Autor: Graciela Mochkofsky (The Prophet of the Andes) y Claudio Lomnitz (Nuestra América)
Editorial: Alfred Knopf y Other Press
Fecha: 2022 y 2021
Páginas: 271 y 446

Profetas andinos

Dos nuevos libros rastrean de manera particular la presencia de judíos en el Perú del siglo XX. Desde un un carpintero mestizo (cholo) que fundó una secta cuyos miembros se convirtieron al judaísmo y emigraron a Israel, a la saga familiar cuyos fundadores estuvieron vinculados a los círculos de José Carlos Mariátegui, simpatizaban con la Unión Soviética e imaginaron una utopía que fusionaba lo andino con lo judío.
Luis Esteban G. Manrique
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“Nada de lo que alguna vez aconteció puede darse por perdido para la historia”.

Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia (1940)

 

A fines del verano de 1654, dos navíos anclaron en la rada de Nieuw Amsterdam, capital de Nieuw-Nederland, la solitaria colonia holandesa rodeada de una larga cadena de colonias inglesas que se extendían desde Terra Nova hasta los dominios españoles de la península de Florida. Uno de ellos fue un barco holandés, el St. Catrina, procedente de Recife, Pernambuco, en el nordeste brasileño. Según los registros oficiales del puerto, descendieron de él 23 judíos sefardíes, los primeros que pisaban Manhattan, que con el correr de los años sería la mayor ciudad judía del mundo, incluso por encima de Tel Aviv.

Recife fue capturada en 1630 por una escuadra holandesa de 66 embarcaciones y 7.280 hombres, en el mayor esfuerzo militar que había emprendido hasta entonces la Geoctrooieerde Westindische Compagnie (la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, conocida como WIC), el consorcio privado que financió la expedición naval para hacerse con la zona azucarera más grande y rica del mundo. Por entonces Brasil estaba bajo dominio de la Monarquía Hispánica de los Austrias por la unión dinástica aeque principaliter (1580-1640) con Portugal.

Entre 1630 y enero de 1654, cuando la Corona portuguesa lo recuperó tras meses de combates, el Brasil holandés –Nieuw Holland– llegó a extenderse desde Sergipe a Ceará. Muchos de los antiguos colonos regresaron a los Países Bajos, pero otros prefirieron establecerse en las colonias neerlandesas del Caribe y América del Norte. El St. Catrina, llevado por los vientos, tuvo que detenerse antes en Jamaica y en el cabo de San Antonio (Cuba) antes de enrumbar hacia Niew Amsterdam, que tras la firma del tratado de Westminster (1674) pasó a manos de los ingleses.

Los 23 sefardíes –cinco familias y tres varones solteros– aparecían en las actas de 1648 de la congregación Tzur Israel de Recife, la primera comunidad judía fundada en el Nuevo Mundo y que atrajo a sefardíes de todo el Mediterráneo, desde Tánger a Rodas y Salónica. Con tres askenazís –Jacob Barsimon, Asser Levy y Solomon Pietersen, que habían llegado poco días antes de Amsterdam— completaron el minyán –מניין, el quórum mínimo de 10 adultos requerido para ciertos ritos religiosos– para celebrar el Rosh Hashana del año 5415 del calendario judío (12 de septiembre de 1654). En 1682, sus descendientes fundaron la primera sinagoga sefardí de Nueva York, Shearith Israel. Solo en 1825 los askenazís fundaron la segunda, B’nai Jeshurun.

 

Los olvidados

La congregación Tzur Israel de Recife se creó por la participación en el accionariado de la WIC de la próspera comunidad sefardí hispano-portugués que floreció en los Países Bajos tras la independencia de las siete provincias unidas de los Austrias españoles. Isaac Aboab da Fonseca, bisnieto del último gaón de Castilla (los gaonim eran los líderes de las comunidades judías medievales) fundó la sinagoga de Recife en 1636. Da Fonseca nació católico en 1605 en Castro d’Aire (Portugal), pero de muy niño sus padres lo llevaron a Ámsterdam, donde la familia regresó al judaísmo en 1612.

