El movimiento conjunto refleja un intento de recomponer la coordinación transatlántica, tras meses de divergencias sobre la mejor estrategia para poner fin a una guerra que entra ya en su cuarto año.
Donald Trump ha impuesto por primera vez sanciones directas contra los dos gigantes petroleros rusos, Rosneft y Lukoil. “Ha llegado el momento”, declaró el presidente norteamericano, justificando una medida que marca un giro notable en su política hacia Moscú. Hasta ahora, la Casa Blanca había evitado tocar el corazón energético ruso, con el argumento de que las sanciones podían encarecer el crudo a escala global. La decisión responde a la “falta de compromiso serio” de Putin con un proceso de paz.
El paquete estadounidense implica además un riesgo para los compradores de crudo ruso en Asia: las empresas extranjeras que mantengan relaciones financieras con Rosneft o Lukoil podrán ser objeto de sanciones secundarias. Analistas del sector energético estiman que esta medida podría disuadir a refinerías en India o China de seguir adquiriendo petróleo ruso, reduciendo los ingresos que sostienen la maquinaria de guerra del Kremlin.
En paralelo, la Unión Europea aprobó su 19º paquete de sanciones desde el inicio de la invasión en 2022. La nueva ronda incluye una prohibición gradual de importaciones de gas natural licuado ruso (GNL), con un calendario que culminará el 1 de enero de 2027, cuando entrará en vigor el veto total a los contratos a largo plazo. Los países que aún compran GNL ruso –como Bélgica, Francia o España– podrán romper sus contratos invocando fuerza mayor, blindando así el compromiso de la UE de prescindir completamente del gas de Moscú antes de esa fecha.
El nuevo paquete también refuerza las restricciones financieras: amplía el bloqueo a bancos rusos y a entidades de Bielorrusia y Kazajistán, prohíbe las transacciones con Rosneft y Gazprom…

Más presión sobre Putin