POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 84

Bomberos de Seattle examinan un vial sospechoso encontrado en un buzón de la ciudad, el 11 de octubre de 2001. TIM MATSUI/GETTY

Nuevas amenazas para la seguridad

¿Qué ha cambiado tras el 11 de septiembre y qué lecciones se pueden sacar de lo ocurrido en cuanto a la naturaleza de la amenaza?
Vicente Garrido Rebolledo
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George W. Bush pronunció un discurso en la Universidad de Defensa Nacional el pasado 1 de mayo, donde anunciaba su intención de desplegar un sistema de defensa antimisiles (NMD) para proteger el territorio de Estados Unidos (y el de sus aliados) de los ataques de países enemigos. La amenaza, en ese momento, estaba basada en dos premisas: la primera, que el ataque, a medio o largo plazo, provendría de uno de los llamados Estados “delincuentes”, como Corea del Norte, Irán o Irak; la segunda, que, inevitablemente, el ataque sería con misiles balísticos, con una alta probabilidad de que éstos portasen carga nuclear, química o biológica, lo que justificaba, en opinión de Bush, la puesta en marcha del NMD.

¿Qué ha cambiado tras el 11 de septiembre y qué lecciones se pueden sacar de lo ocurrido en cuanto a la naturaleza de la amenaza? En primer lugar, la constatación definitiva de que, en el siglo XXI, las amenazas a la seguridad de EEUU y de sus aliados no puede definirse exclusivamente en términos de actores estatales. Hasta esa fecha, Washington sólo consideraba la hipótesis de un ataque terrorista contra su propio territorio, lanzado (o apoyado) por un Estado irresponsable con un programa ambicioso de fabricación o adquisición de armas de destrucción masiva. Y ello, pese a dos excepciones significativas: el atentado en el World Trade Center de Nueva York en 1993 y los dos ataques simultáneos contra sus embajadas en Nairobi y Dar-es-Salam en 1998.

En segundo lugar, que el escudo antimisiles no es la panacea porque se centra en una única amenaza, la de los misiles balísticos susceptibles de llevar carga nuclear, química o biológica. Dichos misiles, a diferencia de lo que ocurre con los de crucero, no están al alcance de los grupos terroristas, entre otras cosas, porque la transferencia de los componentes y tecnología necesaria para su fabricación o adquisición es objeto de un estricto control, por ejemplo, bajo el Régimen de Control de Tecnología de Misiles (MTCR), del que son miembros en la actualidad 33 Estados. Por tanto, el NMD no garantizará tampoco en el futuro la seguridad del territorio de EE UU más allá de la eventualidad de un hipotético ataque con misiles balísticos que es, precisamente, el escenario menos probable.

Pero es más (y éste sería el tercer factor a tener en cuenta en la definición de las estrategias de defensa de EE UU en los próximos años), parece cuestionable, como ya ha sido puesto de manifiesto por algunos países como Francia, que el NMD pueda llegar a garantizar la total protección de EEUU y sus aliados en el supuesto de un ataque generalizado con misiles balísticos portadores de una carga de destrucción masiva.

 

11-S, atentados convencionales

Los ataques del 11 de septiembre, aunque de naturaleza nada común, fueron de carácter convencional. No se emplearon ni misiles, ni armamento nuclear, ni agentes químicos, ni biológicos; únicamente tres aviones cargados de combustible. Por ello, una primera reflexión ha sido: ¿puede EEUU garantizar la seguridad de su territorio y, en consecuencia, la de su población?; ¿qué actos terroristas podrían poner de nuevo en peligro dicha seguridad y demostrar, una vez más, que la gran potencia no es invulnerable?

Existen al menos tres amenazas para la seguridad de EE UU (y la de sus aliados) que deberán tenerse en cuenta a corto y medio plazo: la de un ataque con misiles de crucero, con o sin carga de destrucción masiva (descartamos un ataque con misiles balísticos porque, como ya señalamos, nos estaríamos moviendo en el ámbito de un posible ataque llevado a cabo por grupos terroristas y no por Estados) y la posibilidad de difusión en la atmósfera de agentes químicos o biológicos.