Los sefardíes contribuyeron decisivamente al enriquecimiento de la Republiek der Zeven Verenigde Nederlanden a través de sus conexiones con redes comerciales que se extendían desde Amberes hasta la península Ibérica, Livorno, Venecia, Esmirna y El Cairo, desde donde se prolongaban hasta las costas africanas, el Caribe y las indias occidentales y orientales.

Según escribe Seymour Liebman en Requiem for the Forgotten (1982), la madre patria de las comunidades judías americanas corresponde en justicia a Brasil, porque de la colonia original de Niew Holland se desgajaron las de Jamaica, Curaçao, Surinam, Tobago, Barbados, Antigua y Guadalupe; esta llegó a ser conocida como le petit Brasil y Curaçao como la Amsterdam del Caribe, porque en el siglo XVIII los sefardíes llegaron a representar la mitad de la población blanca.

Su sinagoga Brajá Veshalom, construida en 1685 y aun abierta, es la más antigua de las Américas.

 

La Jerusalén holandesa

Los persecuciones inquisitoriales en la península Ibérica tras el edicto de expulsión de 1492 llevó a muchos conversos a buscar refugio primero en Burdeos y luego en Flandes, donde florecieron los negocios de la naçao portugueza o hespanhola, hebreas. No es extraño. Hasta 1740, el comercio exterior holandés excedió en volumen al de cualquier otra potencia europea.

Los sefardíes de la Jerusalén holandesa dominaban el comercio de diamantes y había hasta armadores –y piratas– judíos. Su más célebre miembro fue Baruj Spinoza (1632-1677), que fue excomulgado por los hajamim (חכם, sabios) de la comunidad de Amsterdam, que en 1676 había inaugurado la suntuosa Esnoga, la mayor sinagoga de Europa y en la que la liturgia era en hebreo, portugués y judeoespañol.

Los orígenes familiares de Spinoza se remontaban a la villa burgalesa de Espinosa, en donde sus antepasados conversos eran una poderosa familia que incluía al cardenal y gran inquisidor de Castilla, Diego d’Espinosa. En 1628, el abuelo de Baruj fue la cabeza de la comunidad sefardí de Amsterdam.

En Brasil, donde casi la mitad de los colonos eran sefardíes, las mayores plantaciones del valle del río de Pernambuco eran propiedad de 12 grandes varones judíos del azúcar. La más grande era más extensa que Portugal mismo.

La restauración en 1640 de la Corona portuguesa marcó el principio del fin del Brasil holandés, desde el que las redes de comerciales de los cristaos-novos se extendían hasta Potosí, en el Alto Perú, el Cusco y El Callao.

En los virreinatos españoles, los portugueses corrían el riesgo de caer en manos del Santo Oficio. El proceso de 1639 –conocido como de la gran complicidad por sus numerosos implicados, 63 judaizantes, la mayoría comerciantes–, concluyó con la condena a la hoguera de Manuel Bautista Pérez, natural de Coimbra y el hombre más rico del virreinato peruano. Otro de los condenados fue Francisco Maldonado da Silva, cirujano de Tucumán e hijo de conversos que había regresado por su cuenta al judaísmo. Maldonado, que estuvo preso durante meses en Lima, es el personaje central de La gesta del marrano (1982), la famosa novela del escritor argentino Marcos Aguinis sobre el proceso de 1639.

 

Marranoscajamarquinos

En 1996, se creó en Recife la Asociación Religiosa Sefardí B’nei Anusim, que se dedica a guiar en su regreso al judaísmo a los descendientes de los cristaos-novos de antaño. Y no es el único caso. En la región andina peruana de Cajamarca, famosa porque Francisco Pizarro capturó allí a Atahualpa, el último inca del Tahuantinsuyu, existe una provincia, Celendín, conocida por sus habitantes, los chilicos, un grupo de familias de piel, ojos y cabello claros.

Según sus tradiciones familiares, sus antepasados llegaron a Celendín provenientes del norte de Brasil tras remontar el Amazonas y el Marañón. Cajamarca es conocida en el Perú por ser tierra de escritores, entre ellos Ciro Alegría, autor de El mundo es ancho y ajeno (1941) y Carlos Castaneda, autor de Las enseñanzas de Don Juan (1968) sobre brujos yaquis mexicanos.

