En el momento de su máxima expansión, el Imperio británico llegó a englobar a más de 400 millones de personas. El Imperio chino de la dinastía Qing, en el siglo XIX, rivalizaba con aquel en número de súbditos. Aquellas estructuras imperiales compartían ciertos rasgos comunes, como la expansión territorial, la integración de poblaciones heterogéneas bajo una autoridad central y el establecimiento de jerarquías de poder claramente definidas. Sin embargo, el concepto de imperio no pertenece exclusivamente al pasado histórico, sino que constituye una categoría histórica dinámica que nos permite utilizarla como criterio de interpretación de las mutaciones del poder en cada época.
En este contexto, el renovado interés por Carl Schmitt ha recuperado su noción de imperio, formulada en El nomos de la Tierra (1950), como una forma de organización basada en grandes espacios (Großräume) dominados por una potencia que determina el orden político y jurídico en su interior. Frente al modelo westfaliano del Estado soberano –caracterizado por su delimitación territorial y la igualdad formal entre unidades políticas–, Schmitt proponía una visión jerárquica del orden internacional, en la que una potencia central configura las reglas del juego. Esta idea, lejos de ser un vestigio histórico, ofrece una clave interpretativa útil para analizar una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo: el ascenso de las plataformas digitales como actores centrales del poder global.
Las grandes corporaciones tecnológicas se configuran como nuevos actores en los equilibrios de poder mundial, cuya autoridad responde a una lógica de desterritorialización. Sin dominio sobre un espacio físico determinado, ejercen control efectivo sobre un espacio virtual global con impactos materiales sobre amplias capas de población. Como señala Timothy Garton Ash, compañías como Google, Meta o X no son Estados, pero operan como “superpotencias” capaces de condicionar la libertad de expresión a una escala superior…