Comparados con los misiles balísticos, los de crucero son mucho más precisos, menos costosos (al menos, la mitad, teniendo en cuenta que la mejor forma de hacerse con un arsenal considerable de estos misiles es transformando diversos componentes procedentes de aviones militares en vehículos de ataque plenamente autónomos) y, debido a su estabilidad aerodinámica, resultan sustancialmente más efectivos que los balísticos si portan carga química o biológica (aumentando el área letal de un ataque biológico en, al menos, diez veces).

Entre la opinión pública está muy extendida la creencia (totalmente errónea) de que los misiles balísticos están inseparablemente ligados a las armas nucleares, químicas o biológicas y que, tarde o temprano, todo misil balístico portará una carga de destrucción masiva. Ésa es la idea que también se ha difundido de forma intencionada por la Casa Blanca a lo largo de los últimos seis años, pero por otra razón: justificar la necesidad de desarrollar el escudo antimisiles.

Sin duda, la mayoría de los países en posesión de misiles balísticos ha mostrado interés por desarrollar simultáneamente un programa nuclear propio. Pero a la mayoría les ha faltado los recursos necesarios para ello, o bien no han podido burlar los controles internacionales a la exportación de determinados productos y tecnologías de doble uso. Ése sería el caso de Arabia Saudí, que tras adquirir misiles DF-3 a China en 1988, recibió presiones por parte de EE UU para suscribir el tratado de no proliferación de armas nucleares (TNP). En el lado opuesto: Egipto, con un programa de misiles balísticos no nuclear (pese a las inversiones realizadas para la fabricación de misiles Scud y el desarrollo del Condor-2).

Además, hay que tener en cuenta que la posesión de un programa nuclear rudimentario no garantiza en absoluto la capacidad necesaria para fabricar misiles balísticos nucleares; la razón es muy simple: la necesidad de adaptar la carga nuclear al misil (entre quinientos y mil kilogramos).

Tampoco resulta sencillo transformar un misil balístico convencional para que pueda portar una carga química o biológica. Se precisan vehículos especiales de reentrada del misil en la atmósfera (que aseguren que la carga no se disperse antes de alcanzar el objetivo). Por otra parte, tanto los agentes químicos como los biológicos son muy sensibles a las altas temperaturas que se alcanzan dentro de un misil de largo alcance (el agente químico VX, por ejemplo, se deteriora a tan sólo 298 grados centígrados). Y además, en el supuesto de que el agente químico o biológico llegase a alcanzar su objetivo, la carga debe liberarse a una altura adecuada, que proteja al gas del viento y garantice su no dispersión.

 

«La posesión de un programa nuclear rudimentario no garantiza en absoluto la capacidad necesaria para fabricar misiles balísticos nucleares»

 

Los misiles de crucero van dirigidos a un único objetivo muy concreto, por lo que resultan más apropiados para atacar y destruir instalaciones logísticas como puertos o aeropuertos. Un Boeing 767, como el lanzado contra las Torres Gemelas de Nueva York, con máxima carga, pesa 187 toneladas, en sus tanques caben 72,5 toneladas de combustible y su velocidad mínima de sustentación para mantenerse en el aire es de cuatrocientos kilómetros por hora, es decir, lanzado a gran velocidad contra un objetivo tendría una capacidad de destrucción similar a la de un misil de crucero con carga convencional.

Pero a diferencia de que podría portar carga nuclear, química o biológica, sin muchos de los impedimentos a los que nos hemos referido y que afectan a los misiles balísticos, por lo que sería más fácil su lanzamiento contra una ciudad industrializada de EEUU o Europa, desde la plataforma de un barco fuera de las aguas territoriales de un Estado.