Pero también de famosos políticos como Alfonso Barrantes, primer alcalde marxista de Lima, y Eudocio Ravines, fundador del Partido Comunista Peruano y discípulo de José Carlos Mariátegui (1894-1930), uno de los más importantes teóricos marxistas latinoamericanos del siglo pasado. Ravines fue el único político peruano que, como alto miembro del Komintern en los años treinta, conoció personalmente a Stalin y Mao.

En 1951, Ravines publicó The Yennan way (La gran estafa en su edición mexicana de 1952), que como otros famosos excomunistas –Koestler, Gide, Silone…–, explicaba su trayectoria política en términos religiosos de conversión, crisis de fe y apostasía. En la guerra civil española, Ravines se vio involucrado en las purgas estalinistas en Barcelona y probablemente, según cuenta en La gran estafa, en el secuestro y desaparición de Andreu Nin, antiguo secretario de Trotsky, y del anarquista Buenaventura Durruti, en cuyos círculos el misterioso camarada –y traidor en ciernes– se había infiltrado.

En Europa, Ravines firmaba, adulterando su apellido, como Rabines, sin duda para aprovechar el prestigio judío en la lucha antifascista. O quizá porque conocía la leyenda de los chilicos. Ravines recordaba Celendín como una comarca fértil, pero en la que el milagro de la naturaleza acentuaba el contraste con la miseria y el abatimiento de sus gentes.

 

Incas judíos

En The Prophet of the Andes, Graciela Moschkosky, periodista argentina colaboradora de The New Yorker, añade un nuevo personaje a esa larga serie de cajamarquinos excéntricos: Segundo Villanueva (1927-2008), un carpintero mestizo (cholo) que fundó una secta cuyos miembros se convirtieron al judaísmo y emigraron a Israel. Cuando Segundo tenía 17 años, su padre fue asesinado y le legó como única herencia una Biblia que le inspiró una obsesiva —y vitalicia— búsqueda del mensaje divino que contenían, u ocultaban, sus páginas. La tierra de Canaán que describían las escrituras, escribió, se parecían extrañamente a Cajamarca, “llena de burros y cabras, ubres y leche y cosechas abundantes o arruinadas”.

Tras años de estudios, renegar del catolicismo y explorar las creencias de adventistas, metodistas, pentecostales y otros grupos protestantes, se convenció de que la única religión verdadera era el judaísmo, al menos el que él había concebido tras sus lecturas veterotestamentarias. Desde principios de los años sesenta, su improvisada sinagoga y su carisma personal comenzaron a atraer a decenas y luego centenares de fieles que vieron en él una especie de profeta.

Al encontrar solo indiferencia o abierto rechazo en la elitista comunidad judía peruana, Villanueva fundó en 1986 su propia congregación, B’nei Moshe (hijos de Moisés) para embarcarse en el largo y arduo proceso de ser reconocidos oficialmente como judíos por el Gran Rabinato de Israel tras un proceso de conversión ortodoxo (גיור , giyur). Tras el ascenso del cristianismo, el judaísmo dejó de ser una fe proselitista.

En Lima, el rabino Abraham Benhamú, entregó a Villanueva el Shulchan Arush, un compendio de tradiciones y costumbres judías escrito en 1563, para desalentarlo. Según escribe Mochkofsky, Benhamú creyó que el texto debía dejarle claro quién era judío y quien no y por qué un cholo no podía ser un judío. En un país multirracial en el que los cholos son mayoría, hasta los sefardíes de piel más oscura son considerados blancos, lo que explica que la cerrada comunidad judía limeña viera en los cajamarquinos a arribistas con ansias de escalar la pirámide pigmentocrática peruana convirtiéndose al judaísmo.

 

«La comunidad judía limeña vieía en los cajamarquinos a arribistas con ansias de escalar la pirámide pigmentocrática convirtiéndose al judaísmo»

 

Pero los B’nei Moshe no dieron su brazo a torcer. En 1981 uno de ellos, Víctor Chico, ganó un concurso sobre la Biblia convocado por la Voz de Israel y cuyo premio era un viaje de dos semanas al Estado judío para participar en la final mundial. En una escena memorable, Villanueva y sus discípulos van a una de las sinagogas de Lima limeña para pedir ser circuncidados. Ante la negativa rabínica, pagaron a un cirujano privado para que les cortara el prepucio, 60 dólares cada uno.

