POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 109

Pornsak Namjaidee, de tres años, alimenta a los patos de su granja en Suphanburi (Tailandia, octubre 2005). AP

JOYA DE ARCHIVO: ¿Pueden enseñarnos algo los pájaros sobre salud?

Más de un 60% de las enfermedades infecciosas conocidas son comunes a animales y humanos. El comercio sin control de flora y fauna y el transporte masivo de animales advierten de la necesidad de desarrollar un nuevo paradigma sanitario.
William B. Karesh y Robert A. Cook
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Los brotes de gripe aviar y otras nuevas enfermedades están sorprendiendo a la opinión pública, desbaratando la globalización, provocando enormes pérdidas económicas y poniendo en peligro los negocios y las relaciones diplomáticas. Puesto que existen cientos de enfermedades comunes a humanos y animales, muchas de ellas conocidas desde la antigüedad, quizá el hecho más inquietante sea que estemos sorprendidos. Estas afecciones, que pueden cruzar la barrera definida por los hombres entre animales y personas, no dependen de los humanos para su perpetuación y viven fácilmente fuera del alcance de las más modernas intervenciones de salud pública.

Esta realidad exige que reexaminemos estrategias básicas para el control de enfermedades, incluidas las suposiciones de los años cincuenta que declararon cerrado el capítulo sobre la amenaza de las enfermedades infecciosas. Ese limitado punto de vista urbano sobre la salud humana no sólo era ingenuo, sino que desvió los recursos económicos e intelectuales necesarios para lidiar con el mundo moderno de los viajes y el transporte rápido de mercancías y personas, una densidad de población humana más elevada, una demanda de proteínas en rápido crecimiento y una dependencia cada vez mayor de la producción intensiva de ganado. No reconocer el papel del movimiento natural de animales y plantas provocado por el hombre en la inadvertida propagación de enfermedades, junto con el efecto de la modificación del ecosistema a la hora de facilitar la aparición de afecciones, no hace sino aumentar los desafíos para la prevención de las enfermedades de hoy día.

Aunque muchos en el mundo desarrollado apenas reconocerían la carne no empaquetada en plástico, la gran mayoría de los humanos del planeta sigue viviendo en un mundo como el de nuestros abuelos y compran la comida fresca, salada o ahumada en mercados al aire libre, o la cultivan y recolectan ellos mismos. Casi todos los casos humanos de la nueva cepa H5N1 de la gripe aviar se han asociado con personas en contacto directo con la sangre fresca o los tejidos crudos de pollos o patos domésticos infectados. Esta transmisión vírica se ve facilitada por los gustos y costumbres culturales, además de por cuestiones más comunes relacionadas con prácticas de higiene.

En gran parte del mundo no existen sistemas de inspección para mercados de animales vivos o frescos y, en muchos países, poca gente tiene acceso a una buena asistencia sanitaria, a educación sobre higiene o a vacunas y antibióticos comunes. El transporte de animales y productos derivados de ellos, que incluye a cientos de especies de la naturaleza, también ofrece un pasaje seguro e internacional para sus bacterias, virus, hongos e incluso las proteínas priónicas que provocan enfermedades insidiosas como el síndrome de las vacas locas y el trastorno crónico degenerativo en ciervos y alces. Ésta ha sido la ruta más común para la propagación de la gripe aviar en aves de corral, pero con frecuencia no se reconoce.

Mientras tanto, ningún gobierno o agencia multilateral es responsable de la vigilancia y la prevención de la miríada de enfermedades asentadas en todo el mundo, ni tiene capacidad para ello. No se responsabiliza a ninguno de ellos para que reivindique con vigor el más sencillo de los conceptos: que la salud de las personas, los animales y el medio ambiente en el que todos vivimos está inextricablemente relacionada. Por desgracia, los grandes triunfos derivados de la especialización en los campos de la salud humana, pública, ganadera y de la flora y fauna han tenido como consecuencia un orgullo académico desmedido y una menor comunicación entre disciplinas. La gripe aviar sirve como el recordatorio más reciente de que, en realidad, sólo existe “una salud”.