 

Misiles crucero

La mayoría de los misiles de crucero que se fabrican en la actualidad poseen un diseño aerodinámico liso y pueden volar muy bajo (a diferencia de los balísticos), ambas cosas para dificultar su detección. Pese a que Washington haya invertido en las dos últimas décadas miles de millones de dólares en defensas aéreas contra misiles de teatro, éstas resultan poco efectivas si el misil de crucero vuela demasiado bajo o emplea decodificadores o transmisores láser para causar interferencias para su localización. Es más, incluso en el caso que el misil de crucero volase a una altura más elevada, podría ser fácilmente confundido con aviones comerciales que fueran a la misma altura o por debajo de ellos y, en el último momento, derribar a los aviones.

A este respecto, no podemos dejar de mencionar el reto a la seguridad que supone la existencia de vehículos aéreos no tripulados y que al volar a velocidad y altura extremadamente bajas, no son tenidos en cuenta por muchos de los radares destinados a proteger el espacio aéreo a fin de no ocasionar constantemente falsas alarmas y colapsar el sistema de detección. Estos aviones sin piloto, en principio desarmados, pueden reconvertirse con facilidad y ser utilizados en operaciones militares tácticas, ya armados. En algunos casos, los aviones sin piloto están dotados de sistemas de guiado GPS o INS (Inertial Navigation System). Así por ejemplo, el Mirach 600, podría ser la base del misil de crucero iraquí Ababil, de 450 kilómetros de alcance.

Los riesgos de proliferación se incrementan si se tiene en cuenta además que, de los cuarenta Estados que tienen en la actualidad capacidad para producir este tipo de vehículos aéreos, tan sólo veintidós son miembros del MTCR. El dato es significativo, sobre todo, si se tiene en cuenta que la ayuda de un tercer Estado, que tampoco sea miembro del régimen, resulta en la mayoría de los casos determinante para desarrollar tecnología misilística de crucero.

¿Qué Estados poseen en la actualidad estos misiles? Realmente son pocos: Alemania, China, Corea del Norte, Emiratos Árabes Unidos, EE UU, Francia, India, Irak, Irán, Israel, Reino Unido, Rusia y Suráfrica. El alcance de los misiles abarca desde los 140 kilómetros del francés Apache-A, hasta los 2.000 kilómetros del AGM-86C estadounidense o incluso, los 2.500 kilómetros del Hong Niao-3 chino, aún en estado experimental.

Sin embargo, según las estimaciones de la CIA, habría al menos nueve países, al margen de los citados, que en un período de diez años podrían tener capacidad propia para fabricar misiles de crucero (LACMs).5 Si no se refuerzan los controles a la exportación de determinados productos y tecnologías de doble uso, dichos misiles podrían acabar en manos de algunos Estados que no son miembros del MTCR.

El refuerzo de dichos controles debe ir acompañado del reforzamiento de los sistemas de defensas aéreas de EE UU y el de sus aliados para hacer frente a una amenaza que, por los motivos señalados, parece más real que un hipotético ataque con misiles balísticos. Dicha medida resultaría también menos costosa que los 100.000 millones de dólares previstos para el despliegue del NMD a lo largo de los próximos quince años.

 

Armas químicas

Desde el 11 de septiembre se ha desatado una situación de paranoia colectiva entre la población estadounidense ante la posibilidad de que grupos terroristas enemigos de EE UU puedan lanzar un ataque con armas químicas o biológicas contra su territorio. A primera vista, la hipótesis no parece del todo descartable, sobre todo, si se tiene en cuenta una serie de precedentes al respecto.

En 1995, la secta Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) depositó unas bolsas de plástico con pequeñas cantidades de gas sarín y las introdujeron en tarteras y recipientes de bebidas que agujerearon y abandonaron en un andén del metro de Tokio. El resultado fue de doce muertos pese al método rudimentario elegido.

Tres años más tarde, el FBI detuvo a dos personas que planeaban un ataque similar en el metro de Nueva York, pero esta vez, con ántrax, una bacteria considerada arma biológica. Ese hecho provocó que, en mayo de 1998, el presidente Bill Clinton ordenase al ejército comenzar a crear un amplio inventario de medicamentos, especialmente de vacunas y antibióticos, para tratar a la población civil ante un eventual ataque terrorista con armas biológicas contra el territorio de EE UU.

