Autor: Peter Singer
Editorial: Taurus
Fecha: 2018
Páginas: 384
Lugar: Barcelona

Revolución en la granja

PABLO COLOMER
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En las últimas elecciones generales en España, el Partido Animalista (Pacma) logró 284.848 votos, que se tradujeron en cero escaños en el Congreso de los Diputados. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) obtuvo, por su parte, 286.215 votos y, cosas del sistema electoral, cinco escaños. Sus cinco diputados acabaron resultando decisivos: primero, para aprobar los últimos presupuestos presentados por el Partido Popular, hoy en vigor; después, para desalojar del poder a Mariano Rajoy e investir a Pedro Sánchez presidente de gobierno. A cambio de su apoyo, el PNV consiguió interesantes contrapartidas de uno y otro lado. ¿Qué hubiese logrado el Pacma con tamaño poder de negociación? Y quizá más importante para el futuro del movimiento animalista: ¿qué se habrían atrevido a pedir?

El ejemplo anterior sirve para ilustrar la pujanza política de un movimiento que tiene todo el futuro por delante, en efecto. Y profundas raíces históricas, desde luego. No estamos ante una moda más de la posmodernidad, una excentricidad de la Nueva Era. Estamos ante una de las cuestiones fundamentales –la igual consideración de los animales no humanos– que afronta la humanidad: la relación con otros seres vivos y, por extensión, la relación consigo misma. Ahí están el animismo, casi tan viejo como el ser humano; o Plutarco, el primero en abogar sin doblez por un trato bondadoso hacia los animales, apoyándose en la benevolencia universal, con independencia de creer o no en la transmigración de las almas. O San Francisco de Asís, más animista que animalista. O Montaigne, cuyo autor favorito era Plutarco; el ensayista francés escribe que la crueldad con los animales está mal en sí, independientemente de que pueda abocar a la crueldad con los humanos. Luego vendrían los ilustrados Voltaire y Rousseau. Y el utilitarista Bentham…

De vuelta al presente, un hito contemporáneo del movimiento animalista fue la publicación, en 1975, de Liberación animal, del filósofo australiano Peter Singer, ahora reeditado por Taurus en una versión actualizada. En su momento, el libro de Singer, apoyado en la filosofía utilitarista de Bentham –“no debemos preguntarnos ¿pueden razonar?, ni tampoco ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?”–, supuso una sacudida, inspirando la labor de numerosos activistas y poniendo bajo el foco los males asociados al especismo; esto es, los prejuicios y actitudes parciales favorables a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras. En la década siguiente, por ejemplo, bajo presión del movimiento animalista las corporaciones de cosméticos comenzaron a invertir dinero en busca de alternativas a la experimentación con animales. Y la venta de pieles, desde los ochenta, cuando el movimiento animalista se centró en ella, no ha vuelto a ser lo que fue. Son solo dos ejemplos.

Hoy, este y otros libros –como Manifiesto Animalista, de Corine Pelluchon– sirven para afianzar un movimiento que no cesa de ganar tracción política, a rebufo de la social. Según Pelluchon, entrevistada por El País, “estamos en la tercera ola de la cuestión animal: después de la ética animal de los setenta y la deconstrucción del humanismo de los noventa, toca politizar esta causa”. En Portugal, bastión socialista de Europa, los animalistas consiguieron lo que no lograron sus homólogos españoles: un escaño en las últimas elecciones, con el que apoyan (y condicionan) al popular gobierno de António Costa. En Estados Unidos y en Europa, las condiciones miserables de los animales de granja (industrial) van paliándose año a año, ley a ley, desde hace décadas. En España, en 2008, se aprobó la Proposición no de Ley sobre el Proyecto Gran Simio, que buscaba el reconocimiento de derechos para los homínidos no humanos: orangutanes, gorilas y chimpancés. La propuesta quedó sin efecto al no ser ratificada en plazo por el gobierno. En 2010, el Parlament de Catalunya prohibió las corridas de toros. En 2016, el Tribunal Constitucional anuló la prohibición, pero es poco probable que las corridas regresen a Cataluña.

