POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 50

Fotografía de primer plano de Taiwán y China en el mapa. GETTY

JOYA DE ARCHIVO: Taiwán, la primera democracia china

Desde 1949, la razón de ser de Taiwán ha sido la recuperación del territorio continental perdido en manos de Mao. Todas las reformas, junto con la prosperidad económica, crearon una estabilidad sociopolítica necesaria para la transición hacia la democracia.
Fernando Delage
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Varias veces al año, la televisión suele mostrar algunas escenas pugilísticas, cuya curiosidad deriva del hecho de no desarrollarse en ningún recinto deportivo, sino en un parlamento. Lo anecdótico de los hechos no impide que la referencia probablemente más extendida sobre la política taiwanesa sea el modo expeditivo en que algunos diputados resuelven sus diferencias. Menos conocida es la transición política que vive Taiwán desde 1987 y que quedará completada con las primeras elecciones presidenciales del 23 de marzo.

Durante cuarenta años, la razón de ser de Taiwán –y el fundamento de su sistema autoritario– fue la recuperación del territorio continental, perdido por los nacionalistas ante las tropas de Mao en 1949. Con el transcurrir de los años, el poder ha ido pasando a una nueva generación de la población autóctona y se ha desarrollado un proceso de democratización cuya relevancia va más allá de su territorio. Por una parte, por sus implicaciones internacionales: ante las amenazas de intervención armada que Pekín dirige regularmente a las autoridades de Taipei, Taiwán es, potencialmente, una de las mayores amenazas a la estabilidad de Asia oriental. Para el gobierno de la República Popular China nada resulta más subversivo que la democracia y asume –acertadamente– que la democratización hará inevitable tarde o temprano la independencia, considerada por Pekín como casus belli. Las elecciones presidenciales acercan aún más la fecha en que la República de China en Taiwán tendrá que decidir su futuro.

Por otro lado, el sistema político pluripartidista que se ha establecido en Taiwán constituye (junto con los casos de Corea del Sur y Filipinas, en un proceso prácticamente simultáneo en el tiempo) una novedad en el conjunto del Asia-Pacífico. En un momento de discusión sobre los “valores asiáticos”, en el que algunos líderes de la región rechazan la occidentalización de la cultura política y propugnan un neoautoritarismo, Taiwán ofrece un ejemplo de democracia completa, con independencia de sus rasgos singulares. Si a esto se añade el hecho de que se ha construido un sistema democrático en el seno de una sociedad china, quebrando algunas tradiciones de su cultura política, es fácil comprender la trascendencia del experimento: Taiwán ha demostrado que la democracia en una sociedad confuciana no sólo es posible sino también practicable.

Los logros económicos de la isla son más conocidos que su evolución política reciente. Hace cuarenta años, cuando Chiang Kaishek se refugió en la isla con dos millones de soldados y funcionarios, Taiwán era uno de los países más pobres del mundo; hoy se encuentra entre los más ricos. Al transformarse de una economía atrasada y agraria en una sociedad industrial moderna, su renta per cápita se ha multiplicado por sesenta en cuatro décadas. Con una tasa de crecimiento media del 8,8 por cien entre 1952 y 1990 –una de las más altas del mundo–, la renta per cápita pasó de 150 dólares en 1952 a 8.000 en 1990; hoy ha superado los 12.000 dólares. Taiwán es la decimotercera potencia comercial del mundo y tiene las segundas mayores reservas en divisas (98.000 millones de dólares). Con una población de veintidós millones, su PIB es más de un tercio del de la República Popular.

Lo más llamativo del crecimiento económico Taiwánés es sin embargo su equitativa redistribución de la riqueza, lo que da una primera clave del proceso de reforma política y la manera pacífica en que se ha desarrollado. Al contrario que Japón o Alemania occidental, la democratización de Taiwán no ha sido iniciada o controlada por fuerzas externas. Tampoco se puso en marcha como consecuencia de conflictos políticos o sociales, como en Grecia o Argentina; ni pasó por la fase revolucionaria que vivió Filipinas: Taiwán ha pasado a la democracia –al igual que Corea del Sur o España– como resultado de la homogeneidad cultural y de la prosperidad. Ha sido el propio Taiwán quien ha fijado el calendario de su democratización.