En todo el mundo se dan instrucciones y se financia a los departamentos de agricultura para que protejan al sector ganadero. Las pantallas de radar se configuran para que sólo parpadeen cuando el ganado está amenazado. Ni siquiera las recientes preocupaciones sobre “agroterrorismo” han hecho lo suficiente por apoyar la difusión global necesaria para comprender y reducir enfermedades en todo el mundo, antes de que lleguen a las costas de un país determinado. Las prioridades de la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO, siglas en inglés) son la producción de ganado y las cosechas; habitualmente se han destinado pocos recursos a explorar los vínculos entre la salud de las plantas silvestres y los animales salvajes con la de sus parientes domesticados. Las peticiones más recientes de financiación por parte de la FAO para prepararse ante la propagación de la gripe aviar y prevenirla han recibido un apoyo económico insuficiente. La Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE, en sus siglas francesas) dispone de un comité de voluntarios integrado por seis personas que se reúnen tres días al año para abordar todas las cuestiones relacionadas con la salud de la fauna y flora del mundo. No es suficiente, ni mucho menos. El cometido de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es la salud humana, pero sólo puede responder si recibe la invitación oficial de un país que puede conocer o no la presencia de una enfermedad y que puede querer o no desvelarla. Hacerles esperar a que suene el teléfono no ofrece demasiada seguridad al mundo. No se ha encargado a ninguna agencia gubernamental u organización multilateral que reúna los conocimientos e iniciativas que abarcan la diversidad de las amenazas de enfermedades hacia las personas, los animales domésticos y la vida salvaje. Nadie garantiza que las soluciones sanitarias se basen en las aportaciones de experiencia de profesionales sanitarios especialistas en seres humanos, animales domésticos y fauna y flora e, igualmente importante, que se comuniquen en unos términos que motiven con eficacia a todos los interesados.

Resulta evidente que existe una necesidad urgente de un nuevo paradigma sanitario que no sólo integre los esfuerzos de grupos dispares, sino que también equilibre sus respectivas influencias para prevenir las lagunas que ahora empezamos a reconocer. A menudo, los efectos inmediatos de la enfermedad son la menor de las preocupaciones. Las enfermedades infecciosas en personas y animales son impulsores de la pobreza y el malestar civil asociado, trastornan los servicios “gratuitos” del ecosistema como el agua potable y la polinización de las plantas, y pueden echar a perder unas iniciativas de desarrollo económico por lo demás bien planeadas y sostenibles, como el turismo de impacto reducido.

 

El mejor amigo del hombre

Análisis recientes indican que más de un 60 por cien de las 1.415 enfermedades infecciosas conocidas en la actualidad para la medicina moderna son comunes a humanos y animales. Desde un punto de vista antropocéntrico, la mayoría de estos agentes infecciosos se clasifican como zoonóticos, término que describe afecciones animales que infectan a las personas. El ántrax, la fiebre del valle del Rift, la peste, la enfermedad de Lyme y la viruela del mono son sólo unos cuantos ejemplos. El otro grupo, el de las enfermedades antropozoonóticas, que cruzan las fronteras entre especies, recibe menos atención. Estas infecciones se hallan habitualmente en humanos pero pueden infectar, y así ocurre, a los animales. El herpes, la tuberculosis y el sarampión humanos se pueden transmitir a diversas especies animales con consecuencias devastadoras. Esta división tradicional de los agentes infecciosos en dos grupos es cómoda para fines docentes, pero ignora el concepto más genérico y fundamental de que estas enfermedades pueden ir de acá para allá y modificar sus características por el camino. La gripe aviar es sólo una enfermedad que está instruyendo al mundo médico sobre la necesidad de adoptar un punto de vista más holístico.

Desde 1980, han surgido unas 35 enfermedades infecciosas nuevas en humanos, aproximadamente una cada ocho meses. El consenso de la opinión científica sobre el origen del virus de inmunodeficiencia humana (VIH/sida) lo relaciona con el consumo humano de primates no humanos junto con los virus de inmunodeficiencia del simio, que se calcula tuvo lugar en África a finales de la primera mitad del siglo XX. Los recientes brotes de fiebre hemorrágica del ébola en humanos de África tienen una historia similar. La primera vez que el mundo occidental reconoció la afección fue cuando apareció en la República Democrática del Congo en 1976, en los alrededores del río Ébola. El virus infectó a personas, gorilas, chimpancés y monos. Cuando los cazadores de subsistencia descubrían a un animal enfermo o muerto en el bosque, lo interpretaban como un golpe de suerte y se lo llevaban a casa para alimentar a su familia y comerciar con los vecinos. Luego el virus del ébola infectó con facilidad a quienes manipulaban la carne, y a ello le siguió una cadena de contactos e infecciones. El rastro de cada uno de los brotes humanos en África central a finales de la década de los noventa y los primeros años del presente siglo conduce hasta seres humanos que manipulan monos grandes infectados.