En resumen, el movimiento animalista va conquistando, poco a poco, los corazones y las mentes de los humanos. Solo hay que ver esta gráfica de Google para comprobar el interés creciente por lo vegano y lo vegetariano en todo el mundo.

 


 

Liberación animal, ¿cuestión de voluntad?

Al leer el libro de Singer, la sensación inevitable es la de que están en el lado correcto de la historia, como en su día lo estuvieron otros movimientos, a priori, igual o más ridículos. La cuestión, por tanto, es cuánto tardará en llegar la liberación animal por la que aboga el filósofo australiano. Estamos hablando de una revolución en toda regla: hoy en el mundo hay 1.000 millones de cerdos domésticos y 20.000 millones de gallinas y pollos. En cambio, los leones suman 40.000 ejemplares y los elefantes, medio millón. Todos juntos, los animales domésticos del mundo pesan unos 700 millones de toneladas, comparados con los 300 millones de toneladas que suman los humanos. Los animales salvajes grandes (un par de kilogramos al menos) no llegan a los 100 millones de toneladas. El volumen del desafío (moral y técnico) es formidable. Pero no irrealizable.

En paralelo a esa sensación de inevitabilidad –algo ingenua quizá–, fluye otra ligada al progreso, no menos ingenua: el movimiento animalista vendría a probar, una vez más, que la historia progresa. Que la humanidad mejora, en este caso a sí misma y a otros, en el plano ético. Pues de lo que habla el animalismo es de ampliar el círculo de la moral, una vez más. Puede parecer, más que una ampliación del círculo, un gran salto, pero es que las ampliaciones siempre parecen grandes saltos.

Hasta ahora el problema, según Singer, es que con cada ampliación del círculo moral los humanos ganaban, pero los animales perdían. Tomemos, por ejemplo, el caso del Imperio romano. Antes de que apareciese el cristianismo, los romanos consideraban las matanzas de seres humanos y de otros seres como una fuente normal de entretenimiento. No solo luchaban gladiadores –luchas que por cierto acabaron resultando algo insípidas, al menos en su modalidad de uno contra uno–, era todo un circo de los horrores. Lo cuenta el historiador W. E. H. Lecky: “A veces un oso y un toro, encadenados juntos, rodaban por la arena en una lucha feroz; otras, criminales vestidos con pieles de animales salvajes eran arrojados a los toros, enloquecidos debido a hierros candentes o a dardos con puntas untadas de pez ardiendo”. Bajo el mandato de Domiciano, se obligó a luchar a un ejército de enanos enfermizos. Con Calígula, 400 osos fueron sacrificados en un solo día. Con Nerón, 400 tigres lucharon contra toros y elefantes. “Tan intensa era la sed de sangre –cuenta Lecky– que la popularidad de un príncipe sufría menos si descuidaba la distribución de grano que si descuidaba los juegos”.

Hoy leemos esto con horror y, a lo sumo, una fascinación culpable, como la que sienten algunas almas sensibles ante el espectáculo de los toros. Los propios romanos se habrían horrorizado también si un emperador hubiese organizado unos juegos que implicasen a ciudadanos de pleno derecho. El límite de la moral los abrigaba a todos ellos. Pero criminales y prisioneros de guerra, por ejemplo, quedaban fuera de ese límite, y entonces había barra libre. Por no hablar de los animales, claro.

El cristianismo cambió todo ello. En un primer momento, sirvió como un nuevo lote de carnaza para los juegos –los cristianos eran criminales–, pero el éxito de su predicamento –la santidad de toda vida humana– supuso una enorme expansión de la limitada esfera moral de los romanos. Las batallas de gladiadores pasaron a considerarse un horror a evitar y hacia finales del siglo IV, las luchas entre seres humanos quedaron totalmente suprimidas. Las luchas de animales salvajes, sin embargo, continuaron. Y solo decayeron en paralelo a la propia decadencia del Imperio romano, que tuvo cada vez más difícil –a medida que perdía riqueza y extensiones– el obtener animales salvajes.

Quizá ahí esté la respuesta a la pregunta de cuándo y cómo llegará la liberación animal. Cuando deje de ser sostenible. O peor, rentable. Sí, camaradas, los renglones torcidos de Dios.