Los monstruos existen, decía Primo Levi después de Auschwitz, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos. “Los más peligrosos son los hombres corrientes”, dispuestos a ceder y obedecer sin rechistar. En Si esto es un hombre, el italiano de origen hebreo no se refería a bárbaros atrasados sino al comportamiento de uno de los pueblos más cultivados del orbe. Desde entonces es sabida la gran falacia: el hombre civilizado es más cruel que el hombre prehistórico; y esto es desasosegador.
Treinta años después de los exterminios programados en la antigua Yugoslavia, el término genocidio vuelve a los titulares, si bien ahora enlodado por la banalización de una nueva cháchara moralista global, que desdeña el conocimiento de los hechos en pro de cómo nos hacen sentir.
Y este consumo personal de conceptos legales ha pasado a depender del quién y el dónde. En un barrizal que no distingue muerte de asesinato, ni guerra de matanza o de genocidio, se impone la relectura del artículo 2 de la Convención sobre el Genocidio. Dice así: “el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”. El concepto fue desarrollado, 45 años después, por el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY).
Las reglas de la guerra
La guerra, como el asesinato, la masacre, el exterminio, el crimen de lesa humanidad o el genocidio, tiene sus reglas y son distintas. ¿Los bombardeos de ciudades en Ucrania están codificados como hechos de guerra, matanzas, pretensión de sometimiento o exterminio? ¿Y la represalia del gobierno de Benjamín Netanyahu contra las milicias de Gaza y sus miles de muertos civiles? ¿Y la Guardia Revolucionaria masacrando a jóvenes manifestantes por millares en las calles de Irán?
A cada concepto hay que ir por…