 

Democracia en Taiwán

La transición a la democracia nunca ha sido fácil en Asia. El tipo de cultura política imperante en la región defiende valores distintos, con un énfasis en la unidad y el consenso. El principio de la mayoría es un concepto ajeno, la libertad se encuentra por debajo del orden en la escala de valores y la comunidad tiene siempre prioridad sobre los derechos individuales. El imperio de la ley es por otra parte menos deseable que la sabiduría de la experiencia: los límites al poder de los gobernantes derivan de prácticas éticas, no escritas y confirmadas por la costumbre.

Estas características han producido sistemas políticos mayoritariamente autoritarios, pero sin un modelo común en la Asia no comunista. Hay sistemas más autoritarios y paternalistas que dan prioridad al crecimiento económico y a la cohesión social (Indonesia, Singapur) y hay democracias fundadas en la influencia a largo plazo de un partido conservador mayoritario según el modelo japonés, aunque éste quebró en 1993: es el caso de Corea del Sur y Taiwán. Ambos han adoptado muchos elementos de la política japonesa: distritos electorales múltiples, grupos de apoyo locales, clientelismo, donaciones empresariales. Solamente el sistema político filipino está abiertamente inspirado en la democracia occidental; pero su funcionamiento real no está a la altura de esos principios.

En Filipinas y en Corea del Sur la liberalización política ha traído consigo trastornos y agitaciones sociales. En Taiwán, el Partido Nacionalista Chino (Kuomingtan), con un profundo arraigo en la sociedad, pudo hacer una transición menos conflictiva que la coreana, donde los principales partidos políticos eran agrupaciones sin base social, formadas en torno a unos líderes. Taiwán es parte de una nación fragmentada y, a su vez, se encuentra dividido entre los “continentales”, que llegaron a la isla en 1949, y la población autóctona. Chiang Ching-kuo, que asumió el poder tras la muerte de su padre, Chiang Kai-shek, supo ir construyendo la legitimidad de su gobierno. El éxito económico y la liberalización política aceleraron el ritmo del cambio social, creando un orden estable que hizo posible una transición pacífica a la democracia.

La pregunta que los politólogos tienen que responder es cómo fue posible que el gobierno de Taiwán, con su reverencia confuciana hacia la autoridad, terminara por permitir el pluralismo político. Cuando Chiang Kai-shek cruzó el estrecho con sus tropas, su objetivo era el regreso al continente, no el desarrollo de Taiwán. Su llegada, como es lógico, creó tensiones entre los Taiwáneses –a quienes se negó toda iniciativa de carácter político– y los continentales. Los primeros años del régimen nacionalista en Taiwán se caracterizaron por un gobierno autoritario de partido único, escasas libertades políticas y un gran protagonismo de las fuerzas armadas y de seguridad. La amenaza comunista servía como argumento para mantener este esquema político.

Los nacionalistas trajeron una estructura de gobierno del continente; de hecho, el Kuomingtan (KMT), creado en 1919, había gobernado la República china desde 1925. Los nacionalistas actuaron como una fuerza de ocupación, imponiendo un sistema político basado en la ficción de que la República de China continuaba existiendo como una entidad legítima representante de la totalidad de China, pero con su jurisdicción limitada temporalmente a Taiwán. Con la garantía de la protección norteamericana, y al percibir que el regreso al continente no se iba a producir a corto plazo, el gobierno de Chiang Kai-shek adoptó medidas en apoyo de un rápido crecimiento económico. Comenzando por una reforma agraria, Taiwán se encontró pronto en el camino que ya habían seguido Japón y Corea del Sur. Se produjo un crecimiento extraordinario apoyado en la exportación, seguido por una rápida transformación de una producción de mano de obra barata a alta tecnología.