 

«Desde 1980, han surgido unas 35 enfermedades in­fec­cio­sas nuevas en humanos, una cada ocho meses»

 

El “coronavirus” del síndrome respiratorio agudo severo (SARS, o neumonía atípica) se ha asociado con el comercio de animales salvajes. Esta enfermedad apareció por primera vez en la provincia china de Guangdong a finales de 2002. La gente empezó a quejarse de fiebre alta, tos y diarrea, y finalmente desarrolló una neumonía grave. Era una afección desconocida y muy contagiosa. En cuestión de semanas, se propagó a los cinco continentes a través de alguien alojado en un hotel de Hong Kong. En julio de 2003, la OMS contabilizó 8.437 casos, con 813 muertes. Debido principalmente a una falta de comprensión sobre esta “nueva” enfermedad, los viajes y el comercio globales se vieron alterados a medida que se extendía el miedo. Finalmente, se descubrió que el culpable era el coronavirus (una familia de virus que se encuentra en numerosas especies animales). Estudios epidemiológicos han concluido que las primeras infecciones humanas se produjeron efectivamente a través del contacto con animales, aunque no se han identificado las especies exactas de forma definitiva. En las semanas posteriores a la neumonía atípica, el gobierno chino respondió cerrando los mercados de animales vivos. En un periodo de 10 días se confiscaron cerca de un millón de animales, muchos de ellos traídos de otras partes del mundo con sus virus y bacterias exóticos. Los animales se mezclaron y se aparearon, estaban expuestos a los excrementos de los demás e incluso servían de alimento unos a otros. Si un virus o una bacteria esperaran llevarse el premio gordo de saltar de una especie a otra, el ir a los mercados de Guangdong sería como comprar un millón de billetes de lotería.

A finales de mayo de 2003, se comunicaron los primeros casos de una misteriosa enfermedad desde hospitales de Wisconsin, Illinois e Indiana, donde la gente se presentaba con úlceras cutáneas y fiebres. La mayoría de los pacientes había estado en estrecho contacto con perros de las praderas domésticos. Un comerciante de mascotas había criado a los animales con roedores africanos importados, que habían transmitido la viruela del mono a los perros de la pradera. Un distribuidor de animales de Milwaukee había vendido los perros de la pradera infectados a tiendas de mascotas de la ciudad y en un intercambio de animales en el norte de Wisconsin. Los roedores africanos habían sido enviados de Ghana a Tejas el mes anterior. Varias especies importadas a la vez para el comercio de mascotas portaban el virus, entre ellas  ardillas arborícolas, ratas de Gambia capturadas furtivamente y lirones. A principios de julio, se comunicaron 71 casos humanos a los centros para el control y la prevención de enfermedades de seis Estados del medio Oeste, pero nadie falleció. En este momento es imposible saber cómo o dónde se vertieron restos animales durante el episodio, o si los propietarios, movidos por el pánico, soltaron a perros domésticos y, en ese caso, a cuántos.

En aquel momento, cualquier roedor africano que no estuviera en peligro de extinción podía enviarse legalmente a Estados Unidos como mascota. La importación de enfermedades era previsible, y probablemente evitable si los programas internacionales de vigilancia multiespecies y de intercambio de información hubieran estado en vigor. Los expertos en salud de fauna y flora y los profesionales en salud humana de África Central han asociado durante mucho tiempo los brotes de viruela del mono con el contacto con roedores y ardillas. Desde el brote en EE UU, se han impuesto restricciones a la importación de roedores africanos, pero los de otros países y muchas otras especies siguen entrando en el país y moviéndose por todo el mundo, en buena medida exentos de supervisión.