 

En Judea y Samaria

Al final, los B’nei Moshe llamaron la atención de rabinos israelíes como Zvi Yehuda Kook, obsesionados con encontrar a las tribus perdidas de Israel, desaparecidas tras la conquista asiria de 772 a.C, para que repoblaran Judea y Samaria. Es decir, los territorios palestinos ocupados por el Estado de Israel tras la guerra de los seis días de 1967. Así, Villanueva, que adoptó el nombre hebreo de Zerubabel, y medio centenar de “judíos incas”, como los llamó la prensa israelí, terminaron en Elon Moreh y Alon Shvut, asentamientos judíos en Cisjordania, acusados por los judíos liberales de ser carne de cañón contra los palestinos.

A través de una minuciosa labor indagatoria, Mochkofsky documenta con detalle un desconocido capítulo de la historia religiosa moderna: la creación de un judaísmo sin pasado ni tradición y para el que el moderno Estado de Israel es una promesa de redención espiritual y material. Según Eliahu Birnbaum, juez en la corte de conversión del Gran Rabinato de Israel nacido en 1958 en Uruguay, los conversos (bnei anusim, “forzados”, en hebreo) fueron arrancados del pueblo de Israel, pero sus almas están ahora despertándose de un sueño de siglos para reclamar su identidad perdida.

Al final, sin embargo, la temida avalancha de conversos latinoamericanos –incluidas una treintena de comunidades colombianas, cinco ecuatorianas, una docena de mexicanas…–, forzó en 2010 a Israel a decretar que solo ciudadanos israelíes podrían convertirse al judaísmo en Israel, con lo que la aliyah es hoy casi imposible para conversos latinoamericanos.

En todo momento, Zerubabel, como Spinoza antes que él, no dejó de ser una espina clavada en sacerdotes, pastores y rabinos. En la ansiada tierra prometida tampoco encontró serenidad espiritual, inclinándose al final de sus días por el karaísmo, una corriente judía que solo reconoce la Torá, los cinco libros de Moisés y no el Talmud, la tradición oral del judaísmo rabínico.

La historia de Moschofky es la de un viaje sin destino final, que hace de Villanueva no una figura profética o mesiánica sino trágica: la de un buscador incesante que no encuentra nada nunca. Murió en Jerusalén con la mente extraviada en el laberinto del Alzheimer. En el folklore medieval europeo su figura es familiar: la del judío errante, una personificación metafórica de la diáspora.

 

Judíos errantes

Joseph Roth, nacido en Galitzia, por entonces en el Imperio austrohúngaro, publicó en 1927 Juden auf Wanderschaft (Los judíos errantes), sobre la diáspora de askenazís del este de Europa, muchos de ellos de Bukovina y Besarabia, en las actuales Ucrania, Moldavia y Rumania. En ellas los judíos, de lengua yiddish, un dialecto germánico-hebreo, eran mayoría en ciudades y pueblos como Nova Sulitza, en la frontera entre los imperio Ruso y Austro-Húngaro.

De Besarabia llegaron a Lima en los años veinte Misha Adler y Noemí Milstein, abuelos maternos de Claudio Lomnitz, antropólogo de la Universidad de Columbia, chileno de nacimiento y autor de importantes libros sobre México. Sus introspectivas memorias familiares –aparecidas en castellano en 2018 en México y en inglés en 2021–, rastrean la odisea de sus abuelos desde la Europa infestada de antisemitismo a Chile, Perú, Colombia, Israel, California y México.

Sus recuerdos, documentos, testimonios y fotos complementan, providencialmente, el libro de Moschovsky con una historia no menos fascinante y también entrelazada con la historia peruana, añadiendo un nuevo valioso título a la creciente bibliografía –Seventh Heaven (2019) de Ilans Stavans, Cartas de Cuba (2021) de Ruth Behar– sobre los judíos en Di andere Amerike, “la otra América” en yiddish.