Junto a la prosperidad derivada de ese crecimiento, en los años sesenta y setenta tuvo lugar una curiosa inversión del poder político y económico. Los dos millones de continentales que siguieron a Chiang Kai-shek al otro lado del estrecho eran soldados y funcionarios, que dejaron el sector privado abierto a los Taiwáneses: éstos constituyeron la elite económica. El resultado fue un esquema inimaginable en la cultura política china tradicional: la elite tenía un nivel de vida inferior al de quienes no trabajaban en el gobierno.

Por otro lado, los dos millones de continentales resultaban claramente abrumados por dieciséis millones de Taiwáneses, que dominaban la economía y no tenían una especial dependencia del gobierno en sus actividades de exportación.

Esta situación peculiar llevaría a Chiang Ching-kuo, tras suceder a su padre, a romper con algunas de las prácticas de autoridad chinas: tuvo que reducir la tensión entre continentales y taiwaneses, lo que implicaba poner fin al monopolio político de los primeros, y atraer a estos últimos a la vida política. El propio KMT –indistinguible del gobierno– se fue convirtiendo en un partido Taiwánés y, a principios de los años ochenta, su composición correspondía con la población de la isla. Paralelamente a estas nuevas circunstancias, Taiwán se encontró con un nuevo entorno exterior. El rapprochement de Washington y Tokio con Pekín fue el comienzo de un declive progresivo de su posición internacional.

La creciente riqueza, una amplia clase media y el nuevo entorno internacional llevaron a los Taiwáneses a preguntarse acerca de la legitimidad de su estructura política. También Chiang Chingkuo percibió lo que no veían los líderes más conservadores de su partido: que una cada vez más amplia clase media no aceptaría para siempre su impotencia política. Si el KMT quería mantener su derecho a gobernar y reforzar su legitimidad, tendría que cambiar; lo que equivalía a decir que Taiwán tenía que cambiar. A mediados de los años ochenta, Taiwán y Singapur eran los únicos países no exportadores de petróleo con una renta per cápita superior a los 5.000 dólares que no tenían sistemas democráticos.

Chiang Ching-kuo introdujo reformas políticas como la elección de una representación parlamentaria adicional y el reclutamiento de Taiwáneses para el gobierno, el comité central del partido e incluso para puestos como el de gobernador de Taipei. En sentido estricto, estas medidas no podían calificarse como reformas estructurales; éstas comenzaron durante los dos últimos años de su presidencia, en una acertada estrategia de ajuste a las nuevas circunstancias. De haber escogido el camino de la resistencia, Taiwán hubiera pagado un alto precio.

El resultado fue un período de transformación sorprendente, tanto por su ritmo como por su alcance. En septiembre de 1986, a pesar de una prohibición aún en vigor de nuevos partidos políticos, grupos de oposición formaron el Partido Democrático Progresista (PDP). En julio de 1987, después de 38 años en vigor, se levantó la ley marcial. En octubre del mismo año se permitió a los ciudadanos de Taiwán visitar, a través de Hong Kong, a sus familiares en la República Popular.

 

Reforma constitucional

El proceso de reforma continuó su ritmo. La razón principal fue el hombre que sustituyó a Chiang tras su muerte el 13 de enero de 1988: Lee Teng-hui, nombrado vicepresidente cuatro años antes. Lee se convirtió en el primer presidente –de Taiwán y del KMT– nacido en la isla, adquiriendo así una popularidad de origen que nunca podrían tener los viejos rivales procedentes del continente. Al tomar posesión en mayo de 1990 de su primer mandato formal, Lee estableció un calendario de dos años para la reforma política. Invitó a los políticos de la oposición a la Conferencia de Asuntos Nacionales celebrada a mediados de 1990 para discutir la reforma. El ritmo de liberalización y de Taiwánización creó distintas facciones en el seno del KMT, que quedaría dividido desde entonces en una corriente principal en torno al presidente, y otra más crítica y conservadora.