 

Comercio animal e integridad medioambiental

El movimiento inadvertido de agentes infecciosos debido a la manipulación y comercio de fauna y flora, además del traslado de animales domésticos, no se limita a patógenos humanos, sino que se extiende también a los que pueden devastar la fauna y la flora nativas que sirven de ejes biológicos para la integridad medioambiental, además de ofrecer una serie de valores culturales y económicos cuantificables. En 2005, se aisló el virus de la gripe A subtipo H5N1 de dos águilas de montaña importadas ilegalmente desde Tailandia hasta Bélgica en un equipaje aéreo de mano y, más tarde, ese mismo año, se produjo un hallazgo similar en Reino Unido, con un envío de pájaros silvestres destinados al comercio de mascotas. Un virus altamente patogénico para las aves de corral entró en Italia mediante un envío de loros, periquitos y pinzones importados de Pakistán para el comercio de mascotas en 2004. Ahora, la tuberculosis provocada por el ganado doméstico ha infectado a manadas salvajes de visones en Canadá, a ciervos en EE UU y al búfalo del Cabo y leones en Suráfrica. En 1999, durante un rápido brote de peste bovina, una afección introducida originalmente en África por la importación de ganado doméstico, murieron en Kenia más búfalos salvajes de los que fueron aniquilados por la caza furtiva durante las dos décadas anteriores.

La salud del ganado corre un peligro cada vez mayor debido al aumento del movimiento global de animales y humanos y a una mayor exposición a las numerosas enfermedades que se transmiten entre ellos. A finales del siglo XX, la demanda internacional de proteínas animales había impulsado la producción de ganado doméstico convirtiéndola en un sector ultraintensivo, en el que las empresas de cerdos, aves de corral y ganado hacinaban a gran cantidad de animales en espacios limitados. Las proyecciones indican una duplicación de la producción en los países en desarrollo durante los próximos 20 años. Aunque estas prácticas maximizan la producción alimentaria, una gestión tan intensiva hace que el ganado sea propenso a las enfermedades. Las infecciones se propagan con rapidez en estas granjas.

 

«Millones de animales salvajes se envían a todo el mundo para uso alimentario o medicinal»

 

El virus nipah, otra enfermedad incipiente descrita recientemente, apareció en Malaisia en septiembre de 1998 con un gran brote en cerdos y humanos, y acabó con la vida de 105 personas. Los malasios sacrificaron a más de un millón de cerdos para detener la propagación. Se descubrió que cinco especies de murciélagos de la fruta eran portadores del nipah, lo cual indica una amplia preponderancia entre los murciélagos sanos. Parece que las personas contrajeron el virus al manipular cerdos infectados con la enfermedad. Se creía que los cerdos habían sido infectados por murciélagos que se alimentaban de árboles frutales que no se habían talado en empresas recién desarrolladas de cría intensiva de cerdos.
Esta cadena de infección pone de manifiesto lo que puede ocurrir cuando las personas y los animales domésticos modifican un hábitat natural anteriormente inalterado. Dentro de los ecosistemas naturales, los microbios y la fauna y flora viven más o menos en equilibrio, pero la introducción de nuevas especies –como vacas, cerdos, perros o humanos– puede permitir a los patógenos pasar a los animales sin inmunidad natural o resistencia desarrollada.

La cuantificación exacta del comercio de fauna y flora global es imposible, ya que oscila desde un ámbito extremadamente local hasta las grandes rutas internacionales, y buena parte de él es ilegal o se efectúa a través de canales extraoficiales. Las cifras recopiladas por la Wildlife Conservation Society a partir de varias fuentes sólo para el comercio de fauna y flora viva indican que cada año se comercia a escala internacional con unos 40.000 primates, cuatro millones de pájaros y 640.000 reptiles, todos ellos vivos. A raíz del brote de neumonía atípica en 2003, en los mercados de Guangzhou (China) se confiscaron supuestamente 838.500 animales salvajes. Diariamente, mamíferos, pájaros y reptiles salvajes deambulan por los mercados, donde están en contacto con humanos y docenas de especies más antes de ser enviados a otros mercados, vendidos localmente e incluso vueltos a poner en libertad en la naturaleza con nuevos patógenos en potencia como parte de costumbres religiosas, como la liberación por méritos o porque se convierten en mascotas no deseadas.

Cálculos conservadores indican que en el este y el sureste de Asia decenas de millones de animales salvajes son enviados anualmente a escala regional o desde todo el mundo para su uso alimenticio o en medicina tradicional. El cálculo para el comercio y el consumo local y regional de carne de animales salvajes es de más de 1.000 millones de kilos anuales sólo en África central, donde el cómputo sobre la cantidad de animales consumidos por los humanos de forma anual varía, pero se ha estimado una cifra de 579 millones de animales. Los cálculos de consumo en la cuenca del Amazonas oscilan entre 67 y 164 millones de kilos anuales, que comprenden, sólo en el caso de los mamíferos, entre 6,4 y 15,8 millones de ejemplares.