Íntimas y colectivas al mismo tiempo, las memorias de Lomnitz reflexionan a cada paso sobre la forma en que el pasado y la historia configuran las historias individuales, a veces hasta límites extremos. Adler y Milstein, los abuelos de Lomnitz, formaron parte del círculo íntimo de Mariátegui, que en 1928 fundó el Partido Socialista peruano.

 

«Las memorias de Lomnitz reflexionan a cada paso sobre la forma en que el pasado y la historia configuran las historias individuales, a veces hasta límites extremos»

 

El 11 de noviembre de 1929, en la recta final del oncenio, el régimen autocrático de Augusto B. Leguía ordenó allanar la casa limeña de Mariátegui, donde publicaba Amauta, la revista que fundó en 1926 y dirigió hasta su muerte en 1930. En la redada la  policía detuvo a cerca de 180 personas, entre ellos a los abuelos de Lomnitz.

En 1919 Leguía había alentando la inmigración europea para “mejorar la raza”, concediendo pasajes gratuitos a los potenciales emigrantes. Solo se excluyó a gitanos, no a judíos. En 1929, dijo, en cambio, que trataba de abortar una “conspiración judía”, presuntamente urdida desde Moscú.

Mariátegui vivía en el Chirimoyo, un barrio en el que vivían varias familias judías, la mayor parte de Besarabia, por lo que los limeños lo llamaban en esos años la “pequeña Rumania”. Hacia 1912, habían empezado a llegar de Rumanía y Polonia, sumándose a las pocas familias judías de origen alemán, que fundaron en 1870 la primera sinagoga peruana, y sefardíes de Marruecos, Salónica y otros territorios otomanos. Entre las familias rumanas estaban los Eidelman, Gans, Vainstein, Gleiser, Waisman, Ackerman, Ellenbogen… En 1923 fundaron la Unión Israelita del Perú.

Muchos de ellos se dedicaron al comercio ambulante –klappers en yiddish–, viajando al interior para comprar y vender mercaderías a crédito. Hacia fines de los años cincuenta, las familias judías dispersas comenzaron a regresar a Lima para dar sus hijos un entorno social judío que les permitiera encontrar parejas para el matrimonio.

 

Utopía andina

Con solo una generación, la comunidad floreció y enriqueció, integrándose a las elites limeñas y adoptando las actitudes aristocráticas que describe Mosckovsky con detalle. Los judíos rumanos que rodeaban a Mariátegui, sin embargo, eran socialistas y admiradores de la Unión Soviética como Adler y Milstein, que publicaron en Lima su propia revista: Repertorio Hebreo.

En su primer número, Mariátegui publicó una nota, “Israel y el mundo”, en la que fusionaba el mesianismo judío y la utopía andina. El problema era que judíos y revolucionarios eran una mezcla intolerable para los círculos filofascistas. En noviembre de 1930, el nuevo gobierno del general Sánchez Cerro, que derrocó a Leguía, expulsó a la pareja del país.

 

«El problema era que judíos y revolucionarios eran una mezcla intolerable para los círculos filofascistas»

 

Por su experiencia europea, Misha y Noemí, que habían pasado de ser miembros de una raza “inferior” a una “superior”, podían dar fe de las perversiones de los mitos raciales, por lo que se identificaron con los indígenas peruanos, en los que admiraban su capacidad para conservar vivas sus lenguas y señas de identidad, una experiencia que no les resultaba ajena. En 1940 había 314.000 judíos en Bukovina y Besarabia. En 1942, tras el exterminio nazi, solo 19.500.

Adler y Milstein terminaron en Cali, donde se casaron en 1931. Tras la boda, viajaron a París, donde Misha estudió en el Institut d’Ethnologie que dirigía Paul Rivet, fundador del Musée de l’Homme en París. Ante la imposibilidad de obtener  la  ciudadanía, regresaron por dos años a Nova Sulitza para tratar de convencer a los padres de Misha, Herschel y Leah, de que emigraran con ellos a América para escapar del antisemitismo. Ambos murieron en la Shoá.

La madre del autor, Larissa, que se educó en yiddish, ruso, rumano y francés, que aprendía y olvidaba uno tras otro, se negó a hablar durante meses cuando se le trató de imponer un quinto, el castellano de Colombia, lo que explica el subtítulo del libro: “Mi familia en el vértigo de la traducción”.