar toda propiedad e intereses pertenecientes a personas físicas y jurídicas (no existían precedentes históricos de un trato similar para la propiedad privada). Estas disposiciones eran también de aplicación a los territorios de Alsacia y Lorena, regiones que fueron arrebatadas a Francia en la guerra franco-prusiana de 1870 y que de nuevo pasaban a depender de aquel país y se recuperaban libres de cargas, repercutiendo sobre Alemania las que en su caso les pudiesen corresponder, sin que Francia estuviese obligada a pagar indemnización alguna por ningún concepto.

 

«Hasta la guerra de 1914, el sistema económico alemán descansaba sobre tres pilares: comercio e inversiones en el exterior; industria siderúrgica; y transporte y sistema aduanero»

 

Las condiciones impuestas sobre el carbón y el acero eran similares a las anteriores. Son tan duras que Keynes opina que “(…) la imposibilidad técnica efectiva de las exigencias del tratado son las que pueden salvar la situación”. Se iba a acabar directamente con la industria siderúrgica alemana y el reparto de las materias primas mediante la cesión de una parte de éstas a los aliados, además de otras entregas directas de carbón. En concreto, las minas del Sarre pasaban a Francia con derechos exclusivos de explotación y libres de cargas y también se preveía la cesión a Polonia de la Alta Silesia. Del carbón restante, Alemania estaba obligada a compensar a Francia mediante entregas directas por un período de diez años, por las pérdidas originadas en sus minas y debería realizar otra entrega adicional de cuarenta millones de toneladas anuales a repartir entre Bélgica, Francia, Italia y Luxemburgo. Respecto al hierro, con la pérdida de Alsacia y Lorena, Alemania disminuía su producción en torno al sesenta por cien de la de 1913.

Por lo que respecta al transporte y al sistema aduanero, Alemania tenía que entregar a los aliados 5.000 locomotoras y 150.000 vagones de tren; cederles el control del sistema fluvial y buena parte de sus puertos marítimos; y darles un trato de nación más favorecida en el comercio por un período de cincuenta años sin reciprocidad, además de perder Luxemburgo como territorio de su zona aduanera.

En fin, las reparaciones impuestas excedían de lo que la razón admite, y no se puede exigir a un pueblo un sacrificio de tal calibre a cambio de nada. Después de perder la práctica totalidad de las colonias, de la marina mercante y de sus inversiones externas; un diez por cien de su territorio y de su población; un tercio del carbón y casi las tres cuartas partes del hierro, es difícil creer que a Alemania le restase capacidad financiera apreciable para poder hacer frente a los pagos que se le exigían. Si realmente se pretendía que pagase algo, se le debería permitir que continuara produciendo y ello requería poder exportar e importar bienes y servicios.

La historia le ha dado la razón a Keynes: Alemania no pagó las reparaciones impuestas o, para ser más precisos, las pagó sólo parcialmente. En 1923 fue declarada en quiebra y comenzó un período de inflación galopante hasta el punto de que el marco perdió virtualmente todo valor de mercado; hubo de revisarse el plan de reparaciones a la baja y conceder un préstamo a Alemania –la mayor parte del mismo por Estados Unidos– con el fin de estabilizar la moneda. A esta primera revisión a la baja de las reparaciones, siguieron otras posteriores y más préstamos de Estados Unidos, de manera que, como señala Robert Lekachman, todo el plan se convirtió en una farsa financiera: Estados Unidos prestaba a Alemania, Alemania pagaba sus reparaciones a los aliados y los aliados pagaban sus deudas de guerra a Estados Unidos. Cuando se desencadenó la gran depresión de 1929, Estados Unidos dejó de prestar a Alemania y ésta de pagar sus reparaciones, y se declaró otra vez en quiebra en 1931. Hitler estaba a la vuelta de la esquina.