Iberoamérica es, ante todo, un proceso político. La voluntad de consolidar un espacio de cooperación asentado en una historia común, unos valores políticos y sociales compartidos y, cada vez más, un posicionamiento propio frente a los cambios del sistema internacional. Su acta de nacimiento formal –la creación, en 1992, de la Secretaría General Iberoamericana– es, en realidad, tardía. La comunidad iberoamericana venía tejiendo desde mucho antes una tupida red de vínculos, intercambios y solidaridades, tanto informales como institucionalizadas. Así que el conjunto iberoamericano se sostiene sobre un entramado de redes humanas y profesionales que ha permitido la evolución del andamiaje institucional. Y pocas regiones del planeta se mueven tanto como Iberoamérica.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en cuatro años el número de personas migrantes en América Latina y el Caribe pasó de 14,3 millones en 2020 a 17,5 millones en 2024 –un crecimiento del 23%–, del cual alrededor del 80% se desplaza dentro de la propia región. La movilidad intrarregional de los ciudadanos venezolanos ha sido la más amplia: la plataforma R4V y la propia OIM calculan en 6,9 millones las personas migrantes y refugiadas venezolanas en la región. Pero no es el único flujo. A lo largo de toda América Latina se han abierto corredores que tradicionalmente tienen como objetivo Estados Unidos. Zonas como el Darién, en Colombia, han sido cruzadas por hasta un millón de personas.
España también es receptora, pese a su lejanía. La cercanía cultural, las redes migratorias ya instaladas y el dinamismo del sector productivo explican el flujo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística de finales de 2025, más de 4,2 millones de residentes nacidos en América Latina viven en España –cerca del 9% de la población, un récord histórico–. De hecho, este colectivo supone casi la mitad de…

Las redes que sostienen Iberoamérica