Bill Clinton se basó también en la novela de ciencia ficción de Richard Preston The cobra event, cuyo argumento se basa en un ataque biológico que sumerge a Nueva York en el terror, para convencer al Congreso estadounidense sobre la necesidad de destinar cerca de 400.000 millones de pesetas al año para defender a EE UU del riesgo de un potencial ataque por parte de grupos terroristas con armas químicas o biológicas.

En la actualidad, el ejército de EEUU posee vacunas y antitoxinas específicas contra la turalemia o la viruela (pero no contra una de sus variedades más mortíferas, el virus Variola Major, sumamente contagioso, por cada nuevo caso se pueden infectar veinte personas), la peste contagiada por pulgas (pero no contra la forma en aerosol), el ántrax (pero no contra la versión más sofisticada de éste, el ántrax ruso o de Alibekov) y el botulismo (cuya toxina se adquiere al ingerir alimentos contaminados con la bacteria, provocando un envenamiento masivo muy grave).

Dichas vacunas tampoco abarcan todo el espectro de enfermedades ocasionadas por la utilización de virus y bacterias contra la población que, como en el caso de la variente U del virus de Marburg (parecido al ébola) pueden ser enormemente letales. Dicha variente, inventada en los laboratorios rusos en 1991, nunca formó parte del arsenal biológico soviético, que sí estaba en cambio compuesto por alrededor de veinte toneladas de viruela seca de uso bélico y el ántrax de Alibekov.

Sin embargo, según las declaraciones del que fuera uno de los máximos responsables del programa de armas biológicas ruso, el doctor Ken Alibek (Alibekov), se teme que algunos científicos rusos pudieran haberse llevado consigo, antes de emigrar a países sospechosos de estar desarrollando programas de armas biológicos, la variante U del virus de Marburg congelado, que sólo ha sido probado hasta la fecha en monos.6

Existen básicamente dos escenarios en los que los agentes químicos pueden ser emitidos al medio ambiente. El primero, en un ataque contra una factoría de armas químicas. El segundo, en un ataque militar directo con armas químicas. Los efectos de las emisiones de agentes químicos son diferentes en función del gas empleado: agentes nerviosos (como el tabún, el sarín, el somán o el VX), gases vesicantes (como el mostaza), gases asfixiantes (el cloro o el fosgeno) o gases no letales (como los lacrimógenos). El problema de los agentes químicos, pero sobre todo de los biológicos, es su versatilidad, lo que hace prácticamente imposible poder demostrar a priori su finalidad civil o militar.

Respecto a los agentes químicos, existe además una dificultad añadida: el elemento en cuestión se convierte en un arma química cuando la sustancia ha sido manipulada como bomba binaria. Éstas incluyen dos componentes que no son letales por separado, pero combinados en una bomba o artefacto similar (por ejemplo, un proyectil de 155 milímetros), sí lo son. Los agentes contenidos en dichas bombas se encuentran normalmente en estado líquido y, en la mayoría de los casos, los dispositivos que los contienen son giratorios, con el fin de que se mezclen bien los elementos químicos. El impacto sobre el objetivo abre la cápsula y el agente, ya letal, sale disparado como aerosol.

 

Armas biológicas

Las armas biológicas son de naturaleza muy distinta a las químicas. Éstas son un veneno que se convierte en letal al entrar en contacto con la piel (o ser inhaladas). Las biológicas son microorganismos, bacterias o virus que invaden el cuerpo, se multiplican dentro de él y, finalmente, lo destruyen. Se pueden utilizar como armas estratégicas, de ahí su enorme potencial destructor. Por el contrario, las armas químicas sólo tienen un uso táctico. Resulta prácticamente imposible poner suficiente cantidad de una sustancia química en el aire, con una concentración suficientemente elevada para matar a muchas personas en un territorio extenso.

