Autor: Thomas Robert Malthus. Traducción de P. de Azcárate Diz; Prólogo de J. M. Keyn.
Editorial: Alianza Editorial. Publicación original: 1798.
Fecha: 2016
Páginas: 304

Malthus tenía razón, pero al revés

España registra la tasa de fecundidad más baja de su historia. El economista que temió lo contrario merece ser releído hoy.
María Blanco González
 | 

España tiene una tasa de fecundidad de 1,16 hijos por mujer, la más baja de su historia y una de las más bajas del mundo. Europa envejece a un ritmo que ningún sistema de pensiones ha sido diseñado para aguantar. Y el libro canónico sobre demografía y recursos lo escribió un economista y clérigo anglicano que se equivocó de dirección. Thomas Robert Malthus temía que nos reprodujésemos demasiado.

 

El hombre y el libro

Thomas Robert Malthus (1766-1834) no era un panfletario de esquina. Era un economista serio, profesor en el East India College, contemporáneo y amigo-rival de David Ricardo. Cuando publicó en 1798, de forma anónima, su Primer Ensayo sobre el Principio de la Población, lo hizo como reacción a los optimistas ilustrados como Condorcet y Godwin, que creían en el progreso indefinido del género humano. Malthus les respondió con una verdad irrefutable: la naturaleza tiene sus propias cuentas.

 

La mecánica del argumento

Eargumento central es tan elegante como preocupante. La población, dejada a su libre curso, crece de forma geométrica: 1, 2, 4, 8, 16… Los recursos alimentarios, en cambio, solo pueden crecer de forma aritmética: 1, 2, 3, 4, 5… La brecha entre ambas curvas es inevitable. La naturaleza la cierra con lo que Malthus llamó “frenos”: los preventivos, como la abstinencia sexual o el matrimonio tardío, y los positivos, un eufemismo para referirse a catástrofes como el hambre, las epidemias y las guerras. La idea que subyace a este argumento es que el bienestar no es el estado natural de la humanidad y la escasez, sí. Cuando aumenta la población y presiona sobre los recursos, el salario per cápita baja hasta situarse por debajo del nivel de subsistencia y, entonces, lógicamente, empezará a disminuir la población debido a las hambrunas. Y eso explicaba que el crecimiento económico se viera “devorado” por una población creciente.

 

«La población mundial ha pasado de mil millones en su época a 8.000 millones hoy, y la proporción de personas en pobreza extrema ha caído de forma sostenida»

 

La profecía invertida

Por suerte, Malthus se equivocó. La revolución agrícola, la industrialización y la revolución verde del siglo XX multiplicaron la producción de alimentos muy por encima de lo que cualquier modelo aritmético podría haber previsto. La “trampa malthusiana” fue superada por el ingenio humano. La población mundial pasó de mil millones en su época a 8.000 millones hoy, y la proporción de personas en pobreza extrema ha caído de forma sostenida. La catástrofe no llegó.

Pero su fantasma sigue recorriendo el debate. Los neomalthusianos contemporáneos, principalmente desde ciertos sectores del ecologismo, sostienen que ahora sí, que el planeta no puede sostener a 8.000 millones de personas, que estamos destruyendo los recursos a un ritmo insostenible. El argumento es una mala interpretación malthusiana en su estructura, aunque se vista de verde.

Lo que este razonamiento ignora es la variable que el propio Malthus tampoco supo incorporar: el ingenio humano. En su obra Superabundance, coescrita con Gale Pooley, el analista Marian Tupy, del Cato Institute, ha documentado cómo el tiempo de trabajo necesario para adquirir recursos básicos no ha dejado de caer a lo largo de los siglos. Los recursos no son una cantidad fija que se agota, sino una función de la tecnología, la innovación y la imaginación humana. Malthus no contaba con ello.

 

La venganza de los jóvenes

Pero podemos encontrar en nuestros días la segunda distorsión, más cercana, polémica y triste. Y es el aumento del número de jóvenes que deciden no tener hijos. Y no es que los jóvenes españoles sean o no neomalthusianos ideológicos. Son, simplemente, personas que calculan. Y el cálculo que hacen es perfectamente racional dentro de sus condiciones reales.

Un mileurista en Madrid no puede permitirse un alquiler sin destinar más de la mitad de su sueldo. La edad media de emancipación supera los treinta años. La vivienda en propiedad es, para muchos, la aspiración de otra generación. En ese contexto, retrasar la maternidad, o renunciar a ella, no es una elección cultural caprichosa. Es una respuesta de adaptación ante una escasez real de espacio, de dinero y de seguridad.

 

«Hoy Malthus reaparece, pero invertido, no es el exceso de hijos lo que amenaza el equilibrio, sino la imposibilidad de tenerlos»

 

Malthus reaparece aquí, pero invertido, no es el exceso de hijos lo que amenaza el equilibrio, sino la imposibilidad de tenerlos. Y, probablemente, las consecuencias sistémicas son las que él habría reconocido: tensión intergeneracional, insostenibilidad del sistema de pensiones, contracción económica. El mecanismo es diferente, pero la lógica de fondo, no tanto.

 

Lo que vale de Malthus

La predicción de Malthus fue errónea. Pero su método no lo es. Lo que el Ensayo aporta al pensamiento económico no es una profecía, sino una forma de pensar. En concreto, que las variables están en tensión, que el bienestar no es gratuito, que las consecuencias no deseadas existen, y que el optimismo sin restricciones es una forma de ingenuidad peligrosa.

Nuestra España necesita precisamente ese pensamiento. No para concluir que estamos condenados, porque Tupy tiene razón en que el catastrofismo gratuito también es un error intelectual, sino para tomarse en serio las tensiones reales. La tensión entre el coste de la vivienda y la natalidad, entre el envejecimiento y la sostenibilidad fiscal, entre la precariedad laboral y el proyecto de vida.

 

«Las variables están en tensión, el bienestar no es gratuito, las consecuencias no deseadas existen, y el optimismo sin restricciones es una forma de ingenuidad peligrosa»

 

En la segunda edición, Malthus añadió al título un subtítulo revelador: una visión de sus efectos pasados y presentes sobre la felicidad humana. La recepción fue tormentosa, pero resultó extraordinariamente fértil, y le obligó a perfeccionarlo. Y en 1838, un joven naturalista llamado Charles Darwin lo leyó y encontró en él el mecanismo de la selección natural. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos, con la misma honestidad que Malthus, cuáles serán los efectos futuros de la demografía sobre la felicidad humana.