Cazadores, intermediarios y consumidores entran en algún tipo de contacto con cada animal intercambiado. Además, los animales domésticos y los carroñeros salvajes de los pueblos y zonas de los mercados consumen los restos y desechos de la fauna y la flora que han sido vendidos o lo serán. La suma de estas cifras indica que de la manipulación de la fauna y la flora y de su comercio anuales se deriva, como mínimo, algún múltiplo de 1.000 millones de contactos directos e indirectos entre fauna y flora, seres humanos y animales domésticos.

 

Efectos económicos

Además de los efectos directos de los patógenos en la salud de personas y animales, los brotes de enfermedades relacionados con los animales han provocado unos daños económicos globales de miles de millones de dólares, han desestabilizado el comercio y han tenido unos efectos devastadores en el sustento de los seres humanos. Según estudios realizados por Bio-Economic Research Associates, se calcula que la erupción de brotes emergentes o reemergentes de enfermedades del ganado en todo el mundo desde mediados de los años noventa, incluido el síndrome de las vacas locas, la fiebre aftosa, la gripe aviar, la fiebre porcina y otras afecciones, ha costado a las economías del mundo más de 83.000 millones de euros, y sólo el coste de la neumonía atípica se ha estipulado en más de 41.000 millones de euros.

Los comerciantes de fauna y flora no corrieron con los gastos del brote de neumonía atípica. El importador de roedores de Tejas no reembolsó a las agencias gubernamentales los millones de dólares invertidos en respuesta a la viruela del mono en EE UU. Y se gastarán cientos de millones de dólares públicos en intentar paliar la tuberculosis y la brucelosis en poblaciones de fauna y flora infectadas por animales domésticos.

A principios de 2003, la FAO comunicó que más de un tercio del comercio global de carne fue embargado como consecuencia del síndrome de las vacas locas, la gripe aviar y otros brotes de enfermedades animales. El crecimiento previsto de la producción ganadera industrial en los países en desarrollo para cubrir la demanda global de proteínas en las próximas décadas incrementará el impacto de futuros brotes de enfermedades sobre la economía y la seguridad alimentaria, y los efectos económicos globales no reflejan adecuadamente los efectos locales directos en algunos de los pueblos más pobres del planeta. Los esfuerzos por controlar la propagación de la gripe aviar en países asiáticos desde 2003 han exigido el sacrificio de, al menos, 200 millones de pollos. La inmensa mayoría de estos animales en países como Tailandia y Vietnam no estaban en posesión de grandes productores industriales (que generalmente reconocen y aplican buenas estrategias de prevención de enfermedades), sino de pequeños propietarios. Los esquemas de compensación económica para los propietarios rurales de aves de corral son escasos o inexistentes en gran parte del sureste de Asia, lo cual genera una grave falta de incentivos para comunicar problemas de salud sospechosos.

 

«La propagación de la gripe aviar se debe a los traslados incontrolados de aves domésticas».

 

La prevención y el control de enfermedades infecciosas en el mundo moderno exigen un nivel de experiencia mucho más amplio del necesario para sistemas aislados anteriormente en países muy desarrollados. Los desafíos observados en el control de la gripe aviar en el este y sureste de Asia son sólo un ejemplo del dilema de la enfermedad que afecta a múltiples especies. La mayoría de estas enfermedades amenazan directamente a la población local, además de a su ganado y a su medio de vida. Diezman la fauna y la flora y minan la estabilidad y los servicios del ecosistema, y con los viajes y el transporte modernos pueden convertirse rápidamente en una amenaza para cualquier país del mundo. El temor, comprensiblemente fundado en una falta de información, puede impulsar respuestas globales y reacciones económicas muy superiores al coste real del control de la enfermedad.

En la actualidad, parece que unas cuantas personas en algunos de los lugares más remotos de la Tierra, muchas de ellas pertenecientes a organizaciones no gubernamentales o que trabajan en ámbitos gubernamentales locales pero desvinculadas de una red oficial mayor, se están dedicando a llenar los huecos entre sectores de la atención sanitaria en lo relativo a la naturaleza. Trabajan en zonas en las que existe una menor comprensión sobre las enfermedades infecciosas inusuales y donde las instituciones locales tienen menos capacidad para llevar a cabo la prevención y el control. Con escasos recursos y una capacidad limitada para compartir información, están asumiendo la responsabilidad que tiende a surgir en los vacíos, y poco a poco están estableciendo redes de conocimiento como el IUCN SSC Veterinary Specialist Group para ayudar a otros que necesitan información. Por lo general se topan con enfermedades como el ántrax, la gripe aviar, la viruela del mono y el ébola donde aparecen de forma natural.

