POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 232

Los centros de datos mueven el mundo

Almacenan nuestras fotos, nuestros mensajes y nuestro dinero. Consumen tanta electricidad como una ciudad de 300.000 habitantes. Y están en el corazón de la competición entre las grandes potencias del siglo XXI.
Alfonso Goizueta
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La nube, ese elemento etéreo, abstracto, donde se almacenan nuestras fotos, nuestros mensajes, incluso nuestro dinero, no está en el cielo sino en la tierra, concretamente en enormes complejos industriales conocidos como centros de datos. Del tamaño de varios campos de fútbol (algunos, como el de Switch Inc. en Nevada, alcanzan los 170.000 m2 de extensión), estos centros contienen miles de servidores (ordenadores especializados) que almacenan y procesan la información de Internet. Miles de metros de cable, millones de chips funcionando al unísono, y un consumo eléctrico diario semejante al de una ciudad de 300.000 habitantes, consiguen millones de conexiones simultáneas a la red, lo que en definitiva permite que podamos mantener el mundo girando en esta época de Internet. (Decir que sirve para que mandemos correos electrónicos y hagamos transferencias bancarias en segundos ya se queda corto).

En la era digital, los centros de datos se han convertido en una infraestructura de tanta importancia estratégica como los puertos o los oleoductos, en tanto que almacenan, literalmente, los datos de internet y permiten el acceso a los mismos. Su emplazamiento geográfico equivale al emplazamiento terrestre de la nube y de todo lo que esta contiene. No sorprenderá al lector descubrir que desde el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) se haya desatado una suerte de carrera entre las grandes potencias tecnológicas por construir el mayor número posible de centros.

Los Estados buscan, ante todo, tener los centros (y su valioso tesoro de datos) dentro de sus fronteras a fin de reforzar su soberanía digital e independencia tecnológica. Con ese objetivo, por ejemplo, la Unión Europea, erguida en toda su potencia reguladora, estableció en 2018 el Reglamento General de Protección de Datos que entre otras cosas empujó a los proveedores de servicio de nube (tales como Microsoft Azure, Amazon Web Services o Google Cloud) a localizar infraestructura de datos dentro del territorio europeo, consolidando así el control sobre esos datos al someterlos a nuestra regulación. China, una de las potencias que más empuja la soberanía nacional dentro del territorio de los datos, apostó por obligar a los proveedores extranjeros de servicios de nube a colaborar con empresas chinas (a las que el gobierno de Pekín tiene acceso directo), buscando así reafirmar su control en su ciberespacio.

 

«Un solo servidor puede alcanzar los 90 °C durante su uso. Multipliquemos eso por los miles de servidores que funcionan al unísono, 24 horas al día»

 

Pero es el mantenimiento de estos gigantes centros de datos lo que plantea un problema geoestratégico de primer orden, dado que consumen muchísimos recursos y energía, principalmente debido a la imperiosa necesidad de mantenerlos refrigerados. El constante funcionamiento de los servidores desprende energía en forma de calor. Un solo servidor puede alcanzar los 90 °C durante su uso. Multipliquemos eso por los miles de servidores que funcionan al unísono, 24 horas al día, en un centro y obtendremos una locomotora industrial envuelta en llamaradas. Para bajar la temperatura hacen falta ingentes cantidades de electricidad y agua, por lo que los centros no han de ubicarse en cualquier sitio sino en lugares con fácil acceso a estos recursos. En Europa, los países fríos de Escandinavia, así como Alemania y Países Bajos, ofrecen buenas condiciones para los centros de datos. En China, se localizan en el interior, más frío, y en Estados Unidos, en la helada Northern Virginia (mayor hub del mundo), Chicago, Texas y Arizona, donde la energía necesaria para sostenerlos es barata.

Sin embargo, el recurso finito de la tierra, los problemas medioambientales, los inmensos costes energéticos y el recelo de los ciudadanos (en los países democráticos) hacen problemática su edificación. Singapur y Países Bajos, otrora primeras espadas por su regulación laxa y su estabilidad política, han detenido la construcción de nuevos centros velando por preservar su escaso territorio (ya densamente poblado) y la seguridad de su red eléctrica, que los centros (responsables del 7% del consumo singapurense y del 3% del holandés) sometían a terribles tensiones.

El incremento de costes y la presión política nacional también afecta a Estados Unidos que desde hace años fomenta la deslocalización hacia su aliado Arabia Saudí, aprovechando que el príncipe heredero Mohammed bin Salman desea convertir su reino petrolero en una potencia tecnológica de vanguardia. A pesar del calor ingente del desierto arábigo, el acceso a la energía barata del petróleo y fotovoltaica, la laxa regulación y la centralidad geográfica (desde el Golfo Pérsico parten cables de fibra óptica submarinos capaces de conectar el Sudeste asiático, África oriental y Europa) han hecho de Arabia Saudí un valor al alza en la carrera de los centros de datos. También China ha reparado en ello. Sus empresas, Alibaba Cloud y Huawei Cloud, buscan la expansión en el Golfo para internacionalizar sus servidores de nube y competir con los servidores occidentales en el resto del mundo.

Como en la vieja Guerra Fría, los Estados intermedios juegan con dos barajas, lo que garantiza su creciente influencia. Mientras, el ciberespacio se fragmenta, reflejando la realidad multipolar que ya existe sobre los mapas políticos y convirtiéndose en un nuevo escenario que, por etéreo que parezca, tiene un poderoso anclaje geográfico.