Han pasado 75 años desde la puesta en marcha de la primera Comunidad Europea, 40 desde la adhesión de España. Sin embargo, parece que atravesamos un momento de particular incertidumbre, de confusión, sobre el presente y el futuro de la unidad europea.
Dicen algunos, con razón, que en la última década el proceso de integración ha logrado dar pasos que parecían imposibles: un plan de vacunación conjunto, a pesar de sus limitadísimas competencias en materia de salud; un Plan de Recuperación Económica tras la pandemia, financiado por una emisión conjunta de deuda pública europea; un plan, con un comisario al frente, para impulsar una industria europea de la defensa; una segunda emisión de deuda conjunta –con la exclusión de tres Estados miembros– para apoyar a Ucrania; un papel en la defensa del Estado de derecho, gracias a una novedosa jurisprudencia del Tribunal de Justicia…
Se han cruzado líneas rojas que, hace apenas una década, parecían infranqueables. “Antes muerta”, cuentan que afirmó Angela Merkel cuando en los años de la crisis financiera se planteó la emisión conjunta de deuda. En la dimensión jurídica del proceso europeo, las instituciones han encontrado caminos para superar importantes limitaciones. En la política, el poder y la visibilidad que hoy concentra la presidencia de la Comisión Europea eran impensables pocos años atrás.
Otros subrayan, sin embargo –y también con razón–, la debilidad de Europa. Señalan la pérdida de peso relativo de la demografía y de la economía europeas, la brecha de competitividad e innovación, la fragmentación persistente del mercado interior, la dependencia energética y de seguridad… Todo ello, en un entorno cada día más adverso, en el que Rusia constituye una grave amenaza y los Estados Unidos parecen haber perdido no solo el interés por Europa, sino también el respeto. “¡Última oportunidad!”, advertía Enrico Letta….

Muchas expectativas, pocas capacidades