Cuando se desvió erróneamente la atención hacia los pájaros silvestres en un intento por controlar los actuales brotes de gripe aviar en el este y sureste de Asia estos nuevos participantes, informalmente reconocidos en los debates sobre salud, fueron los primeros en señalar que las rutas migratorias y la duración de las estaciones en realidad no se correspondían con la expansión regional de la enfermedad tal como la planteaban las publicaciones en prestigiosas revistas científicas: lo que estaba propagando esta enfermedad no era la naturaleza, sino los traslados mayoritariamente incontrolados de aves domésticas. Las campañas de control habrían estado innecesariamente descaminadas sin esta sencilla aportación. Incluso la propagación de la cepa H5N1 por el oeste y el sur de Rusia puede vincularse con igual facilidad tanto a las rutas de comercio como a las rutas de las aves migratorias. La FAO también ha sido franca en este asunto, y sigue intentando centrar la atención y el control en las rutas más comunes de expansión de la gripe aviar, que es el movimiento de aves de corral y los equipos o vehículos contaminados por ellas.

Tender puentes entre las disciplinas para solventar problemas sanitarios puede tener efectos sinérgicos simples pero importantes. Algunos estudios en Suramérica han demostrado que, contrariamente a la opinión generalizada, las enfermedades del ganado plantean más amenazas para la fauna y la flora que viceversa. En gran parte del mundo, la reducción de las enfermedades en animales domésticos beneficiaría a varios sectores, mejoraría la salud y los medios de vida humanos, y ayudaría a proteger a los animales salvajes de las afecciones del ganado y otros animales domésticos. En África central, los gorilas y los chimpancés presentan una escasa o nula inmunidad frente a las enfermedades humanas comunes. Los lugareños y los turistas amenazan a las poblaciones silvestres con estas enfermedades, que podrían evitarse fácilmente aplicando buenos programas y prácticas sanitarias preventivas en los pueblos. Las personas y la naturaleza saldrían beneficiadas.

El trabajo con la fiebre hemorrágica del ébola en gorilas y chimpancés ha demostrado que cuando se realizan inversiones para trabajar no sólo en las ciudades, sino también en los bosques, los administradores de recursos naturales pueden ayudar a detectar la presencia de la enfermedad meses antes de los primeros casos en humanos, lo cual da un margen adicional de tiempo para advertir a los vecinos de que no cacen ni manipulen animales que sean origen de la infección. Este planteamiento más genérico de una sola salud es mucho más eficaz y barato que las tradicionales iniciativas de “cuarentena y erradicación” una vez que haya estallado un brote. Especialistas en salud humana y animal, en conjunción con profesionales de la conservación de flora y fauna, desarrollaron una serie de conceptos orientativos sobre estos asuntos, denominados los Principios de Manhattan, que pueden encontrarse en www.oneworldonehealth.org.

Vigilancia ascendente: Para mejorar el tiempo de reacción y reducir los costes de la respuesta a los brotes es necesaria una inversión en la vigilancia de enfermedades infecciosas de la naturaleza en todo el mundo. Este planteamiento es distinto de la tradicional investigación de enfermedades movida por hipótesis, y debe percibirse como una inversión para recabar una información que se necesita con urgencia. El conocimiento sobre la propagación de enfermedades, sus características normales y cómo existen en la naturaleza aporta las claves para prevenir resultados mortales.

Sociedades públicas-privadas: Actualmente, las iniciativas del sector privado están tapando lagunas en los programas del sector público para controlar, prevenir y responder a brotes de enfermedades que no se ajustan a los mecanismos tradicionales. En algunos casos, las normativas y restricciones limitan la coordinación y colaboración entre los sectores público y privado. Las crecientes repercusiones globales de los brotes de enfermedades exigen un replanteamiento de estas políticas de modo que faciliten la colaboración entre el gobierno, las entidades corporativas y las organizaciones sin ánimo de lucro. Deben instaurarse mecanismos oficiales para compartir información y sociedades orientadas a una solución entre agencias gubernamentales y organizaciones con y sin ánimo de lucro.

