La UE parece atrapada entre declaraciones de principio –contención, respeto al derecho internacional, protección de civiles– y la realidad de una escalada que afecta directamente a su seguridad y a su economía.
Quienes pensaron que esta sería una guerra relámpago que permitiría a Europa ponerse de perfil erraron. Aunque los europeos no fueron consultados y, por ahora, no participan de forma directa en las operaciones ofensivas, sus intereses esenciales están en juego: seguridad, vulnerabilidad energética, escalada de precios y riesgo de crisis económica.
La UE se mueve entre la división y una diplomacia reactiva. Algunas capitales han optado por un enfoque pragmático, evitando confrontar directamente a Washington. Alemania ha permitido el uso de bases militares por parte de Estados Unidos, mientras que otros países han desplegado medios navales o defensivos en la región para proteger sus propios intereses, especialmente tras los ataques iraníes contra objetivos cercanos a territorio europeo, como la base británica en Chipre. En cambio, varios gobiernos han expresado reservas abiertas sobre la legalidad y la oportunidad de la operación.
Tras varios días de indefinición, el gobierno de Giorgia Meloni clarificó su postura hacia la operación militar estadounidense. El ministro de Defensa italiano, Guido Crosetto, reconoció ante…

Sin voz común ante la guerra en Irán