A finales de 1991, Lee anunció la abolición de las “medidas transitorias en vigor durante el período de movilización para suprimir la rebelión comunista en el continente”. Las medidas transitorias eran la base del régimen impuesto por Chiang Kai-shek cuando él y su ejército nacionalista cruzaron el estrecho. El gobierno nacionalista consideraba a las autoridades de Pekín como rebeldes que habían usurpado el derecho del KMT a gobernar la China continental. Ahora, el KMT reconocía oficialmente que la guerra civil china había concluido, dejó de reclamar su soberanía sobre el continente y dirigió su diplomacia en una dirección de pragmatismo y ambigüedad calculada.

Otro efecto importante de la decisión de abolir esas medidas transitorias fue el de eliminar uno de los principales obstáculos al desarrollo de un gobierno representativo. Chiang Ching-kuo había permitido una tibia reforma del sistema político a partir de 1986, pe- ro no lo suficiente como para amenazar el régimen de partido único. Desde 1986 se toleraron los movimientos de oposición, pero se defendió el control parlamentario del KMT. Para institucionalizar la ficción de que los nacionalistas gobernaban la totalidad de China, las medidas transitorias habían creado un Parlamento (la Asamblea Nacional y el Yuan Legislativo), integrado por diputados que supues- tamente representaban las circunscripciones electorales del continente perdidas a los comunistas en 1949.

El problema más difícil era el de reconciliar la constitución nacionalista de 1947 –que preveía la representación de toda China– con un sistema democrático limitado a Taiwán. Esta fue una de las principales cuestiones trata- das con la oposición en la conferencia nacional de junio de 1990.

Frente a la tesis de que debía redactarse una nueva constitución y proclamar una nueva república, el KMT decidió revisar el texto constitucional y añadir una serie de artículos adicionales.

Con la abolición de las medidas transitorias y el fin de la pretensión nacionalista a la soberanía de toda China, fue posible convocar elecciones para una reformada Asamblea Nacional en 1991 y para el Yuan Legislativo en 1992. En las elecciones a la Asamblea Nacional (órgano similar al colegio electoral de Estados Unidos) celebradas en diciembre de 1991, el KMT obtuvo el 71 por cien de los votos y el PPD el 24 por cien. Si el KMT no hubiera logrado la mayoría, no hubiera podido dirigir el proceso de reforma constitucional.

Pero el acontecimiento realmente decisivo fue la elección legislativa de diciembre de 1992. Por primera vez iban a cubrirse todos los escaños en unas elecciones libres y abiertas. A partir de este momento el KMT se encontró con un expreso apoyo popular para la reforma constitucional. Las elecciones también marcaron la primera vez que el KMT, liberado de buena parte de su carga política tradicional, utilizó la reforma política para atraerse a los votantes y desafiar la defensa de la independencia hecha por el PDP. Con una participación del 72 por cien, el KMT obtuvo el 53 por cien de los votos y 96 de los 161 escaños: una mayoría importante pero inferior a la conseguida el año anterior. El PDP obtuvo cincuenta escaños (31 por cien de los votos), un tercio más que en 1991.

Un nuevo paso adelante se dio en las elecciones legislativas del pasado 2 diciembre, cuyos resultados dieron lugar a un parlamento que coincidirá desde marzo con el primer presidente elegido popularmente, y que tendrá un papel fundamental en la formulación de la política hacia la República Popular, especialmente tras la vuelta de Hong Kong a la soberanía china en 1997.

El KMT mantuvo la mayoría pero sólo por dos escaños (85 frente a los 96 anteriores) y su proporción del voto popular disminuyó del 60,5 al 46,1 por cien. El PDP, que desde las elecciones a la Asamblea Nacional en 1991 parecía ir obteniendo un número cada vez mayor de votos y escaños, esperaba continuar ascendiendo. Aunque logró 54 escaños en comparación con los cincuenta de las elecciones legislativas de 1992, sólo pudo aumentar su porcentaje de votos populares del 31,9 al 33,2 por cien. El Nuevo Partido –creado como escisión del KMT en agosto de 1993– había obtenido en la legislatura anterior siete escaños, que ahora triplicó a 21 (trece por cien de los votos).