Las armas químicas han sido muy utilizadas en conflictos armados. Además de en la Primera Guerra mundial, Libia fue acusada por la Asamblea General de las Naciones Unidas de haberlas utilizado en Chad, Rusia en Afganistán e Irán e Irak durante la guerra irano-iraquí. Aunque son muchos los Estados que han realizado experimentos con armas biológicas, ninguno de ellos ha reconocido oficialmente su utilización con seres humanos. Existen un total de trece Estados sospechosos de poseer o estar desarrollando armas biológicas, como Corea del Norte, Irán, Irak o Sudán, pero todos declaran que sus programas biológicos tienen una finalidad exclusivamente civil o farmacéutica.

En la actualidad, se estima que alrededor de veinte Estados tienen en marcha programas de fabricación de armas químicas, pero sólo dos lo han admitido abiertamente: EE UU y Rusia. Un tercer Estado, cuyo programa clandestino fue descubierto en 1991, es Irak que, no obstante, nunca ha admitido la finalidad militar de sus experimentos con agentes químicos. Además, pese a que no se necesiten sofisticados sistemas de lanzamiento para infringir a un país adversario o enemigo un daño certero, la mayoría de los Estados que las poseen han desarrollado una mínima infraestructura misilística, aunque más que con finalidad ofensiva, con efectos disuasorios.

Lo importante de las armas químicas o biológicas no es su número (como en el caso de las nucleares), sino su posesión efectiva, dado que su multiplicación en laboratorios es más sencilla, rápida y económica. Constituyen de ese modo una amenaza más política que militar y resultan mucho más efectivas como medida de chantaje ante la eventualidad de su utilización. Ésa ha sido al menos la lógica tradicional de los Estados que las poseen. Ningún país que disponga de agentes químicos o biológicos se atrevería a utilizarlos como arma letal directamente contra EE UU (aunque sí en conflictos regionales) por el temor a la represalia.

¿Qué sucede respecto a los grupos terroristas, que no responden nada más que a una lógica del terror? El temor se centra no en el hecho de que los terroristas se pongan a fabricar agentes químicos, bacterias o virus (aunque algunas fuentes señalan que durante 1996-98, la Verdad Suprema destinó más de ochocientos millones de dólares a la fabricación sin éxito de grandes cantidades de gas sarín), sino a su adquisición directa a los Estados fabricantes. Un ataque de dichas características a gran escala, con la finalidad de causar un número de víctimas elevado, parece poco viable, al menos en la actualidad. Como hemos señalado, no son muchos los Estados con capacidad química o biológica y por ello no resulta difícil su identificación. A corto y medio plazo, de llevarse a cabo alguna acción terrorista en ese sentido sería de tipo local y con daños limitados, sin que pueda descartarse la pérdida de vidas humanas.

En ese contexto, la puesta en práctica de algunas medidas de diplomacia preventiva, como el refuerzo de los controles a la exportación de productos y tecnologías de doble uso, puede servir para prevenir el agravamiento de la situación a medio y largo plazo. Se debe hacer más hincapié en el lado de la oferta, de los suministradores, más que en el de la demanda. Un primer paso podría ser, por ejemplo, un apoyo incondicional y unánime a los controles a la exportación de productos y tecnologías de doble uso realizados en el Grupo Australiano. Este foro, fundado en 1985 y del que son miembros más de treinta países, se encarga de coordinar las políticas y procedimientos nacionales de concesión de licencias a la exportación, entre otros, de equipos y tecnologías químicos y biológicos, así como de microorganismos genéticamente modificados.

Todo ello pasa también por una mayor transparencia en las declaraciones de los importadores, incluyendo la aceptación de inspecciones (o si se prefiere “visitas” a los laboratorios) que muchos Estados siguen sin aceptar por considerarlas actos de intrusión. Al respecto, hay que desear también que el Protocolo de Verificación de la Convención de Armas Biológicas de 1975 quede definitivamente adoptado en noviembre de 2001. En caso contrario, la comunidad internacional (incluido EE UU) perderá una oportunidad única de hacer este mundo un poco más seguro.