Llegué a Kigali una semana después de que fuera derribado sobre el cielo de la capital ruandesa el avión en el que viajaban el presidente del país de las mil colinas, Juvénal Habyarimana, y su homólogo burundés, Cyprien Ntaryamira. Ese fue el pistoletazo de salida del genocidio que, entre abril, mayo y junio de 1994, en menos de cien días, causó la muerte de unos 800.000 ruandeses, miembros en su mayoría de la minoría tutsi.
A pesar de que la misión de Naciones Unidas en Ruanda, al mando del general canadiense Roméo Dallaire (que más tarde confesaría en sus memorias que le había “dado la mano al diablo”), había enviado informes incontestables a la sede de la ONU de que se estaba preparando una matanza a gran escala (habían interceptado partidas de machetes fabricados en China), no hubo reacción en Nueva York. El responsable en aquel momento de las misiones de paz, Kofi Annan (que se acabaría convirtiendo en el secretario general de la organización), trasladó las evidencias al Consejo de Seguridad. Nada se hizo. Peor aún: cuando ya era evidente que se estaba produciendo un genocidio, se redujeron el contingente y las capacidades de la misión en Ruanda. En la decisión de no involucrarse pesó la amargura estadounidense por el desastre de la intervención en Somalia, algo que el presidente Bill Clinton lamentaría en Kigali muchos años después.
La tentación de recurrir a fórmulas prestigiadas por el pedigrí literario, como el socorrido “corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, ha dado lugar a interpretaciones o lecturas manifiestamente maliciosas. Ha habido escritores de gran predicamento en la crítica del colonialismo, como el palestino Edward Said o el nigeriano Chinua Achebe, que han adscrito a Conrad a ese batallón insensible a los avatares de los pueblos colonizados y explotados. Me…

No dejar de volver a Ruanda