Las elecciones de diciembre confirmaron una nueva escena política, integrada por tres partidos que rompen el esquema bipartidista anterior. Pero, además, el KMT se encuentra ahora con una estrecha mayoría para gobernar y, sobre todo, frente a una probable nueva división. A la escisión que creó el Nuevo Partido hace ya dos años –y que le ha restado un buen número de seguidores– se suma ahora la oposición al presidente Lee Teng-hui de los antiguos vicepresidentes del KMT Lin Yang-kang y Hau Pei-tsun –este último primer ministro de 1990 a 1993–, que se presentan como candidatos independientes en las elecciones presidenciales.

Ante la ajustada mayoría del KMT, la legislatura se distinguirá por las coaliciones entre los partidos sobre varios asuntos. En el parlamento anterior, los secretarios de organización del KMT con frecuencia se desesperaban en su esfuerzo por mantener a sus miembros unidos ante los pronunciados índices de absentismo. En varias propuestas importantes, el KMT resultó derrotado al votar con la oposición algunos de sus diputados. Las iniciativas legislativas podrían surgir ahora con más frecuencia de la oposición, que sin duda introducirá propuestas para regular o controlar la propiedad de instituciones financieras y de inversiones de los partidos políticos. Como en otros países asiáticos, la corrupción derivada de prácticas clientelistas es un asunto de primer orden enTaiwán: el KMT es uno de los partidos políticos más ricos del mundo, en una sociedad donde se compran votos y las elecciones son extraordinariamente costosas.

Todo ello pone de relieve la creciente importancia de las cuestiones internas, lo que indica la madurez que ha alcanzado el proceso democrático pese a su corta vida, y la preeminencia que han alcanzado sobre el problema de la autodeterminación. Aun así, si el KMT quiere conservar su apoyo popular tendrá que moverse ahora un poco más a la derecha y realizar algunas reformas. Sobre todo, deberá adoptar una actitud más conciliadora hacia Pekín. Aunque los votantes tuvieron probablemente más en cuenta los problemas internos tampoco quisieron alentar a las fuerzas proindependentistas.

En cierto modo, las elecciones indicaron que estas últimas han tocado techo y es de prever que de la nueva legislatura surja un consenso sobre una política más moderada hacia China. Es una actitud apoyada además por los empresarios, ya que permitirá cierta recuperación: la Bolsa de Taipei perdió en 1995 un 33 por cien, los peores resultados de toda Asia.

Con todo, las elecciones presidenciales serán clave respecto a esta cuestión. La más que segura victoria de Lee preocupa a Pekín, al ver en él un encubierto defensor de la independencia. Si Lee obtiene un claro mandato popular aumentará el perfil internacional de Taiwán y reforzará lo que es ya una independencia de facto. En este contexto hay que entender las recientes amenazas de invasión militar por parte de la República Popular. ¿Qué actitud puede adoptar el gobierno de Taipei?

 

Taiwán y China

Queda ya claro que en el centro de la política Taiwánesa se encuentra la cuestión de su identidad internacional: si buscar un Taiwán independiente o alguna forma de reunificación con China; y puesto que ninguno parece inmediatamente factible, cómo gestionar la ambigüedad de su situación actual.

La constitución del KMT declara su gobierno como el de la “República de China”. Para Pekín, Taiwán es una provincia y lo ha sido desde 1887; antes fue una prefectura de la provincia de Fujian (en el continente). Pero esa descripción es tan discutible histórica como políticamente: Taiwán fue una colonia japonesa de 1895 a 1945 y autónoma desde 1949. La posición del gobierno taiwanés desde 1949 fue la de que había una única China y por tanto sólo podía haber un único gobierno legítimo. Taipei, como ya se ha dicho, dejó de reclamar su soberanía sobre toda China en 1991, cuando adoptó la fórmula oficial de “un país, dos entidades políticas”; es decir, Taiwán reconoce el hecho obvio de la existencia del gobierno chino y su control del continente, pero se agarra al teórico objetivo de la reunificación cuando la dictadura del partido comunista chino dé paso a un sistema pluralista.