Transferencia de responsabilidad económica: Transferir la responsabilidad por los costes de la prevención y el control de brotes a los comerciantes de animales aportará incentivos para reducir el flujo de las enfermedades y para unos métodos de supervisión, control y prevención menos costosos. Un posible mecanismo consistiría en exigir seguros de enfermedad a todas las importaciones o envíos de animales y generar así unas medidas de fijación de precios para desalentar las actividades peligrosas.

Regulación del transporte de animales: La Organización Mundial de Comercio y otros organismos internacionales apropiados deben desarrollar políticas que exijan a los gobiernos implicados la regulación de los aspectos sanitarios del comercio internacional de animales salvajes y domésticos para mejorar la bioseguridad global. Los Estados también deben aplicar regulaciones proactivas para impedir la propagación de enfermedades dentro de sus fronteras. A tenor de las repetidas y cada vez más comunes demostraciones de que el comercio y el consumo de fauna y flora por parte de los humanos han provocado desastres sanitarios de dimensiones globales, se necesitan iniciativas serias e inmediatas para reducir y regular apropiadamente el comercio internacional, regional e incluso local.

Reconocimiento de los acuerdos y la experiencia globales establecidos: Cuando la respuesta sanitaria y las decisiones de control se deciden sin aportaciones de todos los sectores involucrados, acusan una falta de diversidad de información útil. Por ejemplo, las decisiones de sacrificar a aves migratorias para controlar la gripe aviar después de los brotes en el sureste asiático no contemplaban el hecho de que los pájaros salvajes en cuestión no eran la raíz del problema, ni que estaban protegidos por, al menos, dos convenciones internacionales distintas. La experiencia de los sectores de la salud pública, la agricultura y la conservación medioambiental, además de la asesoría legal, deben incluirse en el desarrollo de la prevención y la respuesta para garantizar unas estrategias sólidas.

Ayuda bilateral y multilateral: La ayuda económica con frecuencia discurre por los sectores habitualmente inconexos de la agricultura, la salud humana y la biodiversidad. Ello ha desembocado en una atención limitada al desarrollo de la capacidad para recabar, evaluar y compartir información sobre enfermedades infecciosas de la amplia gama de organismos vivos presentes en todo el mundo. Debido a que las corrientes sanitarias generalmente están restringidas a los sectores de la salud humana y la agricultura, gran parte del panorama completo de las enfermedades ha sido ignorado de forma sistemática. Crear incentivos de financiación para iniciativas sanitarias entre sectores que incluyan un interés por la salud de la fauna y flora y las cuestiones de conservación, estimularía el desarrollo de iniciativas más holísticas en las zonas del mundo donde se necesitan con mayor urgencia.

Capacidad de ampliación: La idea de identificar, comprender y compartir información sobre todas las enfermedades infecciosas del planeta parece desalentadora, si no imposible. Comenzar con planteamientos más integrales y nuevas sociedades sobre el terreno en un ámbito local y regional es un planteamiento eficaz y rentable, y todo apunta a que este paradigma incipiente está funcionando. Estas iniciativas a pequeña o mediana escala pueden ampliarse con el tiempo y discurrir en paralelo a las cuestiones de coordinación de mayor importancia a escala global.

Los que trabajan en los ámbitos de la salud y el gobierno global deben encontrar la forma de centrar su capacidad y ampliar recursos para hacer que todos estén más seguros ante las enfermedades infecciosas. Los costes económicos de los brotes de enfermedades son sufragados actualmente por la economía global y sólo servirán para ralentizar el desarrollo económico donde más se necesita. Existe una clara necesidad de romper barreras entre las disciplinas sanitarias para impedir que alguna de ellas restrinja la financiación a su campo de interés, además de una necesidad imperiosa de tender puentes entre las agencias gubernamentales y los individuos y organizaciones privadas de todo el mundo que, con escasos recursos, están asumiendo actualmente responsabilidades.

De forma inmediata, antes de que se produzca la próxima pandemia global, debe reducirse radicalmente el comercio de fauna y flora y, al igual que el sector ganadero, regularse adecuadamente. Y, por último, la salud global no se conseguirá sin un salto filosófico del paradigma de los “dictados expertos” inherentes a la ciencia y a la medicina a un planteamiento más amplio con múltiples partes interesadas, basado en el entendimiento de que sólo existe una salud.