En septiembre de 1981 China hizo pública su propuesta de nueve puntos para la “reunificación pacífica” con Taiwán, que en términos parecidos fue repetida en enero del pasado año por el presidente Jiang Zemin. El plan de Pekín es el de crear una “Región Autónoma de Taiwán” que reconocería la soberanía de China pero que disfrutaría de todas las libertades ya prometidas a Hong Kong para después de 1997, más alguna otra como el derecho a mantener su propio ejército.

La respuesta de Taipei ha sido prudente. Pese a una serie de restricciones formales, ha permitido que se desarrollen contactos de manera relativamente libre en la práctica. En 1991 se creó la Fundación para los intercambios a través del estrecho (SEF, en sus siglas inglesas) en reconocimiento de que los contactos comerciales con China habían crecido tanto y tan rápidamente que alguna forma de diálogo regular se había hecho necesario para proteger los intereses de Taiwán. La fundación se ocupa de cuestiones como protección de las inversiones, disputas pesqueras o inmigración ilegal.

China creó por su parte el Consejo de Asuntos Continentales (MAC). La esperanza de Pekín es que, limitando las relaciones de Taiwán con otros gobiernos y con organizaciones internacionales, mientras que al mismo tiempo refuerza la integración económica de la isla con el continente mediante el rápido crecimiento del comercio y las inversiones, la reunificación resultaría casi inevitable.

Las elecciones presidenciales plantean de nuevo la cuestión. Los procesos simultáneos de democratización y Taiwánización dan nueva fuerza a la idea de renunciar a la pretensión de ser “el gobierno legítimo de China” –como se acordó en 1991– y a la pretensión de buscar el reconocimiento internacional como un gobierno autónomo. ¿Puede mantenerse aún la idea de la recuperación? La respuesta a esta pregunta tiene una doble dimensión: una económica y otra cultural.

La prosperidad económica de Taiwán está muy relacionada con el sur de China. Aunque Taiwán tiene un interés particular en Fujian, las inversiones Taiwánesas se concentran en todo el sur chino: 25.000 empresas Taiwánesas han invertido en China por valor de más de 20.000 millones de dólares. En 1994 el comercio entre los dos lados del estrecho superó los 14.000 millones de dólares. La convergencia económica es tan grande que ha forzado cambios políticos y probablemente esto es lo que llevó a que las dos partes mantuvieran sus primeras conversaciones de alto nivel en Singapur en abril de 1993. Pero en este diálogo puede que sea Pekín quien tenga que hacer más concesiones políticas, dado su interés en las reservas de divisas Taiwánesas. Irónicamente, una mayor integración con el continente hace más factible para Taiwán su independencia de facto. Si China está dispuesta a ser más pragmática en sus relaciones con Taipei, resultará más difícil para terceros países rechazar el mantenimiento de relaciones con Taiwán. Y cuanto mayor capacidad tenga Taiwán para actuar como un actor internacional normal, menos sentirá la necesidad de la reunificación.

Tratándose de una sociedad china, es necesario comprender asimismo por qué la identidad cultural es una cuestión de tanta importancia: los candidatos a las presidenciales se acusan unos a otros de tener o no tener “conciencia” Taiwánesa. La herencia común con la China continental se detuvo en 1949; pero los chinos comparten cinco mil años de historia, en los que ha habido un gran número de divisiones, siempre seguidas por la reunificación. “China” designa y simboliza un sistema cultural. Esta es una creencia básica e inmutable en la mente de todos los chinos y es una ilusión que plantea un viejo problema: la identificación de la civilización china con el Estado chino.

Taiwán es un país moderno, aunque sin independencia oficial, lo que crea un problema de identidad de naturaleza muy distinta de las divisiones en el imperio chino de siglos anteriores: ¿cómo puede una sociedad china moderna identificarse con la civilización china si no es “China”? La única respuesta posible consiste en mantener la ilusión de que lo es.